Ahora sí, Löw

Un artículo de Pakillo Mariscal (@MariscalPakillo en Twitter)

Hace ahora casi dos años que Alemania se proclamó campeón de la Copa Confederaciones. Joaquin Löw utilizó aquel verano de 2017 en Rusia como un banco de probaturas, un casting abierto y sobre todo como un desafío para conocer si su selección estaba preparada para ejecutar un modelo de juego diferente al que los había llevado a ser campeones del Mundo en 2014. Aquel denominado “equipo b” fue antagónico en fondo y forma al que levantó la Copa en Maracaná. Löw puso en liza una serie de cambios tácticos que nos dibujaron una Alemania mucho más agresiva y vertical que la que conocíamos hasta el momento. Pero, a pesar de salir campeones de esa Confederaciones, llegó el Mundial de Rusia el pasado año y el seleccionador alemán fue incapaz de ser fiel a sí mismo y volvió a su plan A. Alemania se estrelló con estrépito en la pasada Copa del Mundo y lo hizo manteniendo el patrón de juego que los había llevado a lo más alto, pero que era evidente que necesitaba algunos nuevos matices para volver a ser competitivos.

Tras el fracaso absoluto en Rusia 2018, el técnico alemán tomó nota de las carencias de su equipo y tanto en la Nations League como en esta fase de clasificación para la Eurocopa 2020, estamos viendo a una Alemania mucho más renovada. Tanto en cuanto nombres como en cuanto a hoja de ruta, los teutones son un equipo más fresco, diferente y que recuerda en muchos aspectos a aquel de 2017. De ahí que podamos pensar que a Löw en el pasado Mundial quizás le hubiera gustado introducir algunas variantes de las que estamos viendo ahora, pero o no pudo por aquello de aún mantener al grupo campeón, el cual no le ofrecía posibilidades de retocar mucho el estilo, o no se atrevió porque confió en que con el modelo arraigado desde hacía una época les bastaría.

Löw era consciente que una transición era necesaria en Alemania. Quizás llegó tarde viendo los resultados, pero ahora la selección germana parece otra totalmente.


De esta manera, y tras ser ratificado en su cargo, Löw afrontó la Nations League con más seriedad de la que un torneo así podría tener para otras muchas selecciones. El seleccionador comenzó a tomar varias decisiones que han dado como consecuencia que actualmente estemos viendo a una Alemania que por fin ha iniciado ese proceso de regeneración tan necesario. La primera medida de Low fue variar el sistema táctico, Alemania seguía actuando durante algunos encuentros en su prototípico 4-3-3, pero cada vez era más frecuente que los germanos adoptarán un 3-4-2-1 o 3-5-2 con diferentes variantes sobre el césped. No sólo la forma de colocarse sobre el césped cambió, sino que el estilo también ha ido tomando un cariz más vertical y menos pausado. Alemania ha pasado de ser esa selección dominante desde la pelota, que ponía en práctica un juego de posición tan ortodoxo y que aglutinaba enormes cuotas de posesión, a un equipo mucho más vertiginoso, frenético y el cual no se siente extraño si no es protagonista absoluto del juego.

Löw ha recuperado muchos fundamentos que tan buen rendimiento le dieron en aquella Confederaciones de 2017. El equipo no es tan intransigente en su idea sino que se adapta mejor al contexto de partido y sobre todo al rival. Hemos visto cómo en Alemania ya no cobra la misma importancia el poseer la pelota para avanzar con ella, cómo el juntar pases no es la máxima principal y cómo han ido desapareciendo de la ecuación jugadores más cerebrales. La apuesta ahora es otra, y para llevarla a cabo, Löw ha ido introduciendo nuevas piezas que encajan mejor con el nuevo librillo. Desde que acabó el Mundial, el seleccionador empezó a llamar a nombres como Kai Havertz, Serge Gnabry, Thilo Kehrer, Mark Uth, Maximilian Eggestein o Leroy Sané. Una evidente declaración de intenciones sobre el cambio que quería llevar a cabo.

No solo el sistema y los nombres, también el estilo se ha modificado en esta ‘nueva’ Alemania.


A pesar de que el equipo sigue disfrutando de ser propositivo, ahora se mueve dentro de la verticalidad con más efectividad. De hecho, esa profundidad y juego más directo que echó en falta en la Copa del Mundo ahora podríamos decir que le sobra. Tomando como referencia el último encuentro de fase clasificatoria para la Eurocopa del año que viene frente a Holanda, podemos analizar claramente en qué se está convirtiendo esta nueva Alemania. Löw utilizó un 3-5-2 con Gnabry y Sané como falsas referencias y un centrocampista como Goretzka que, con su capacidad para llegar desde atrás, era el que rellenaba el área cuando Sané o Gnabry se abrían a un costado. Este matiz táctico devoró durante 45 minutos a una Holanda que no supo detectar la fase ofensiva alemana. Pero no fue la única variante de Löw. Su medular estuvo formada por el propio Goretzka más Kimmich y Kroos. Los dos últimos son jugadores capitales y que ejemplifican bien el cambio. Ambos están acostumbrados a actuar en un juego más dominante y que ofrezca más pausa en las posesiones, pero Löw les está demandado que, gracias a su buen pie, busquen más el pase vertical hacia sus compañeros de tres cuartos en adelante que la construcción de las jugadas con mayor tranquilidad. A esto se le suma que la nueva piel táctica le ofrece una evidente profundidad extra por sumar a los carrileros por fuera. Alemania frente a Holanda ofreció un discurso de velocidad, ritmo y peligro en cada robo que da muestra de en qué y cómo está trabajando Löw.

Dentro de este proceso germano hay que destacar a un par de piezas que están cobrando enorme importancia y que a buen seguro capitanearan al equipo. Por un lado Serge Gnabry está siendo probablemente el jugador más regular de los de Niko Kovac en este curso de transición en Múnich. El menudo atacante es un jugador que ofrece diversas soluciones para cualquier guion de encuentro que se presente y esto lo convierte en una herramienta muy útil. Gnabry es extremo de posición pero en función puede ser más cosas. Tiene regate tanto en espacios reducidos como a campo abierto, elige bien porque sabe cuándo desbordar o cuándo darle continuidad a la circulación, posee olfato, por lo que si se mueve fuera de un costado no desentona y sobre todo tiene un golpeo de balón decisivo.  Su polivalencia es otra de sus virtudes. Bien en cualquier banda o bien por el carril central -como Löw le está probando- siempre es sinónimo de desequilibrio para el rival.

La otra pieza a destacar en este proceso de cambio en Alemania es Kai Havertz. Que el seleccionador se capaz de acoplar al joven centrocampista es una de las principales misiones de cara a la Eurocopa. El jugador del Leverkusen es un brillante en bruto que ya lleva dos cursos mostrando que es futbolista a tener muy en cuenta. La llegada de Peter Bosz al conjunto de la aspirina le ha abierto un nuevo horizonte a Havertz que puede trasladar a la selección. Esta temporada está actuando más cerca de la base de la jugada, Bosz lo ha alejado de la cal o la mediapunta pura y ahora, como interior, tiene incidencia en varias fases del juego. Es aquí donde Havertz podría encontrar acomodo en Alemania. Kai es un jugador de último pase, fino en sus recepciones y conducciones y que se desenvuelve bien a la espalda de la medular rival. Con la plaza de acompañante de Kimmich y Kroos abierta porque Löw ha probado ahí a Gündogan o Goretzka, Havertz quizás no como discurso, pero como recurso siendo ese interior con más libertad para descolgarse tendría un lugar.

A Löw se le pueden achacar muchas cosas, pero no su capacidad para reinventarse sin la necesidad de hacer un drama o una revolución que levantara ampollas. De hecho Jérôme Boateng, Matts Hummels y Thomas Müller ya no volverán a vestirse más con la elástica germana y en Alemania se ha tomado con naturalidad. La Mannschaft 2.0 está de camino y Löw parece el indicado de nuevo para comandarla.

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