De Cazorla a Messi

Decía Roberto Bolaño en Los detectives salvajes que la literatura no es inocente, nunca lo ha sido. El Villarreal debe sentirse como aquel náufrago que nada, nada y nada hasta tocar tierra firme para volver a ser arrastrado por el oleaje mar adentro. No hay tregua para el submarino ni respiro para el FC Barcelona, un líder que persigue con puño de hierro el que es su título fetiche en los últimos años. Sin Messi ni Piqué todo parecía distinto, pero al final nada es inocente, ni los libros ni el fútbol. Leo Messi es muchas veces el culpable. Por enésima vez emergió desde el banquillo para decantar la balanza y ajusticiar al rival, sin apenas tiempo -como si lo necesitase- inyectó lo que es Messi para los rivales; miedo. Es imposible matar a Leo Messi.

Hay pocos deportes que tengan este grado de imprevisibilidad. Un continuo peregrinaje del cielo al infierno y viceversa, sin apenas reparo en nada que no sea la pelotita que lo absorbe todo. El Villarreal puede dar testimonio de lo ocurrido en Balaídos el sábado y en el Estadio de la Cerámica ayer por la noche como si se tratase de una broma de mal gusto, un descenso hacia el averno injustificado, alocado. “No lo merecíamos”, dirán algunos, y quizás tengan razón. Pero en frente estuvieron dos genios, Iago y Leo, que decidieron que aquel partido no se iba a perder, que el infierno no es lugar para las estrellas. Y ganaron. Del 4-2 al 4-4 en dos minutos. Vale por una victoria. Le cuesta mucho más a un Villarreal que relamía el triunfo a lomos de Samu Chukwueze y Toko Ekambi, como caballos desbocados, sin riendas, cabalgando a placer ante una defensa que sin Piqué -sentado por primera vez en Liga- no tuvo respuesta. Tampoco la tuvo el Villarreal cuando saltó Leo Messi. Cazorla había jugado como juegan los muy, muy buenos, los que dominan, con sus pases desnudando en cada acción al FC Barcelona, y casi lo vencieron. Pero siempre aparece Messi.

Ernesto Valverde tiró de lógica y pensando en la final que se le viene el sábado prescindió de Messi, Piqué y Rakitic en el once. Tres jugadores capitales, uno por línea. Umtiti, Vidal y el siempre luchador Malcom ocuparon sus vacantes. Sin apenas tiempo para ver qué estaba pasando, el FC Barcelona ya había asestado dos golpes -casi- mortales al moribundo equipo groguet. Los de Valverde salieron enchufados, sabiendo que era un partido trampa antes de ir al gran escenario. Luis Suárez, al que parece que le ha sentado de maravilla la primavera, comandó la primera media hora de los azulgrana. Sus toques fueron la soga que fue cayendo sobre el cuello del Villarreal. Quien la tensó fue Malcom, que denota el compromiso y las ganas de quien se sabe un privilegiado, un bicho raro entre tanto monstruo. Su partido, en derecha y en izquierda, mostró lo que es y lo que no. Jugador que puede (debería) ser útil a Valverde, con capacidad para atacar el espacio y buscar siempre el 1×1. Pero Malcom no tiene magia, su fútbol es útil, pero está lejos de poder descifrar defensas, momentos.

El partido estaba en chino para los locales, que tienen en su defensa un agujero enorme, demasiado denso como para obviarlo, muy a pesar de Santi Cazorla -qué jugador, qué partido- y de sus dos puntas. Se puede decir que en ciertos momentos el Villarreal llegó a jugar muy bien, como si hubiera olvidado en qué posición estaba, como si ya no se acordara de su pasado más reciente en Balaídos. Desacomplejado, haciendo de cada transición un pequeño salto temporal, una acción que les conectara con otro Villarreal, quizás el que debieron ser. Pero sus errores defensivos, que los persiguen desde agosto, les volvieron a condenar, anulando lo hecho hasta el momento. La defensa de 5 potenció a Pedraza, más extremo que carrilero, dio vuelo a Iborra por dentro y acercó a Cazorla a su zona, aquella que tiene que ver con la gestión del cuero, una en la que sus pies, destrozados tras tanto calvario, sigan iluminando cada acción. Pero no repercutió en defensa, los problemas son tantos y tan variados que no hay sistema que le ponga remedio.

“Nos sentimos cómodos cuando hay más espacios”
Ernesto Valverde

El partido se fue moviendo en términos de espectacularidad, sin control alguno. El FC Barcelona se siente cómodo ante tal intercambio de golpes, pues en las áreas no hay equipo que tenga tanto poder como ellos, pero a cambio deja de tener el control sobre lo que pasa en el verde. Ni la presencia de Arthur palió esta sensación de dejadez en el juego, de a ver quién pega más fuerte. El fútbol es cuestión de once. Mientras un equipo ha optado por otro patrón de juego, el Villarreal sigue buscando el suyo, pensando que los cuatro goles, que Cazorla, que Chukwueze y que la casi victoria no pueden ser casualidad. Que el fútbol, en efecto, nunca es inocente aunque a veces sea cruel. Solo queda confiar. Que se lo digan a Cazorla.

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