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Historias en el abismo

Hace una semana asistimos a una de esas imágenes que agarran al espectador neutral -si es que en el fútbol existe esto- que lo sacuden y le dejan huella. Las lágrimas de Iago Aspas fueron las del niño que todos llevamos dentro, echado en el banquillo tras volver de una lesión que casi condena al Celta al descenso. Volvió y remontó un 0-2 con un tanto en el último minuto para después retirarse, dolido, aquejado, anestesiado. Por fin pudo respirar. Esta última jornada le tocó a Santi Cazorla, ídolo groguet. Pero sus lágrimas eran distintas, amargas y dolorosas tras marrar un penalti en el último minuto. Cazorla, al que le dijeron que jamás podría volver a jugar, está siendo la esperanza del Villarreal para escapar del crematorio. Su fútbol no entiende de lesiones, de operaciones ni del paso del tiempo. Como todo lo bueno, perdura.

El fútbol que se juega en estas jornadas en la parte baja es otro deporte. Dan igual ya muchas cosas, y los equipos se desnudan. Se quedan, con lo malo y lo bueno, delante del espejo, ya sin tiempo para tapar sus carencias, solo con el aliento del paso inexorable de las jornadas en su espinazo y los puntos, que parece que cada jornada valen más, como objetivo. Así se explica que incluso le cueste a Cazorla domar el esférico, siendo prácticamente el único centrocampista de los equipos que están la parte baja capaz de dar sentido a las posesiones de su equipo. El centro del campo desaparece, como pudimos ver en el Levante-Huesca. Son «los partidos del miedo», que se juegan como si corriera el minuto 90 de forma constante, como si con cada acción se escapase un puntito. Un fútbol sin sentido, visceral, ligado a un estado de alerta permanente.

Enric Gallego llegó a Primera Divisón sin glamour, sin luces de neón que alumbrasen su rueda de prensa. Llegó, no para copar portadas, sino para salvar al Huesca. Como en una película Hollywoodense su presencia estuvo envuelta desde el minuto uno por un halo celestial, pasando a ser El Jugador del equipo de Francisco. Su historia es de aquellas que se dan una vez en la vida, que llegan sin aviso y con solo una respuesta válida. Solo podía decir que sí. Hasta la fecha el conjunto oscense sigue siendo el farolillo rojo de la categoría, pero sus partidos distan mucho de la posición en la que se encuentran. Compiten, crean ocasiones, tienen sus momentos. Como siempre, el fútbol tiene dos vidas; el resultado, o lo que es lo mismo, los puntos y luego está el juego, las sensaciones, las «victorias morales». Quizás deberíamos de crear dos competiciones. Puede que el Huesca estuviera en puestos europeos si fuera así.

Iago Aspas lleva los mismos goles (69) en las últimas cuatro temporadas de Liga que Antoine Griezmann.


Sería injusto no dedicar el final del texto a la figura de Iago Aspas. El de Moaña no hace más que agrandar su estela, y su sombra cubre ya todo Vigo. Tras la lesión que lo tuvo apartado prácticamente tres meses de los terrenos de juego, llegó como llegan los héroes, en los momentos en los que Balaídos era un cúmulo de nervios, tensiones y, a la vista, poco fútbol. La calidad no es aval de casi nada en estas situaciones, pues el descenso engulle al futbolista, lo arrincona, lo empequeñece. La personalidad es la que le permite a la calidad persistir cuando queda poco a lo que agarrarse, y el gallego está haciendo uno de los mayores ejercicios de personalidad y jerarquía que se recuerdan. Sus lágrimas acurrucado en el banquillo me hicieron pensar en ese Aspas que todos llevamos dentro. Sus lágrimas como metáfora de todo.

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