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Alejarse de lo incontrolable

La fase eliminatoria de la Champions no entiende de naciones. No vive de pasados ni de futuros, no sabe de favoritismos ni expectativas. El tramo decisivo de la mejor competición continental de clubes es la calidez del instante, cuando la diferencia no es vertical, generando relaciones de superioridad e inferioridad, sino horizontal. Es el presente puro y duro, el momento que un rato de especulación te puede salir caro porque enseguida ya puedes estar por detrás en el marcador, porque enseguida se te acaban los ciento ochenta minutos. Esta fugacidad del presente implica que en la Champions impere lo incontrolable, algo muy poco acorde a la manera de hacer de Guardiola. El de Santpedor, intuyendo que con el juego no podía mirar de cara a su rival, jugó con el tiempo de la competición, intentando volver causal aquello que es más casual, controlar aquello que tiene más de incontrolable. Especuló con el tiempo y no le terminó de salir cruz aunque el resultado y sobre todo las sensaciones de fútbol tendieron a ello.    

En la fase eliminatoria de la Champions, los equipos de Guardiola se enfrentan a su rival y a sí mismos.


Los primeros cuarenta y cinco minutos de partido fueron tácticos, de pizarra.
En la que la del Manchester City fue la más exigente porque a través de ella Pep quería pausar el partido, traumatizado por las dos últimas experiencias europeas de este calibre. Guardiola quería antes de todo que no pasaran cosas para poder empezar a tejer su partido a partir de esta base, con la carta de Mahrez como ejemplo para calmar. Pochettino, por otro lado, tampoco quería mantenerse ajeno a la pizarra pero sí que aceptaba la casualidad, o la aceptaba más que su homólogo rival.

Así, el catalán dispuso a su equipo en un 4-2-3-1 en el que, en salida de balón, el lateral y el pivote izquierdos, Delph y Gundogan, cambiaban su posición para atraer su marcadores en sendas posiciones, Eriksen al centro y Sissoko en banda, y activar al Kun a sus espaldas. El técnico argentino atacó esta intención trasladando la función de Sissoko a Winks. Este escenario de inicio de partido fundamentó los cambios de dibujo consiguientes, pero en base a dos situaciones diferentes. Por un lado, el Tottenham, con mayor capacidad para soportar escenarios bajo lo incontrolable, con un ataque más natural y determinado liderado por el intimidante Kane y la moral de haber parado un gol en contra desde los once metros. Por el otro, el visitante equipo de Guardiola –seis victorias en veintiséis partidos en Champions como visitante- con menos habilidad para evitar lo incontrolable, con una circulación de balón nada fresca y con la duda de haber perdido la oportunidad, no tanto de haberse puesto por delante del marcador y por tanto de la eliminatoria, sino de haber ganado mayor control de la situación por el hecho de tener ventaja en el marcador.

El partido rígido de la primera parte, guiado principalmente en la táctica de entrenadores, desembocó en unos segundos cuarenta y cinco minutos algo más incontrolables dentro de la estabilidad.


Después de la respuesta de Pochettino, Guardiola volvió a situar a Delph en su posición original en salida de balón y movió a su delantera, fijando a Sterling con el central y liberando al Kun, para agitar la incomodidad de su equipo y la comodidad del Tottenham. Los spurs se sentían más cercanos al presente efímero que rige la competición superando a su rival en el choque colectivo y el individual. Aunque sin crear mucho peligro, dominó el terreno de las sensaciones con Kane ganando tanto por arriba como por abajo y con Dele Alli tanto de llegador como de director entre líneas, al lado del ascendente Eriksen. A todo esto, Pochettino hizo el cambio que acabó de limitar al City: cambiar de banda a Eriksen y Son, que entonces exigiría defensivamente al poco natural Delph, y devolvió a Sissoko y Winks a sus funciones originales. El descanso le permitiría coger perspectiva a un City que no había mostrado síntomas de recuperación desde el penalti, superado por culpa del rival y por culpa suya. El tono calmado del City había hecho que el Tottenham tuviera más control de los momentos y que esto exagerara la falta de eficacia tanto de la propuesta como de las respuestas citizens.

Pero dada la estrecha relación con lo incontrolable, esta surgió. La lesión de Kane fue un contratiempo para los locales, que se estaban aprovechando de su dominio individual para ganar por arriba y por abajo, y fue tiempo para los visitantes, que ganaron naturalidad a partir del oxígeno obtenido. Pochettino, consciente que a la larga la velocidad sería más productiva que la altura, introdujo a Lucas Moura para sumar cuanto desequilibrio pudiera. Aun así, cerca de llegar a la monotonía visitante, más relajado en la segunda mitad, lo incontrolable, lo imprevisible, se volvió a imponer a partir de la polivalencia de Son, el jugador capaz de todo en la competición donde puede pasar de todo. Guardiola introdujo profundidad y verticalidad mediante Sané y De Bruyne cuando menos le repercutió, más allá de un problema físico que no les permitiera jugar. El de Santpedor volvió a caer víctima de su malestar delante lo incontrolable por la limitación temporal. Con el resultado y la vuelta en una semana, todo puede cambiar, cualquier cosa, y el catalán lo sabe. Alejarse de la naturalidad de la competición aunque esto implique alejarse de su juego no debería ser una opción.

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