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Blah, blah, blah!

El partido entre Ajax y Juventus venía precedido de una campaña magnífica en la que, los locales insistían a través de un vídeo con banda sonora de Armin van Buuren, en no tenerle miedo a nadie, en no atender a lo que se hablaba y en confiar en los logros pasados. Quizá la atmósfera era la mejor para que el rival fuera aquel ante el que, en 1973, un grupo de jugadores entre los que se contaba quien actualmente da nombre al recinto futbolístico ajacied, consiguiera vencer y llevarse la Copa de Europa de ese año. Ni Zoff, ni Rep, ni Cruyff, ni Altafini estaban en el campo de juego de Ámsterdam, pero el aroma a Champions League era inconfundible entre dos rivales que supieron medir sus fuerzas con el respeto de quien sabe que puede irse gravemente herido.

Y los de Ten Hag tienen ya en la cabeza que cualquier rival es capaz de flaquear ante su forma de entender este deporte. La presión alta, la capacidad de ser uno solo, la velocidad a la hora de hacer la transición defensa-ataque… El Ajax tiene ese ADN imperturbable que define el fútbol neerlandés y que una jornada más ha sabido sacar en la Champions League. El rival no era menos. La Juventus de Allegri está siendo capaz de demostrar ante todos sus rivales que la destreza y el control del juego no está reñido con el coraje y la potencia física y está siendo uno de los conjuntos más equilibrados del continente. Fuerte y casi inalcanzable en su liga, el equipo turinés parece haber puesto este año la mira en la “orejona”. El choque estaba muy igualado en los primeros minutos, pero uno de los dos tenía una bestia competitiva de su lado. Ronaldo golpeó primero en el Johan Cruyff Arena, demostrando que la punta de lanza cuando hay dudas sigue siendo él. El portugués no estaba siendo tan influyente como acostumbra, pero su lectura de juego le permitió encontrar un buen balón centrado por Cancelo para poder poner el primer gol de cabeza a pocos minutos del final de la primera mitad.

Esta primera parte de los ciento ochenta minutos de cuartos de final de Champions League no tuvo ganador, pero fueron suficientes para darnos a entender que el Ajax no ha llegado hasta aquí para dejar de luchar.


La Juventus tenía ante sí la oportunidad de salir con ventaja y con cuarenta y cinco minutos por delante para poder seguir abriendo herida, pero en un duelo entre la electricidad neerlandesa y la elegancia italiana se presentó la magia brasileña. En un excelente disparo con efecto de David Neres empataron los locales para poner el que sería el marcador final. El talento del futbolista de veintidós años parecía dar más vida aún, con la banda sonora de van Buuren en la cabeza, a un equipo con las ideas muy claras. Tanto que el Ajax siguió percutiendo. Y fueron muchas las que no consiguieron convertir ante una Juventus que, al margen de los destellos de Ronaldo en la entrega en largo y las arrancadas de Douglas Costa por la izquierda, parecían contar los minutos para que Tadic, Neres y cía dejaran respirar a su defensa. Un partido exigente, en el que los nombres y la historia parecían tener un peso capital. Esta primera parte de los ciento ochenta minutos de cuartos de final de Champions League no tuvo ganador, pero fueron suficientes para darnos a entender que el Ajax no ha llegado hasta aquí para dejar de luchar. Quieren alargar el camino, más y más, sabiendo que les espera en Turín un rival mayúsculo, dominante en Italia y en Europa y ante el que han sabido mantener el tipo durante noventa minutos.

Sigue el escenario, sigue la idea incorruptible. El Ajax avanza minuto a minuto, metro a metro, sabiendo que si duda, puede ser fatal. De momento, de ser el «caramelo» ha pasado a ser la trampa. Y solo le quedan noventa minutos más para creerse poder estar de nuevo en unas semifinales de Champions League. Ten Hag ha encendido la mecha, ahora les toca a los jugadores arder. Con una afición detrás que no les deja solos y que sabe, por encima de todo, que los que lo disputan en el campo no temen a nada ni a nadie. Que ese ruido externo, aunque fuerte, solo es un «blah, blah, blah» sobre sus cabezas, que los anima a seguir y demostrar ser mejores. Solo noventa minutos. Solo un paso más.

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