Soñar con Messi

El Manchester United de Ole Gunnar Solskjaer saltó al Camp Nou como Al Pacino lo hizo en el filme «88 minutos». Delimitados por un número, marcados desde el túnel de vestuarios por el lapso de tiempo al que parecía agarrarse su plan; 7 minutos. Eso duraron los diablos rojos en el Camp Nou hasta que el FC Barcelona se agigantó, mostrando sus cotas de calidad y jerarquía y, claro, con Messi como colofón a un grupo que cree en sus posibilidades. El rosarino propinó dos puñaladas directas al riñón de los ingleses, que cayeron, desplomados, sin respuestas, como si su guion fuera solo para el primer suspiro del partido. No pudieron, o no supieron, plantarle cara a Messi (al Barça), que terminó por poner al cuadro culé en unas semifinales de Copa de Europa cuatro años después.

El partido estuvo marcado por las decisiones de los técnicos previas al pitido inicial. El noruego dejó en el banco a Romelu Lukaku, hombre que ejerce de pantalla para las estampidas de Pogba y ayuda a Rashford en sus diagonales, poniendo en la delantera a Martial, Lingard y al mismo Rashford como ‘9’. Velocidad. Más velocidad. Su homólogo puso a Sergi Roberto en detrimento de Nélson Semedo y a Coutinho en lugar del recién recuperado Dembélé. Control. Más control. Ambos entrenadores dibujaron un plan distinto, opuesto en su forma. Compareció el United agresivo, presionante y atrevido. Rashford hizo temblar el Camp Nou con un balón al palo tras un maravilloso pase de Pogba. Sería el último. Tras el susto inicial, el Barça recurrió a su chamán, a su dios, a su todo. A Messi. Hizo la de siempre, caño, diagonal, y pase a la red, convirtiendo inútil el gesto de David De Gea. No por ser rutinario deja de ser asombrosa la facilidad con la que Messi dibuja esta clase de jugadas. El FC Barcelona agradeció el error del propio meta madrileño que terminaría desembocando en el segundo tanto del argentino. Desde entonces no hubo más partido que el que quisieron los locales.

Lenglet y Piqué siguen consolidándose como pareja dominante. Ante la velocidad del Manchester United, respondieron con autoridad.


Con Sergio Busquets entre centrales para igualar fuerzas en el inicio de la jugada, Arthur en el siguiente escalón para darle continuidad y Luis Suárez ejerciendo de boya, el Barça encontró un camino para superar la asfixiante presión inicial del United. Tardaron 7 minutos en comprender que sin las piernas de Ousmane Dembélé no había otro camino que confiar en Arthur Melo. Y el brasileño es el tesorero de este FC Barcelona de Ernesto Valverde. Custodia el cuero, pero encima le añade un plus de madurez interpretativa al alcance de muy, muy pocos. Sin ir más lejos, el United echó en falta tener en sus filas a Mata o Herrera, jugadores que, por perfil, sí pueden otorgarle a los red devil un abanico más amplio y rico de opciones. Lo dejaron todo en la casilla de «a tumba abierta» y les salió cruz. 7 minutos.

El fútbol nos entesta en darnos lecciones de vida, en trazar sutiles -y no tan sutiles- paralelismos con nuestro día a día. David De Gea, que escapó de las brasas para caer en otro incendio, le robó lo que le quedaba de vida a su equipo y minutos después evitó con la cara, casi sin mirar, sin querer, el que hubiera sido el tercero. Una sonrisa irónica del destino. El Manchester United no se recuperó, y ahí apareció la exuberancia futbolística de un Lionel Messi que ejerce de tótem en el Camp Nou. Interpretó y tejió todo el partido, como si el final -al final- solo dependiese del «10». Convirtió en actores de reparto a los jugadores del United, minimizados, agarrotados, y elevó a los suyos a la condición de estrellas. Incluso Coutinho, que parecía recuperarse de un largo proceso febril, irrumpió con fuerza, sacando su comba a pasear. Su celebración, propia de quien ha sufrido, de quien no se siente correspondido, fue el deje negativo en un partido de reconocimiento colectivo.

Ernesto Valverde es de esa clase de personas que no creen en el halago como forma de progreso, sino en la victoria, el reconocimiento numérico y objetivo. Ahí está la cara y la cruz en su figura para el aficionado culé que tiene al Barça líder en Liga, finalista en Copa y semifinalista en Champions League y siguen sin creerle, sin alabarle. Quizás sea esto lo que quiere Ernesto Valverde, que desde el silencio ha ido tejiendo un equipo compacto y reconocible, uno que no le debe nada a nadie. Ni a su pasado. Con Messi en tus filas, solo queda ganar.

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