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Sol antes de la tormenta

La eliminatoria entre el Liverpool y el Oporto probablemente haya sido la más ajena a los cuartos de final por su guion. La Champions, por encima de todo, te exige un control temporal, un control de los momentos, que, en fase eliminatoria, solo ha conseguido de manera regular e implacable el Real Madrid de los últimos años. A lo largo de estos 180 minutos entre ingleses y portugueses, el conjunto eliminado apenas ha tenido instantes para desequilibrar la balanza de la eliminatoria a su favor mientras el victorioso ha obviado esta inquietud temporal de jugarte tanto en tan poco por su comodidad en el terreno de juego. El conjunto de Klopp ha entrado en el selecto grupo de ser uno de los cuatro mejores equipos de Europa sin sudar apenas gota, con el control temporal junto al futbolístico.

El Liverpool se alejó de su versión habitual pero respondió con una eficacia letal.

 

En la vuelta en Do Dragao, el Liverpool fue una versión mucho más pragmática que la de la ida en Anfield, con cuatro goles en cinco disparos a puerta, sin ofrecer su juego de la forma más explícita. De hecho, casi todos los jugadores, a excepción de Salah y Mané, acabaron con la posición media en campo propio. Al Liverpool le costó maniobrar, atacar con sentido la portería de Casillas por tener unos centrocampistas y un delantero titular (Origi) que no obedecen a ello y un Porto que se lo impidió numerosas veces.

El equipo local  salió absuelto de favoritismos, con la pretensión de que la remontada era una opción real. El grupo de Sérgio Conceiçao propuso su juego más vertical, enviando en largo para Marega y cargando mucho la línea de ataque para la segunda jugada. El Liverpool ni era reconocible con balón ni sin él, planteando un bloque medio en defensa que no inquietaba ni la salida de balón ni los costados portugueses. Así, en el primer tiempo, los locales llegarían a rematar quince veces por cuatro de los visitantes, distantes con el suplente Origi y previsibles en el momento de proponer desde el inicio. La situación adversa del Oporto en la eliminatoria le obligaba a ser eficaz en los momentos que tendría para serlo, pero de los quince remates seis acabaron entre los tres palos y ninguno al fondo de la red. El Oporto no tenía tan poca precisión y regularidad en el juego que su rival, pero sí que no se mostraba natural en el momento de mirar a Allison.

La entrada de Firmino decretó la sentencia de un Oporto llegador pero nada eficaz.

 

La falta de olfato goleador y la entrada de Firmino en el segundo tiempo acabarían con las esperanzas portuguesas de remontada. El brasileño oxigenó el juego interior del Liverpool y agitó la delantera para reorientar la imagen apagada que había demostrado su equipo en el primer tiempo, ganando precisión e imprevisibilidad. Pero si en el primer tiempo había faltado sobre todo el juego, en el segundo el Liverpool seguiría siendo casi tan implacable como acostumbra, con tres goles en cuatro remates entre los tres palos. La superioridad de los ingleses frente a un conjunto portugués que cada vez se lo creyó menos provocó que los reds encontraran puerta casi sin buscarla. Los segundos cuarenta y cinco minutos cogieron una linealidad roja sin altibajos. La segunda parte terminó por decantar para un lado la balanza definitivamente, por representar una tendencia que se le esperaba a la eliminatoria para el que acabó siendo el vencedor: un sol antes de la tormenta que le viene.

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