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El problema es la subjetividad

Pablo Machín es la historia presente del Girona, y aun más la del futuro. Qué gerundense futbolero no se ha visto dentro de treinta años recordando lo que vivió con el soriano en el banco. El recuerdo es la mayor herencia y probablemente la más peligrosa que dejó Machín en Montilivi. A partir del técnico de Gómara principalmente, el Girona consiguió el hecho histórico más importante de su relato vital y el amor que mantenemos sujeto a la memoria es algo imborrable para todo aficionado. La principal huella de Machín, la emocional, se debe añadir a una más relacionada con el césped: la deportivo. El ex del Sevilla construyó un proyecto a su lado, un hijo con más de cuatro años que abandonó a su merced para conseguir retos más ambiciosos, lo más lógico por Machín, necesitado de un contexto que le demostrara sus límites.

El problema es que se construyó un proyecto muy subjetivo en tanto que no hay mucho Pablo Machín en el mercado. Últimamente está creciendo significativamente el fútbol de autor y el mayor peligro de este es cuando este autor se va. Guardiola y Klopp, como los casos más extremos de otros tantos, han sido capaces de que todo un club se sienta huérfano a partir de su marcha porque no solo han dejado un agujero deportivo, no solo han dejado huérfano al proyecto que habían creado, sino que también han dejado un vacío emocional en todo aquel seguidor del club, como el caso de Machín. Maldita memoria, que nos agarra ciegamente a la felicidad pasada; nosotros, sujetos, que queremos llegar a la felicidad.

El primer culpable de la situación del Girona es la herencia de la época de Machín tanto en lo deportivo como en lo emocional.

 

Así pues, la marcha de Machín fue la primera pieza del largo dominó que terminó cayendo en las últimas semanas. En Montilivi nadie cree en casi nada, una situación casi nihilista. Solo queda la historia objetiva, el relato de superación que ha vivido el Girona en los últimos años. Un argumento muy arraigado a la vida, a la creencia en el camino más allá del final donde te pueda llevar. A la creencia de que más allá de todos los obstáculos eres un qué inquebrantable. Quique Cárcel, el artífice en la sombra del éxito de Machín, tenía en sus manos la decisión más difícil de su trayectoria en Girona: sustituir lo insustituible. Porque el mercado ofrecía una mayoría de opciones alejadas del hijo que Machín había criado cuidadosamente. Debido a la imposibilidad de contactar con un semejante padre, se tendría que contratar a un padrastro que le diera otra perspectiva vital al hijo, un punto de vista que acabaría siendo el contrario al que estaba acostumbrado.

Eusebio Sacristán, el elegido, es hijo de Cruyff y la mayor parte de su mirada futbolística defiende cosas que la de Machín no hacía. El de La Seca empezaba su andadura en Montilivi con una limitación severa que acabaría marcando su paso. A día de hoy, la incapacidad del vallisoletano de acomodar su fútbol a una plantilla diseñada para otro estilo revela que la condición de Eusebio respecto a esa limitación inicial ha cambiado entre poco y nada. Su acoplamiento al sistema de tres centrales lo resume más los goles de Stuani, que lleva tres partidos sin disparar a puerta –su peor racha desde que está en Girona-, que los experimentos que ha intentado Eusebio como la salida de balón a partir de Muniesa como central izquierdo, porque apenas sabía interceder en este esquema. A partir de la relación familiar de la plantilla con este sistema, parece como si a Eusebio le fuera más difícil inventar con su mirada. El recuerdo imborrable de Machín ha provocado que Eusebio haya caído preso del sentimiento del club, el sujeto esclavizado por vivir en la objetividad. El vallisoletano ha convivido en un entorno que cada vez más limitaba su capacidad de decisión y, a raíz de esto, parece que sus intervenciones hayan sido en pos de conformarse con lo que se tiene en vez de intentar mejorarlo. Esto es, el sistema de cuatro defensas.

Los mejores partidos de Eusebio en el Girona se han desarrollado desde lo reactivo (Betis en el Villamarín o Madrid en el Bérnabeu) más que desde lo proactivo.

Este es el dibujo por el que más se conoce Eusebio y donde ha podido experimentar o, al menos, donde se ha sentido más confiado para hacerlo. Por ende, ha acabado siendo el más inestable de todos porque ni Eusebio fue capaz de transmitir pero sobre todo porque la plantilla no contaba con herramientas suficientes para ello. Ya no solo en el campo sino también en el banquillo, donde, como el curso pasado, las alternativas han hecho aguas. Limitado cada vez más por el contexto en el que estaba envuelto, parece como si a Eusebio le costase cada vez más caminar, como si tuviera que meditar cada vez más su próximo paso en el intento de mejorar. Como si no terminase de creer en sí mismo, en su idea, a partir del resultado que estaban representando unos actores que al fin y al cabo eran poco acérrimos a la misma.

A todo esto, a toda esta objetividad en la que está envuelto Eusebio, se le ha acabado añadiendo el peor factor objetivo de todos: el tiempo. Si una cosa necesitaba Eusebio es tiempo. Tiempo para pensar, tiempo para repensar, tiempo para transmitir y retransmitir, para corregir y recomponer. A principio de temporada, Eusebio tenía todo el tiempo del mundo para hacer y deshacer, pero el final está cerca y el momento presente hierve más que nunca. Y lo peor que le podía pasar al Girona es llegar a este momento sin apenas fundamentos; con una base futbolística objetiva que le permitiera ser competitivo, en la que creyera. Eusebio es el culpable de todos los males para el aficionado, pero, como sujeto en la objetividad, solo es culpable parcialmente.

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