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Messi y los ojos del camaleón

Nos agarramos al fútbol para soñar, para creer, para intentar sentirnos vencedores y no terminar en uno mismo. Pero, a veces, el fútbol es desagradable, injusto, salvaje. El Liverpool se sintió impotente al terminar el partido. Con la sensación de haber hecho todo lo posible para ganar en el Camp Nou en una semifinal de la Copa de Europa. Pero Leo Messi, que estuvo durante varios minutos sosteniendo sus brazos, con la cabeza agachada, sobre sus rodillas, incapaz de alcanzar ritmos estratosféricos, llevó el encuentro a su terreno para reinar durante una noche más. Para dejarnos otra foto -una más- y recordar que su gran objetivo de esta temporada es la Champions League.

Sin Roberto Firmino, Klopp apostó por la clásica presión.

 

Debajo de la gorra negra y las gafas de pasta, se esconde un Jürgen Klopp valiente y apostador. El entrenador alemán, como no había hecho en San Paolo o en el Parc des Princes, salió a arriesgar. Como si no entendiese el juego de otra forma, y con la importantísima baja de Roberto Firmino, Klopp se decidió por la presión alta para deformar el juego del Barcelona. Y durante largos tramos del partido, los catalanes fueron incapaces de solventar la ecuación. Partió Wijnaldum como punta de lanza del rombo formado en el centro del campo, para enlazar con Sadio Mané y Mohamed Salah, menos completos que nunca. El holandés se disfrazó de Firmino, pero ni en la forma ni en el fondo consiguió lucir como tal. El Liverpool inició tapando la salida por el lateral en la primera línea, para forzar que el Barça jugase con los Ivan Rakitic o Arturo Vidal, que se encontraban de espaldas, y ahí morder.

El sector izquierdo volvió a ser la vía de entrada blaugrana.

 

Respecto a los ritmos altos impuestos por el Liverpool, Ernesto Valverde pensó en Arturo Vidal para compensar. El Barça clavó el colmillo en la única zona que el Liverpool no consiguió taponar, la banda de Jordi Alba. Partiendo desde el sector derecho, atrayendo al bloque inglés, el cambio de juego hacia la izquierda suponía un interrogante sin resolver. Fue desde este costado, desde donde el Barça intentó acercarse a Alisson. Con los desmarques de ruptura de Philippe Coutinho y Luis Suárez y los movimientos verticales de Alba. Brasileño y uruguayo, que en el cuerpo a cuerpo estuvo imbatible, buscaban interpelarse con Joel Matip, alejándose de Virgil Van Dijk.

La lesión de Naby Keïta le restó tangibles al Liverpool, pero siguió percutiendo de cara a sus dos delanteros. Salah, que ha alcanzado la cumbre de su rendimiento de esta temporada con la llegada de la primavera, se mostró pleno de confianza buscando situaciones para encarar constantemente, aun teniendo a Jordi Alba como pareja de baile y desnudando a Clément Lenglet. En el lado opuesto, Mané dejaba la banda a un exuberante Andrew Robertson, que parecía estar en todos lados y siempre llegaba a línea de fondo, permitiendo al senegalés acabar en zona de remate. Los últimos minutos de la primera parte fueron agónicos para Messi y Suárez. Derrotados físicamente, se desentendieron del juego. Sin embargo, la madurez futbolística les ha permitido conocer mejor su cuerpo, han aprendido a racionalizar esfuerzos.

El Barça tan solo pudo resistir a los altos ritmos impuestos por el Liverpool.

 

Pero el Liverpool no bajó el listón en la segunda mitad y el Barça prosiguió en busca de la supervivencia. Valverde, máximo exponente de un equipo camaleónico, introdujo a Nélson Semedo para convertir al Barcelona en un conjunto impenetrable. Con Messi y Suárez a 50 metros de la portería red -y Van Dijk y las ayudas de Fabinho entre medias- la distancia se convertía en kilométrica cada vez que el argentino iniciaba una conducción. Cuando los catalanes parecían desangrarse, emergía entre los sucedáneos un protagonista, Marc-André Ter Stegen. Como parte del guion habitual. El Liverpool siguió proyectándose, pero Messi, que nunca fue afín al instinto de supervivencia, comandó una revuelta para consagrarse como los ojos del camaleón. El equipo que, cuando más vulnerable parece, dilapida. Pero el Barça ha aprendido a ganar de otras formas. A ganar defendiendo, sin tener el balón, sufriendo, consciente de lo que ha sido y de lo que es ahora.

Y Messi, que desapareció durante varios minutos, incapaz, terminó domando el Camp Nou. Con una rosca metafórica, de dentro hacia fuera, escapando de las posibilidades de Alisson, que fueron las mismas que las del Liverpool. El Barça se ha agarrado a la seguridad como el camino culturalmente antagónico, pero futbolísticamente necesario. Tan lejos del pasado, con los mismos actores, pero reformulándose cuáles son las necesidades de cada uno de ellos. Siendo los ojos del camaleón en el que se ha convertido el Barça de Valverde, que aún le quedan por sufrir 90’ en Anfield. Messi concluyó el acto sabiéndose superior, alzando los brazos, con un gesto de rabia, consciente de que la meta está más cerca, habiendo escrito otra oda al fútbol.

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