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Ni Messi pudo con Klopp

El fantasma de Roma que parecía ya olvidado, rematado por un Messi absorto en su misión de conquistar la orejona, revivió. Mejor dicho, Klopp lo hizo revivir. El «You’ll never walk alone» sonó como un grito de guerra premonitorio, amenazante. Y en la banda Klopp nunca dejaba de sonreír, y nadie entendía por qué, quizás solo él y sus once jugadores supieran el final que les esperaba. Valverde, con su tono tristón, apesarumbrado, como si la ventaja no existiera. Roma, otra vez. El FC Barcelona volvió a caer, como si de repente despertara en medio de una pesadilla, sudado, desorientado, con sus jugadores correteando sin alma ni sentido por el verde, arrollados por el convencimiento del Liverpool que jugó sin sus dos mejores jugadores para hacer aún más profunda la herida. Messi abandonó cabizbajo el campo mientras Jürgen Klopp seguía sonriendo. Dos caras de una misma moneda que siempre estuvo custodiada por la capital italiana.

Ernesto Valverde no tocó nada. Salió como saliera el FC Barcelona hace una semana, desbordado por un equipo que plantó las líneas muy arriba -más si cabe sin Salah ni Firmino– y que trató de verticalizar cada toque, de atacar cada espacio. El error de Jordi Alba -qué noche la suya- encendió la mecha y trajo los recuerdos. El primer cuarto de hora fue un ataque constante de los reds, que no se guardaron nada. Klopp si algo tiene es que es transparente, su fútbol es alegre y vistoso; va de cara. Ernesto dijo en la previa que saldrían a ganar, pero sus formas no parecieron las mismas que las de su homólogo, y el Barça solo encontró respiro cuando Busquets conectó con Messi y abrieron los pasillos laterales. El Liverpool, que parecía al borde del colapso cada minuto, dejaba espacios, era parte de su plan. Cada ocasión fallada del Barça era gasolina para los de Klopp, que con un Sadio Mané pletórico buscaban cortarle la respiración al FC Barcelona. Qué doloroso es ahora ver lo que en su día hizo hasta gracia, ese remate blando, pueril de Dembélé a las manos de Alisson cuando el partido ya languidecía. Era el preludio más cínico posible.

El descanso, lejos de ser un ajuste de piezas para Valverde, fue una acentuación de lo visto, la dinámica red creció y el Liverpool pasó a volar sobre el césped. Ni Arturo Vidal pudo frenar las acometidas de un equipo que en el descanso perdió a Andy Robertson, por si fuera poco. A Klopp le daba igual todo, el desastre, las lesiones, Messi. Sonrió. Venció. El 3-0 dejó el partido pendiendo de un hilo, tiritando ante el miedo de ambos conjuntos a cometer errores. Nadie arriesgó. Pero parece ser que hay quienes no entienden que no arriesgar es tomar el peor riesgo de todos, y entre dos aguas se ahogó el FC Barcelona. Acudieron antes de caer en el limbo a Arthur Melo, que entró tarde, cuando los nervios imposibilitaban construir nada. Pero el brasileño no se arrugó, tomó el cuero y le dio sentido. No fue suficiente. En esos momentos el FC Barcelona parece desdibujarse, consciente de su pasado más reciente, esclavo de sus heridas, sin superar sus traumas. Es un juguete roto. Y los jugadores rivales, a los que Klopp se rindió diciendo que «tienen una mentalidad de hierro, sobrehumana», jugaron, se divirtieron y presionaron de forma inteligente.

El FC Barcelona arrastra un debe desde hace años; en Europa solo compiten en su feudo, se desploman fuera. Le sostuvo el pulmón de Vidal, omnipresente, corriendo por todos, bregando, peleando. Pero nadie entendía el partido, ni siquiera Messi, que lo aceleraba constantemente ante la superioridad física de un Liverpool que se relamía cada vez que Leo buscaba lo imposible. El Barça ya gastó su cota de suerte y los reds la explotaron en cada lance, en cada balón dividido. De tan asustados que estaban resonaron en las cabezas de los jugadores el «necesitamos un gol», como si solo hubieran salido para esto. Ganar, tener el balón, atacar. Eso no estaba en sus planes, o no pudieron hacerlo. Agarrotados ante el pánico.

La sensación que queda es que al Barça le faltan cosas para competir partidos así, donde el cara o cruz es el guion y debes poner algo más para que no todo quede pendiente de un hilo. Le falta energía, piernas, pero sobre todo, un plan de juego. A Ernesto Valverde se le ha atizado mucho, pero siempre tenía una idea en mente. Se le criticaban las formas, el estilo. Pero nunca la intencionalidad. Ayer no la hubo. El equipo, desdibujado y perdido, deambuló buscando los ojos de Messi para que hiciese algo, una carrera, un regate o una genialidad como la falta en el Camp Nou. Pero incluso Messi pareció entender qué aguardaba la sonrisa de Klopp. Este técnico es excepcional; ha transformado a los ateos en creyentes fervorosos. Es el técnico de lo imposible, el que pierde, el que más se ha quedado en la orilla. Klopp es una paradoja preciosa. El fútbol no solo es ganar, pero qué bien sienta ganar. Al final el Barça vuelve a carecer de lo mismo de lo que lleva careciendo las últimas temporadas, y cada año es uno menos para que Messi cuelgue las botas. Esta es la verdadera derrota que se consumió en Anfield. Que queda menos para que acabe.

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