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Fútbol hasta la línea de gol

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Match point

Siempre, cuando oigo hablar de éxito o de fracaso, recuerdo el film de Woody Allen, “Match Point”, con Scarlett Johansson y Jonathan Rhys-Meyers en el que la fortuna y el azar juegan un papel fundamental. La película abre y cierra con una imagen icónica de una pelota de tenis volando de lado a lado de la pista sorteando la red. En el momento en el que la pelota choca con la misma, es cuando la suerte juega sus cartas. Es ahí cuando su intervención es necesaria, fulgurante, vital. Y es que hablar de fracaso es hablar de una situación adversa, inesperada. En estas semanas, con la caída del City de Pep Guardiola en la Champions League, se ha hablado de forma sistemática del término, quizá buscando entender lo que se escapa al entendimiento. Casi debería ser un halago en sí mismo interpretar que cualquier situación que se salga de la victoria rotunda del técnico catalán será un fracaso, pero parece ser erróneo interpretar que, en este deporte, la victoria es lo normal cuando suele ser al revés.

Disfrutar de un deporte como el fútbol tiene que ver en gran parte con la sorpresa, con lo imprevisto. De eso se vale el azar que acompaña a cada jugada, a cada minuto de juego. Ser el mejor solo te da un porcentaje mayor de posibilidades. Recuerdo las palabras de Guardiola en sala de prensa cuando le preguntaban en 2017 por sus opciones de ganar la Champions League y de si se consideraba favorito. Tajante, preguntaba sobre qué equipo tenía a Lionel Messi y afirmaba que ese sería siempre el favorito para el título. Ser favorito suele ser perjudicial. Te sientes un escalón por encima y muchas veces no sabes gestionar ese puesto. La jerarquía fuera de un campo de fútbol es inservible, inútil, caduca… dura lo justo hasta el pitido inicial, en el que los que de verdad se la juegan empiezan a hablar sobre el campo. Cuando los jugadores se baten el cobre en los noventa minutos, no hay favoritos, solo un balón y un sinfín de posibilidades que nada saben de etiquetas o de escudos. La naturalidad del fútbol debe residir siempre ahí.

Lo inesperado alimenta nuestras vidas y les da color, así como nos permite disfrutar con lo inexacto, con la duda del ¿quién ganará?


Si bien la eliminación del Manchester City sorprendió a propios y extraños, juzgar la carrera de un entrenador por ese hecho parece bastante injusto. Guardiola no fue solo el del Barcelona, a pesar de su ineficacia en el máximo torneo europeo lejos de la ciudad condal, demostrando con su capacidad para adaptar su fútbol a dos escuelas tan distintas entre sí como la alemana o la inglesa. Sus equipos han generado halagos por su juego y por su capacidad dominadora allá donde han competido, aunque les haya faltado esa suerte final que hace que la victoria (como si de una pelota de tenis se tratara) caiga de un lado o del otro en algunas competiciones. La lista de títulos da la razón al de Santpedor y a la vez se la quita, pues la suerte intervino de igual manera en los ganados y en los perdidos, aunque el recuerdo elimine el azar de aquellos en los que la victoria toma su lugar.

El fracaso es una opción que no suele elegirse pero que acaba llegando. Aun así, lo juzgamos con ese ojo cultural de la culpa, que suele tener poco que ver con lo deportivo. Lo inesperado alimenta nuestras vidas y les da color, así como nos permite disfrutar con lo inexacto, con la duda del ¿quién ganará?, sabiendo que, de seguir solo a nuestra razón, la relevancia del partido pasaría de inmediato. Cuánto le debemos al azar. Y cuánto al fracaso. El éxito es monótono y circunstancial, pasa rápido y molesta cuando es recurrente por tener que cumplir una expectativa y por ser de alguna manera el que nos roba la espontaneidad del fútbol.

Esta Champions League, con casos como los del City de Guardiola, el Madrid de Solari o la Juventus de Allegri, nos está regalando un canto a lo espontáneo, a lo insospechado. Un recuerdo necesario para entender que en este deporte no se gana solo con la camiseta y que la historia, aunque necesaria, siempre se rinde al presente. Que los goles, como en los puntos en el tenis, dependen de si la bola pasa la línea (o la red) o no lo hace.

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