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Quique Setién y su obra inacabada

No hay nada más difícil en el deporte -y en la vida- que cambiar las cosas. Llegar a un sitio, con sus miedos, sus fobias, sus creencias, sus rituales… y poner tu sello. Al final en el fútbol las portadas solo se las lleva un equipo, un jugador, un entrenador. Sobrevivir a ello es difícil. El ostracismo mediático es la normalidad. Quique Setién se marcha del Betis y la sensación que le queda a uno, tras dos temporadas al frente, es la que se te queda al contemplar un puzzle inacabado; a nadie le gusta mirarlo.

El Betis 2018/2019 nunca fue lo que en septiembre se creyó que iba a ser. O no del todo. El mercado de fichajes que se vivió en Heliópolis fue uno de los más vistosos -sí, con Inui, Carvalho o Lo Celso- y de los más arriesgados -¿quién iba a confiar en Canales de esta forma?- que se recuerdan. La marcha de Fabián Ruiz, que había sido el jugador más importante del Betis en el centro del campo obligó al técnico cántabro a reordenar en su mente las nuevas piezas. había poco tiempo y eran muchas las expectativas que había depositadas en el equipo. A modo de opinión personal, fueron las expectativas las que desde un inicio prematuro, cuando el balón no había empezado a rodar, marcaron de forma irremediable el concurso de los verdiblancos en esta Liga. Pasaron de ser un equipo por hacer a, a ojos del aficionado, un conjunto que debía luchar por todo.

Es importante incidir aquí porque lo que se ha vivido en el Betis ha sido un proceso sin proceso. Es decir, se ha pretendido llegar a un estadio superior -hecho que presupone un proceso de forma inevitable- sin tener que pasar por un período de adaptación. Algo imposible. Así lo decía Quique Setién en Marca: «Yo ya lo dije el año pasado cuando entramos en Europa, creo que lo que teníamos que conseguir en tres años lo hemos conseguido en uno» . El año pasado, con el impacto de Bartra y la eclosión inesperada de Loren, el Betis logró algo que parecía imposible; se coló en Europa. Y muchos partidos fue inferior. El beticismo puso la lupa sobre el hecho y no sobre el proceso, mientras que Setién y Sarabia lo hacían al revés. Sabían que había sido algo inusual, que un canterano explote, que un fichaje tenga tal impacto, que ganes muchas veces sin merecerlo. Raro. Y más aún para dos personajes tan afines a sus creencias y su forma de ver el fútbol.

Si bien la temporada ha estado marcada por esta enorme losa que ha terminado por condicionar el marco mental de afición/periodistas, ha habido otros elementos futbolísiticos de peso que explican el adiós de Setién. Quizás el más relevante haya sido la falta de un goleador; no solo futbolísticamente hablando, sino sobre todo a nivel emocional. La figura que, sin merecerlo, te marque un gol, te haga ganar un partido. Eso no lo ha tenido el Betis en ningún momento. Puede que las expectativas acabasen también con un Loren que nunca dio respuestas a tantas preguntas y que ante las exigencias del juego posicional de Setién no ofreció sino más dudas. La llegada de Jesé fue en este camino. Buscar un jugador que aliviara el trabajo previo al gol, que lo facilitara. El canario le pasó lo que le viene pasando en los últimos tiempos; un «uy» constante, su fútbol condensado en esta onomatopeya. Creaba, llegaba, pero no finalizaba. Y esto, siendo el 9, terminaba siendo demasiada condena. El Betis estaba convirtiendo cada jugada en un galimatías por pura incapacidad. Como si dentro del área se le fundiesen los plomos.

Porque mirando los datos del Betis esta temporada lo comentado en el párrafo anterior se ve de forma muy clara. El equipo de Setién era el segundo en porcentaje de posesión(59,1%) pero no estaba en el TOP-10 de disparos por partido, y de los equipos con más del 50% de posesión solo la Real Sociedad estaba en sus números (11,7). Era el penúltimo equipo que menos disparaba dentro de esta lista. Celta, Sevilla, Eibar, Espanyol e incluso Rayo y Huesca disparaban más que los béticos. Tener a Segio Canales y a Gio Lo Celso ha sido un alivio para el técnico cántabro, pues le ha permitido a los verdiblancos disponer de cambio de ritmo y cintura para poner a los suyos cerca del gol. El Betis ha promediado más regates por partido que el FC Barcelona. Es decir, es un equipo que ha tenido cambio de ritmo, pero le ha faltado el gol. Un correr bonito pero sin terminar de llegar nunca a la meta.

«Hemos tenido la desgracia de que arriba pues en relación a otros equipos que han competido con nosotros por esas posiciones, todos han tenido un delantero o dos que han metido 14 ó 16 goles.»

El proyecto, -debe llamarse así porque es lo que era, por mucho que algunos se empeñasen el llamarle realidad- se encontró de repente con un triple objetivo. Pasaron de luchar por no descender a competir como un equipo grande, pero como avisaba Setién, aún no lo eran. La plantilla sufrió reveses en forma de lesiones, la de Junior Firpo fue letal, y ahí se vieron las costuras a un equipo que, en determinados puestos iba demasiado corto. La Europa League y la Copa del Rey cayeron prácticamente de forma consecutiva. A partir de ahí la realidad inundó a un buen equipo que encontró en Setién a una figura poco flexible; es su suerte y su perdición. A esta clase de entrenadores, fieles a sus ideas, devotos de una filosofía, uno ya sabe a qué se atiende cuando los contrata.

Lo que ha terminado condenando a Setién y a su proyecto ha sido lo propio del fútbol moderno; la no paciencia, el no creer en lo que has apostado. Ahora el conjunto verdiblanco se encuentra en un punto muy sensible en el que tiene que decidir qué hacer con el legado, cómo tratarlo para que el próximo curso todo lo construido no se desmorone. El Betis ha logrado algo que muchos equipos no tienen; una línea, una idea. Al final, ganar lo marca todo. El proceso, quizás la parte más importante en la que pueda influir un entrenador, no cuenta para el gran público. Y ganar, solo gana uno.

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