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Griezmann elige un nuevo papel

El relato futbolístico se ha tergiversado. Quizá los románticos del deporte no hemos sabido avanzar como lo ha hecho la sociedad, al mismo ritmo y en la misma dirección. ¿Avanzar? ¿Progresar? Digamos que los caminos no han sido paralelos, tampoco el fin. A ritmo de God’s Plan, Antoine Griezmann anunciaba que se quedaba en el Atlético de Madrid. Mario Benedetti dice que “solo existe la dirección que tomamos. Lo que pudo haber sido ya no vale. Nadie acepta esa moneda; yo tampoco”. Griezmann, sin embargo, tomó y degustó ambas direcciones.

Los futbolistas acaparan un foco mediático colosal, pero, como los hombres, no son ni completos ni perfectos. El francés ha estado a tiempo de rectificar, aunque el peso de la elección -la segunda, irse al Barça- tiene una connotación distinta. No es imberbe, impermeable, a su entorno. El Camp Nou le silbó en su última visita en La Liga y ahora le verá vestir la camiseta azulgrana dos veces por semana. Menos orgullo y más fútbol.

En cuestiones directamente relacionadas con el aspecto futbolístico, Griezmann se ha sentido más cercano a su esencia cuando ha tenido una referencia por delante. Como Diego Costa u Olivier Giroud. Cuando él ha asumido el papel de delantero, ocupando un rol que no le potencia, su impacto con el balón se ha reducido. Antoine tiene destellos de diez, pero en el Camp Nou, el número que representa la excelencia hace muchos años que no se discute. No hay debate. Con el paso de las temporadas, el sabor de una teórica Messidependencia ha ido difuminándose. Cuando el argentino no ha estado, el papel de actores secundarios ha ganado peso. Sin embargo, hablamos de Messisistema. Leo condiciona las estructuras de los equipos, se vista el Barça con un 4-3-3 o un 4-4-2. Messi se ha ganado ser un verso libre. Como, en parte, Griezmann llegó a ser primero en el Vicente Calderón y luego en el Metropolitano.

Como todo lo que gira en torno al FC Barcelona, el desempeño de Griezmann estará muy ligado a su conjunción con Messi.

La conjugación de Messi, Griezmann, Luis Suárez, Ousmane Dembélé y Philippe Coutinho obliga desde un inicio, como mínimo, la renuncia de uno de ellos. Ernesto Valverde, en escenarios de necesidad de gol, apostó durante el último año por un 4-2-3-1 con Dembélé en la derecha, Coutinho en la izquierda, Messi por el centro y Suárez en punta. Sin embargo, como hoja de ruta parece algo demasiado idílico. Con esta estructura, Messi está aún más obligado a visitar la base de la jugada. Pero, con un Griezmann compartiendo alturas con el argentino, las vías de creación se multiplican. Esto implicaría, por otro lado, alejar a Messi de la portería. El argentino aporta grandes números aun alejándose paulatinamente del área, pero en esta ecuación la solución estaría más cara, puesto que el cuerpo le pide a Messi esfuerzos cada vez más controlados.

Cuando el Barça más se ha estirado buscando la verticalidad, lo cual ha implicado un menor control del balón y la dificultad de perder el cuero sin estar posicionado para recuperarlo, más ha sufrido Sergio Busquets. Frenkie De Jong emerge como un buen escudero del cinco. Sus conducciones para romper líneas, un registro que cada vez con más asiduidad practica Arthur Melo, serán un aspecto clave. Eso sí, más cerca de Busquets que en latitudes mayores. Desterrar un centrocampista aun teniendo a Messi no parece sostenible a largo plazo.

Con el paso de los años, piezas de calibre del FC Barcelona han ido demandando ciertos matices que, sumados, hacen de la creación de una estructura sólida por parte de Ernesto Valverde un trencadís de Antoni Gaudí. Sergio Busquets se sintió cómodo junto a Ivan Rakitic en el primer año del Txingurri. Cuando el croata estuvo lejos y el Barça perdió el control, Sergio se descompuso. Jordi Alba, que ha sido una de las grandes creaciones de Valverde en relación a su impacto ofensivo, necesita que el hombre de su carril le ofrezca una vía de entrada, algo que le ha costado a Dembélé. Messi ha sido el futbolista que más libertad ha tenido, pero tampoco se le ha entregado un lienzo en blanco. Junto a Suárez, necesitan a un tercero.

Otra opción que se puede contemplar aparta del once, precisamente, a este último. Messi podría regresar a la posición del falso nueve, acompañado de Griezmann en banda derecha. No obstante, la tendencia de Leo de llegar al balón -y no al contrario- implicaría las constantes permutas con el francés, que acabaría percutiendo por zonas interiores y no pinchado en banda para ofrecer la amplitud. En un hipotético tridente formado por Messi, Suárez y Griezmann, el francés quedaría relegado a la banda izquierda. A priori, es la solución más sencilla para juntar a los tres, pero restaría amplitud al equipo y no potenciaría las cualidades de Antoine. Por otro lado, un esquema que podría tomar forma partiría con Griezmann desde banda derecha, en un 4-4-2 similar al de la primera temporada de Valverde en el Camp Nou, con Messi y Suárez en punta de ataque. El francés, a quien el Cholo Simeone le ha inculcado el valor del trabajo en equipo, llegó a comenzar sus movimientos desde la línea de banda cuando coincidió con Diego Costa y Álvaro Morata sobre el terreno de juego. El costado opuesto, entonces, quedaría libre para Jordi Alba, aunque sería la única pieza que aportase profundidad.

Múltiples opciones para Valverde de encajar a Griezmann en su sistema, pero ninguna exenta de inconvenientes.

Valverde gana riqueza y capacidad de cambio con la llegada de Griezmann. Pero no todo se resume a hipotéticos 4-3-3, 4-4-2 o 4-2-3-1. Depende del escenario, la improvisación puede vestir de forma muy distinta. Aun así, el objetivo del Txingurri es llegar a armonizar sinergias entre sus componentes: no desligar el centro del campo del ataque, prevenir la protección en transiciones defensivas tras pérdidas de balón, potenciar el rol de Griezmann y que tenga feeling en el nuevo ecosistema… Antoine no es un personaje independiente que entrará en el once azulgrana de forma ‘pasiva’, el reto está en los comportamientos -futbolísticos- que vaya a tener: no ser una isla.

Cada “caso” veraniego desprende cascadas de tinta relacionando a un jugador y varios equipos. Cierto es que, desde hace algunos años, la figura del futbolista tiende a tener más peso que el orgullo de un propio club. Griezmann protagonizó El Show de Truman el pasado verano, con el matiz de que todos nosotros fuimos Truman mientras él escribía el guion y dirigía la farsa. Antoine, con la posibilidad de rectificar, asumió un cambio de papel en el que murió para sobrevivir. Y aunque la suma de los recuerdos persuade nuestra sensibilidad con el presente, en nada quedará cuando Griezmann empiece a golear.

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