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Fútbol hasta la línea de gol

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La batalla de Santiago 62

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En el emocionante Mundial de Rusia 2018 nos han faltado dos selecciones que nos tienen acostumbrados a estar y a competir por los principales torneos internacionales. Un mal papel en sus respectivas fases de clasificación impidió que pudiéramos disfrutar de la personalidad y jerarquía de Italia y Chile en este campeonato. Para compensar su falta podríamos recordar varios momentos grandiosos de ambas en los mundiales, pero, en esta ocasión, lo haremos rememorando un episodio que protagonizaron ambas y que forma parte de los peores y más lamentables recuerdos de la historia de los mundiales de fútbol.

En 1962 la sede del Mundial volvía a ubicarse en América, celebrándose en Chile. La Roja llegaba con ambición y motivación, acentuada tras la masacre acaecida dos años atrás con uno de los mayores terremotos que se recuerdan, que llegó a costar la vida a más de 2000 compatriotas y que puso en riesgo la organización del Mundial por motivos materiales y estructurales. Finalmente se celebró y Chile logró su mejor resultado de siempre, subiendo al tercer escalón del pódium. Un pódium que conquistó Brasil al alzar su segundo entorchado tras ganar la final a Checoslovaquia por tres goles a uno de la mano de un sensacional Garrincha, líder de la verdeamarela tras la lesión de Pelé.

La selección anfitriona quedó encuadrada en el grupo B junto a Italia, Alemania y Suiza. Nuestra historia nace en la segunda jornada. Chile se enfrenta a Italia y ese choque se convierte en uno de los más sucios y violentos de la historia. Todo en el contexto del llamado “Mundial del Hospital”, dada la cantidad de partidos dominados por la agresividad y el juego duro. Tanto que, tras la segunda jornada, ya había contabilizadas 24 bajas por lesión en 8 partidos -el Mundial lo jugaban 16 selecciones por las 32 que han jugado esta última edición en Rusia-. Como muestra, el primer partido de la selección azzurra que la enfrentó a una Alemania con la que empató a goles (0-0) y a lesionados (4-4).

Esta violencia generalizada no partía, lógicamente, únicamente de la competición deportiva. Había cuentas pendientes sociales y políticas detrás que impulsaban a jugadores y aficionados a actuar de tal manera. En otro de los partidos más afectados por esta situación, las diferencias entre Stalin y Tito condicionaron el Unión Soviética – Yugoslavia, que se convirtió en uno de los más accidentados del campeonato. El encuentro que nos ocupa, en cambio, fue agitado inicialmente por la prensa italiana. A su llegada a la capital, definieron la ciudad como “pobre y analfabeta, sumida en la miseria y las diferencias sociales” y asociaron con facilidad a la mujer chilena con la prostitución. Cuando los artículos llegaron a oídos de los chilenos el ambiente se recrudeció y el lema estaba claro: “Poner a los italianos en su sitio”. Más aún tras la asimetría en el comportamiento de la prensa chilena en un viaje previo realizado a Europa, tras el cual ensalzaron la belleza italiana personificada en las ciudades de Florencia y Venecia. Ante el tumulto generado, la delegación italiana intentó calmar los ánimos e incluso repartieron claveles entre los aficionados justo antes de iniciar el partido. Pero ya era demasiado tarde. La guerra estaba declarada. Los claveles fueron devueltos al campo acompañados de una sonora pitada.

El partido se jugaba un sábado 2 de junio, ante 66.000 espectadores. El catenaccio no se había desarrollado aún y los dos equipos salían con cinco delanteros y con una intensidad desmedida. Faltas y patadas en ambos sentidos se sucedían desde el minuto uno. Según las crónicas, era tal la fogosidad que apenas se podía distinguir quién pegaba o quién empujaba a quién. En el minuto 7, primera trifulca y, tras una agresión, el árbitro expulsa a Giorgio Ferrini. El italiano, lejos de sentirse arrepentido, se niega a salir del campo, obligando a la policía a tener que intervenir para hacerle abandonar el césped, formándose una de las imágenes del campeonato. A partir de ahí, agresividad creciente y más enfrentamientos, con una variedad de recursos pugilísticos asombrosa. Primero, un directo a la mandíbula del chileno Leonel Sánchez al italiano Mario David que pasó sin castigo alguno. Después, la venganza de Mario con una espectacular patada karateka en el cuello a Sánchez que supuso la expulsión del italiano y dejaba a su selección con 9 miembros sobre el campo, abocada a la derrota. En la segunda parte, Chile consiguió anotar dos goles que dejaron el 2-0 en el marcador y a Italia prácticamente eliminada del torneo. La prensa italiana no tardó en denunciar algo que pareció obvio en el desarrollo del encuentro, pues Chile agredió y pegó igual o más que Italia y aun así terminó sin ningún expulsado: el arbitraje casero que terminó con su periplo en el Mundial y dejó a un país indignado.

El árbitro designado para el partido y responsable de tales decisiones fue el inglés Ken Aston, fallecido en 2001 a los 86 años. Sobre las acciones que sofocó sobre al campo declaraba que “parecían maniobras militares”. Su experiencia ante las jugadas que tuvo que ver y las peleas que tuvo que gestionar probablemente le llevaron a inventar uno de los objetos más conocidos e importantes de este juego: las tarjetas amarilla y roja. En el Mundial de Chile 1962 todavía no existían, y el árbitro solo podía expulsar a los jugadores con una simple indicación. Quién sabe si Aston apreció la necesidad de regular la violencia de las acciones de otra forma y para finales de los 60 propuso su método, que fue estrenado en el Mundial de México de 1970 y que sigue plenamente vigente hoy en día. Aunque no parece que le hubiera servido de mucho aquella tarde de primavera que seguro nunca pudo olvidar.

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