Balón en Profundidad

Fútbol hasta la línea de gol

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Galeano, mendigo del fútbol

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Eduardo Galeano es, sin duda, uno de los mejores autores para demostrar que fútbol y literatura deben ir de la mano. Quién mejor que un uruguayo para hacer entender aquello del sentir y del razonar para ponernos a charlar sobre la pasión de un deporte tan visceral y universal como el fútbol.

Contar el fútbol es un riesgo asumible. No te aprietan las botas, no te duelen los músculos, no te pesan los brazos, no te tira el gemelo, no te sabe la boca a barro y a sangre. Se mantiene una distancia segura para que el olor del césped llegue hasta tu nariz sin mancharte la camiseta. La suficiente para evitar la responsabilidad de saber o no meterla en la red. Y no es poca cosa, pero no nos engañemos: contar el fútbol te sigue agarrando los músculos, los sentidos y el alma. Contar el fútbol exige, como dijera Galeano, batirnos entre razón y corazón. 

Contaba Eduardo Galeano que, charlando con un pescador sobre su oficio de escritor, el hombre le mostró la palabra “sentipensar”, una unión según él mismo en desuso, entre sentir y pensar. Galeano, ya desde la primera vez que la oyó, pudo asegurar que se la robaría, enamorado de la unión. Como en un divorcio particular, razón y corazón se han ido separando, como agua y aceite. Algo parecido pasa entre fútbol y literatura y su divorcio en blanco y negro. No obstante, la esperanza surge y parece ir sofocando la trifulca a fuerza de que autores toman ya la vía de sentir y pensar sobre la pasión universal que es el fútbol.  

Contar fútbol es un riesgo asumible, porque se puede hacer de muchas formas, como ganar y plantear partidos. Se puede tirar de un hilo invisible hasta hallar, siguiendo el camino, la historia asombrosa que puede contar una crónica, como hiciera Enric González, sacando de la rutina una lectura sencilla, cercana, de trinchera, que te cuenta de la misma forma miseria y riqueza. A la vez, con otro sistema y estilo, puede aparecer Enrique Ballester exportando de la normalidad de sus días el reflejo de los nuestros. También hay autores que nos dejan un legado inimaginable de saber balompédico por si se cae la Wikipedia y nos volvemos, de nuevo, seres humanos u otros, que nos hablan de la pobreza de sus clubes y de la riqueza de sus gradas. Unos lloran, otros ríen, algunos mienten, pero todos, como diría un pescador al escritor, sienten.  

Contar fútbol es un riesgo asumible y más cuando te dedicas a contar historias, y de sentir y de “sentipensar”, sobre todo, Eduardo Galeano sabía mucho. No solo es un elemento fundamental en la literatura latinoamericana, sino que su pasión por el fútbol lo convierte en un referente. Era casi obligado visitar a aquel autor que, con su conocimiento y su cariño, supo enlazar palabras sobre balón, red y hierba. Sus páginas nos ayudan a entender que el idilio está más vivo que nunca.  

Contando y sintiendo esto del fútbol, de oficio escritor y de corazón hincha de Nacional de Montevideo, Eduardo Galeano nunca olvidaba que en esas siempre pasionales gradas uruguayas notaba las miradas acusadoras de quienes no entendían que su garganta vibrara por las jugadas del rival. Como mendigo del fútbol, Galeano nos enseñó en su legado literario su sana forma de disfrutarlo, pidiendo, como él mismo decía, a cada minuto una bella jugada o un lindo gol, aunque fuera del rival, y reconocía el pulso eterno que tenía entre amar el fútbol y amar a Nacional, pues siempre soñó con escribir como jugaba Abbadie, un histórico delantero de Peñarol. Vino al mundo en Uruguay, donde nacen los niños gritando gol, para ser un exponente clave por el que entender de manera racional algo tan irracional como el fútbol. En privado y en público supo amarlo y plasmarlo todo en sus historias, con un libro que tiene más Sol, que sombra, pues ilumina a aquellos que, en sueños, no somos Maradona, sino quien se encarga de recitar su poema ante los ingleses. Su obra “El fútbol a Sol y a sombra” nos hace entender, con mirada infantil, que las letras y el fútbol, aún se tienen que amar con fuerza. Qué curioso eso de sentir que los autores se quedan un rato contigo cuando al final se acaba un libro, como discutiendo en tu cabeza. A mí me pasa que, al leer, quiero empezar a charlar con el autor sobre tal o cual fragmento, queriendo mejorar el entendimiento y el aprendizaje que ya caló dentro. Yo, como tantos, que amamos a partes iguales fútbol y literatura, me siento esclavo de aquel pensamiento de un pesador que creía que el matrimonio entre razón y corazón es posible para que el fútbol y la literatura no tengan excusa y puedan ir de la mano siempre.  

Contar fútbol es un riesgo asumible. Por eso lo asumimos. Y nos permite afirmar, con el aliado del tiempo, que Galeano “sentipensó” y escribió como jugaba Julio César Abbadie, decorando con fintas y gambetas el juego para levantar a los hinchas en la grada, esquivando aquellas piernas que quisieran, por celos o por rabia, quitarle el control del esférico, siempre suyo, siempre amable, a Eduardo Galeano, escritor, hincha de Nacional y mendigo del fútbol. 

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