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Fútbol hasta la línea de gol

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Mussolini y otras motivaciones para ganar un Mundial

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Verano de 1938, Francia. Tan solo un año restaba para que diera inicio la guerra más devastadora que ha presenciado este planeta y en España ya llevaban transcurridos dos años de la guerra que dividió a un país entero y que, a la postre, sirvió como preámbulo de la ya mencionada Segunda Guerra Mundial. Mientras, en lo futbolístico, el país galo se disponía a acoger el tercer Mundial de la historia del fútbol, un Campeonato del Mundo marcado totalmente por la situación política mundial de aquel momento.

La francesa era la segunda cita mundialista consecutiva que se disputaba en el continente europeo, situación que causó el enfado de todas las federaciones sudamericanas, principalmente de la argentina y la uruguaya. Ambas selecciones junto a otras muchas más intentaron boicotear el evento y, por ende, renunciaron a participar. La no alternancia de continentes a la hora de organizar los Mundiales y la creencia desde Latinoamérica de que la FIFA apoyaba a los países europeos provocaron que tan solo dos países americanos aceptaran disputar el Mundial del 38: Brasil y Cuba.

Por otro lado, España y Japón, a causa de las guerras en las que ambos países estaban inmiscuidos, no pudieron participar en el Mundial. La Guerra Civil española y la Segunda Guerra sino-japonesa, respectivamente, fueron los conflictos bélicos que alejaron de los terrenos de juego a ambas escuadras.

Otra de las grandes ausentes en dicha cita fue una de las máximas favoritas a alzarse con el trofeo durante los meses previos al Mundial, el combinado nacional de Austria. Tras la anexión por parte del Reich alemán en los meses previos a la cita, el Wunderteam quedó totalmente desconfigurado. Con un récord de 49-1 en sus últimos cincuenta partidos, la poderosa selección austríaca se vio obligada a disolverse y nueve de los integrantes de la plantilla pasaron a jugar para la selección de la Alemania nazi. Otros muchos, entre los que destacaba Matthias Sindelar, buque insignia y mejor jugador de aquel equipo, decidieron fingir lesiones o anunciar sus retiradas deportivas con el objetivo de no participar en los éxitos (o fracasos) de un estado fascista.

A todas estas ausencias debemos sumar las ansias de los estados fascistas por imponerse en todas y cada una de las distintas disciplinas deportivas para así poder utilizarla en su favor como propaganda política. El fútbol, en este caso, no iba a ser menos.

A pesar de todos estos pequeños contratiempos, podemos afirmar que el del 38 fue el Mundial de las ausencias, ya que tan solo hubo quince participantes en el torneo de los cuales doce eran europeos, dos americanos y uno asiático.

El partido inaugural enfrentó a Alemania y Suiza, una de las máximas favoritas contra una de las más modestas de aquel Mundial. Pero como en el pasaje bíblico de David contra Goliat, el más pequeño venció contra todo pronóstico y la Alemania nazi quedó eliminada a las primeras de cambio tras jugar el partido de desempate y perder por 4-2. No jugaría la anfitriona hasta el día siguiente, donde se disputaron, en carrusel, el resto de partidos de los octavos de final. Les bleus se impusieron por 3-1 a Bélgica, Hungría derrotó contundentemente a la actual Indonesia por 6-0 e Italia hizo lo propio, aunque con alguna que otra complicación, frente a la debutante Noruega. Checoslovaquia también accedió a la siguiente ronda gracias a los tres goles que metieron en el tiempo de descuento a la Oranje. Brasil y Polonia disputaron un partido en el que se marcaron la friolera de once goles, con resultado favorable para los brasileños. Al igual que Suiza, otra de las sorpresas fue la de Cuba, que obtuvo el pase a cuartos al doblegar a Rumanía en el partido de desempate. Por otro lado, Suecia accedió directamente a cuartos debido a la forzosa renuncia de Austria a jugar la Copa del Mundo.

Los cuartos de final enfrentaron a Italia y a Francia en uno de los partidos más hostiles entre naciones que se recuerdan. El combinado transalpino disputó aquel choque con una equipación totalmente negra (color representativo del fascismo italiano) y haciendo el saludo romano durante el canto de los himnos. Ante estas evidentes muestras fascistas por parte del equipo italiano, el público francés reaccionó con abucheos y cantando a coro Le Marseillaise. Pese a ello, los italianos no se amedrentaron y consiguieron acceder a las semifinales gracias a un doblete de Piola que les puso 3-1. Las que estaban siendo las sorpresas del torneo, Suiza y Cuba, cayeron frente a Hungría y Suecia, respectivamente. El partido entre Checoslovaquia y Brasil terminó en tablas y tras el partido de desempate, Brasil accedió a la primera semifinal de toda su historia.

Ya en las semifinales, el cuadro enfrentó a Brasil e Italia por un lado y a Suecia y Hungría por el otro. Los brasileños se veían ya en el último partido, y tan grande era su confianza que compraron los pasajes para la final de París anticipandamente y el técnico, Ademar Pimenta, reservó a sus tres principales referentes: Leónidas, Tim y Brandao. Los italianos, fieles a su estilo, vencieron gracias a la gran disciplina táctica y la solidez defensiva mostrada durante todo el partido, pudiendo así acceder a su segunda final consecutiva. La segunda semifinal, disputada aquel mismo día, dio como vencedor a Hungría, que goleó por 5-1 a Suecia.

El torneo llegaba a su fin. Tan solo restaba un partido de torneo, el partido al que las quince selecciones participantes querían llegar. A priori, los italianos partían como favoritos para repetir campeonato, no obstante, el gran juego practicado por Hungría en aquel Mundial hacía a muchos dudar de una clara victoria por parte del por aquel entonces vigente campeón.

Las dudas empezaban a aflorar por el cerebro de todos y cada uno de los italianos, a excepción de los partisanos, que tenían otros quehaceres en la mente algo menos divertidos, pero seguramente más importantes que colaborar con el régimen fascista de Il Duce. Este, poco aficionado al fútbol (se dice que no vio más de dos partidos en su vida) pero sí gran conocedor de la importancia que tiene en la sociedad, hizo llegar un telegrama al líder de la concentración italiana, el seleccionador nacional Vittorio Pozzo. El técnico al recibirlo pudo apreciar quién era el remitente y, al abrirlo, encontró un corto pero claro mensaje: “Vincere o morire”.

Pozzo reunió a sus pupilos y les alertó de la situación. Ganar a cualquier precio, esa fue su principal consigna antes de saltar al terreno de juego. No sabían cómo, pero debían ganar, de no ser así, las consecuencias podrían ser fatales para los miembros de la escuadra italiana. Fuera o no por las amables palabras que Benito Mussolini les hizo llegar antes de tan importante choque, los italianos volvieron a salir campeones al vencer por 4-2. Según confirmó el último superviviente de aquel gran equipo, Pietro Rava, todos los integrantes de aquel plantel fueron galardonados con un cheque de 8.000 liras a manos del líder fascista.

Como anécdota, quedan las palabras del guardameta húngaro Anta Szabó tras conocer la amenaza de muerte de Il Duce a sus propios compatriotas: “Nunca en mi vida me sentí más feliz de perder. Gracias a los cuatro tantos que encajé, salvé la vida de once jugadores”.

Italia sería campeona por los próximos doce años. Nadie sabía qué depararía el futuro, pero era un secreto a voces que la guerra estaba a punto de estallar y con ella, grandes cambios para el porvenir de la humanidad.

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