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Cada verano nos ilusionamos cuando van saliendo nombres que podrían acabar en nuestro equipo. Desde estrellas mundiales a futbolistas fetiches, esos que sabes que van acabar triunfando en su nuevo club. Es un periodo estimulante, de cambios y significante de cara al resto de la temporada. Pequeños retoques o una gran revolución. Siempre con cierta perspectiva, nos imaginamos dónde podría jugar, con quién se entendería, cuántos goles marcaría o cuántos salvaría.

Lo único que ha quedado en el Manchester United tras la marcha de Sir Alex Ferguson ha sido el escudo, se llevó con él la escalera que les llevó al cielo. Más allá de la ilusión solo hay la realidad y los Red Devils chocaron de frente contra ella. Los argumentos que sostenían al club fueron desprendiéndose, hasta el “vecino ruidoso” consiguió convertirse en el club ganador de la ciudad. Poco a poco, los mancunianos dejaron de colarse entre los favoritos a ganar la Premier League y coronar Europa se convirtió en un imposible. El Manchester United ha tratado de despertar del letargo, de abandonar la distopía, con aquellos hombres que les hicieron grande, como Ryan Giggs u Ole Gunnar Solskjaer. También a través de grandes nombres, pero sin perspectiva ni filosofía de fichajes clara.

Los Red Devils no tienen una política de fichajes definida.

El Manchester United no tiene una hoja de ruta marcada. Cierto es que la capacidad económica de los equipos más poderosos del mundo les dificulta a la hora de pactar un fichaje. Sin embargo, los Red Devils viajan a ciegas, dudan en qué camino escoger y ni tan solo saben a dónde les lleva. La marcha de Romelu Lukaku es una evidencia: podría haber sido positiva para fichar un sustituto estimulante para el proyecto, pero nadie ocupará el puesto que deja el belga. Su marcha, que se concretó el último día del mercado de fichajes, no les dejó margen de maniobra para incorporar a otro delantero.

Solskjaer, por amor por al club y sueños por cumplir, se lanzó a dirigir un equipo más de impulsos que de convicciones. Sin director deportivo y una política de fichajes poco definida, muchas apuestas capitales durante los últimos años quedaron en nada (Henrickh Mkhitaryan, Ángel Di María, Lukaku o Memphis Depay) y otros que, de momento, no han llegado al potencial o nivel que se les presuponía (Alexis Sánchez, Fred, Nemanja Matic, Anthony Martial o Eric Bailly). 

El Manchester United tiene una plantilla falta de calidad y con poca amplitud. Lejos quedan Manchester City o Liverpool, principales favoritos al trono de la Premier League. Esa, no obstante, es otra liga. Tan odiosas son las comparaciones como el paralelismo que se puede trazar entre las últimas plantillas de Sir Alex Fergusson y la de las recientes temporadas. El Manchester United tiene recursos interesantes, también para competir a un partido -como el último enfrentamiento ante el Chelsea-, pero no como para hacerlo en una competición regular. Lejos queda aquella defensa con Edwin Van der Sar, Nemanja Vidic o Rio Ferdinand. Siempre nos quedará eso: el recuerdo, la nostalgia, antes de ser noqueados por el presente.

Harry Maguire debe convertirse en uno de los pilares del equipo.

La última gran apuesta de los de Old Trafford ha sido Harry Maguire. De apariencia tosca, central rústico y práctico, inglés, ochentero e, incluso, leñero. Pero Maguire no es lo que parece. Tiene buena salida de balón, no teme conducir desde atrás para romper la primera línea de presión, es un central con una especial sensibilidad en el toque de balón. El ex del Leicester City llega para reconstruir el conjunto a partir de individualidades, para ser un elemento diferencial de por sí, pero también para liderar al equipo desde atrás: defendiendo el área de David De Gea y dando fluidez a la salida de balón.

La comparación con Virgil Van Dijk está omnipresente. El holandés no llegó al poso competitivo de Maguire en su etapa en el Southampton, pero en Anfield emergió como en el central más poderoso de Europa. El Manchester United se encuentra en el punto en el que estaban los Reds hace algunos años: con la necesidad imperiosa de mejorar la defensa. Y la escasez de centrales de élite obliga a los clubes a pagar enormes cantidades. Un defensor o un portero ya vale lo mismo que un gran goleador. 

Pogba está llamado a ser otro de los líderes.

Otro de los nombres propios es Paul Pogba. Aún con presente y futuro incierto, su paso por Old Trafford ha sido irregular. No por su rendimiento, sino por el rol que se la ha ofrecido. Cuando más ha aportado ha sido en tramos de libertad creativa, con uno o dos escuderos a sus espaldas. Pero, por el bien común del bloque, se le ha visto más cercano a la base de la jugada, donde suma pero no brilla. Esta temporada, sin Ander Herrera, visitará constantemente esa zona. Ninguna losa termina cubriendo la calidad del centrocampista francés, pese a que el escenario no sea el ideal. 

El Manchester United se encuentra en un punto desconcertante. Tratando de reconstruir algo que ya queda demasiado lejos, más aún de lo que distan sus objetivos de otros componentes del Big Six. Y este año va con Harry Maguire y Paul Pogba para fomentar el pilar de la ilusión de una revolución que, muchas veces, toma tintes de contrarrevolución.

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