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Firmino encendió la final

Las finales siempre son generosas en las lecturas que dejan a posteriori. Más por nombres e historias que por sentido colectivo, son partidos que regalan momentos únicos y hacen verdadero honor a este deporte. Aunque se juegue en pleno mes de agosto, cuando recién acaba de comenzar todo, lo de Adrián San Miguel ya es una de esas historias que solo el fútbol hace posible. El sprint de Jürgen Klopp, con los dientes apretados, el rostro extasiado de San Miguel, postrado de rodillas en el suelo de Istanbul y el sollozo pueril de Abraham en el otro costado. Estampas de la primera final europea de la temporada.

El Liverpool debe acostumbrarse. La piel de cordero ya no le sienta bien. Ya todos le miran con temor, con un respeto casi asustadizo. Pero sucedió que saltaron al campo de batalla, uno que Frank Lampard había dejado lleno de trampas, sin su brújula, sin su detector de minas: Roberto Firmino. Con Sadio Mané jugando de ‘9’ y Oxlade Chamberlain haciendo del senegalés, los de Klopp jamás encontraron el pulso al partido, obligados a actuar diferente por una ausencia. Sin hoja de ruta, los caminos que les son conocidos se desvanecieron, imposibles sin la sensibilidad del brasileño. Salah estaba demasiado escorado y recibía siempre con desventaja, y solo los desmarques de Henderson a la zona «indefendible» sacaban los colores a un Chelsea siempre reconocible. De hecho, la posición de Jordan fue el gran qué del primer acto. Milner bajaba a recibir entre centrales, ensuciando la salida de balón y tapando él mismo a un Fabinho que pasó de puntillas por el partido. La no presencia de Arnold obligaba a Salah a multiplicarse, y por eso Henderson, ante las pocas respuestas de su equipo, se lanzó como un cohete a por la espalda de la defensa.

Sin su plan habitual sobre el césped, Klopp tuvo que diseñar una nueva hoja de ruta con mimbres un tanto diferentes.

Pedro Rodríguez y N’golo Kanté tiranizaron el primer tiempo con mano de hierro. Pedro desde la sensiblidad para entender el juego, cuya electricidad y agilidad mental fueron una carta marcada para los de Lampard, que jugaron siempre con ventaja. Kanté -gracias Sarri por reconvertirlo- fue un dolor de cabeza saltando a la presión, incordiando siempre la salida red, que ya de por sí estaba perdidísima, y con balón jugó aseado y rompió muchas líneas por puro ímpetu. El Liverpool, sin brújula ni mapa al que atender, estaba a merced de un Chelsea consciente de su papel en esta final, que arremetía con fuerza cada vez que superaba la medular. Porque el Liverpool no defendía. Cada vez, Van Dijk y Matip -qué final del camerunés- estaban ante una encrucijada, en una situación de pregol que les obligaba a actuar con absoluta perfección cirujana. Pulisic y Pedro, rajando por dentro, junto a los movimientos generosos de Giroud, hicieron temblar los cimientos de la portería red.

Jürgen Klopp dijo basta. La entrada de Roberto Firmino aceleró al Liverpool, que empezó a jugar con bajada, volcando el verde hacia la portería rival. Solo por Firmino, que devolvió a Mané hacia donde Mané es decisivo y acercó a Salah al pico del área. Todo, sin tocar la pelota. Ya cuando la tocó las consecuencias fueron devastadoras. Dos goles producidos y la sensación que el partido lo tenía él. El Chelsea entendió su participación en la final como la de un equipo inferior, con menos calidad y recursos. Y lo leyó bien. Lampard, que aún se debe sentir medio jugador, transmitió a su equipo el mensaje correcto en todo momento, empujándolo cuando debía y guardando la ropa cuando Firmino encendió la luz. Pero siempre estuvieron en el partido.

Con Firmino sobre el césped, el Liverpool y el propio partido fueron otros completamente diferentes.

Los cambios evidenciaron la tendencia actual. Firmino, Arnold. Mount, Abrahams. La cantera y el talento joven van a ser el producto con el que Lampard va a tener que lidiar esta temporada a falta de grandes estrellas. Los galones a Pedro Rodríguez y el crecimiento de Pulisic. Algo contracultural en un equipo hecho por y para el dinero. El Chelsea cayó frente a un Liverpool ya rodado, aún soñoliento, al que le bastaron dos zarpazos y la suerte que no tuvo en la Community Shield. Pero lo de Lampard pinta a ser una de las historias de 2019. Le vamos a seguir de cerca.

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