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Certezas en el desorden

El Villarreal-Granada se desarrolló en base a lo que pueden llegar a ser ambos equipos antes de lo que realmente son. El 4-4 final como resultado del despropósito táctico de quien aún le queda por llegar antes del que ya ha llegado. El conjunto de Pedro Martínez  empezó con más certezas que su rival tanto con balón como sin él. Con el esférico, se plantó con el mismo dibujo que su rival e intenciones semejantes, sobre todo por el exterior. Ambos extremos tenían incidencia por el carril central y cedían el costado para las subidas de Quini y Víctor Díaz. Ellos dos eran la solución para dar amplitud y profundidad cuando el equipo conseguía avanzar la jugada hasta el último tercio. Por dentro, Fede Vico se movía con balón y, con él, movía al rival mientras se juntaba con Puertas, Montoro y Eteki para liderar el circuito asociativo que acabaría generando 226 pases en la primera mitad. Sin balón, el equipo nazarino era más intenso en el choque y esto le permitía sacar jugo de las segundas jugadas, convirtiendo el envío en largo en una variable ofensiva. Los visitantes tapaban bien las líneas de pase preferentes por el centro en la salida del Villarreal y le impedían una continuidad en su juego, superado en la intención y en la ejecución.

El conjunto de Javi Calleja se nutría de las descargas de los extremos en posición de interior, Chukwueze y Moi Gómez, que pretendían ejercer de terceros hombres para el doble pivote. Esto hacía que se juntara mucha gente por dentro, incluidos Iborra y Gerard Moreno, y los del submarino amarillo no podían oxigenar su juego tanto por el error frecuente en el pase como por la falta de una figura que diese amplitud en campo rival. Rubén Peña nunca pudo devenir con regularidad ese elemento que rompiese desde atrás –la primera incursión fue en el minuto 58- porque o bien lo tapaba Chukwueze, más relacionado con la cal para su explosiva conducción, o bien dependía de su faceta defensiva con un Vadillo insinuándose continuamente como una amenaza a su espalda. De hecho, el protagonista en dar dicha amplitud fue su homólogo en el costado izquierdo, Xavi Quintillá, por dos motivos: el primero, porque Moi Gómez, compañero de banda, respetaba más su posición centrada y el segundo porque la tendencia interior de las conducciones de Samu Chukwueze fortalecían el lado débil, es decir, el izquierdo. Esto provocó que el pasadizo amarillo con menos impacto fuese el derecho (24%).

El impacto ofensivo de Rubén Peña estuvo muy condicionado por la falta de rigor posicional de Chukwueze y la amenaza de Álvaro Vadillo.

La cada vez menor insistencia del Granada en su actividad sin balón desdibujó su propuesta con él y la frecuencia del error aumentó. Ni la precisión ni la intención del pase eran tan sólidas y el Villarreal se aprovechó. A falta de una rigidez en la idea, el equipo de Calleja mejoró las ejecuciones de las intenciones que había enseñado durante la primera mitad. Los extremos no solo se situaban como interiores puntualmente sino que se ofrecían como un centrocampista más y permitían generar superioridades en la base. Aunque en el caso de Chukwueze, más relacionado con la conducción que con el pase, la decisión de pisar zonas céntricas no fuera la más lógica, sí que acabó teniendo la misma finalidad que la de sus compañeros. El Villarreal sumó agilidad en la circulación en campo contrario, comenzando por dentro y terminando por fuera, y consiguió girar a su adversario de forma más frecuente. Entonces el criterio de Cazorla gozaba de mayor continuidad. Y no solo a partir de lo que hizo con el esférico, al que le dio más sentido –hizo casi los mismos pases que en el primer tiempo-, sino también sin él: ganó casi el triple de duelos que su rival (31 a 12) y más del triple de duelos aéreos (10 a 3).

El Villarreal se juntó mejor en el segundo tiempo y mejoró su aspecto sin balón.

De los dos tiros que ejecutó el Villarreal en el primer tiempo, uno de ellos a puerta, pasó a completar diez disparos, seis entre los tres palos, en el segundo tramo. Aun así, cuando el submarino amarillo parecía que dominaba y generaba más que su rival y además había dejado atrás sus problemas en área propia, la carta de la estrategia rescató al Granada. El equipo de Diego Martínez, con problemas en campo propio y rival, salvó su irregularidad en el juego desde el balón parado. El espíritu desordenado de la pretemporada estuvo más presente en La Cerámica que en ningún otro partido de la primera jornada de La Liga.

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