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El debut competitivo siempre se va a entender mejor como final de pretemporada que como inicio real del curso. El primer partido como el lugar donde la expectativa líquida choca contra la realidad sólida y el error coge más protagonismo que nunca. Y más en un proyecto de Maurizio Sarri. El italiano, nuevo heredero al trono de la Juventus de Turín, bebe de automatismos tácticos más elementales de los que poco se pudieron ver en la primera jornada de Serie A. Sin ninguna cara nueva en el once, la Juventus creció a partir del criterio individual de sus piezas más que de una forma de juego colectivo claro.

Si a esta inestabilidad grupal le añades un guion de partido centrado en una mitad del campo, casi todos los jugadores en un palmo de terreno, la creatividad individual interfiere más en el juego. Ante un plan claramente defensivo, la nueva Juventus de Sarri vivió instalada en campo del Parma la mayor parte de minutos –solo la posición media de los centrales estuvo en campo propio-, exigiéndole una circulación coral que aún no tenía. Sin la vía del balón, más allá de las intervenciones de los extremos como terceros hombres, tocaba inventar a partir de otras alternativas con las que girar al rival. El planteamiento del Parma, orientado a replegar abajo para minimizar los espacios del ataque posicional turinés, no fructificó por un motivo principal: la escasa solidez que mostraron en defensa. Esto permitía a la Juventus regenerarse con un Parma que ya vivía de por sí lejos de la portería de Szczesny.

La Juventus se aprovechó de su calidad individual superior y la defensa pasiva del Parma para ser diferencial.

En posicional, la transición de la Vecchia Signora se fundamentó por el exterior, concentrándose en el lado derecho. El magnetismo de las conducciones de Douglas Costa era el recurso ofensivo principal, tanto por su determinación como por ser la única referencia que daba amplitud al equipo en tres cuartos de campo, con Cristiano más como segunda punta. Esto daba recorrido libre para las llegadas desde segunda línea de Matuidi y Alex Sandro en el lado débil y De Sciglio y Khedira en el fuerte, por fuera y por dentro respectivamente. Miralem Pjanic, desde el inicio, le daba sentido coral y criterio a una circulación falta de dinamismo. Higuaín y Cristiano, desde el final, interpretaban de distinto modo el área según donde fuera el balón. El argentino intentaba agitar descargando y se añadía al área cuando la jugada avanzaba hasta los últimos metros. La intención del luso siempre tenía la finalidad de atacar el área. Su movilidad ayudó más cuando irrumpió en el área que cuando se ofrecía para el pase.

Douglas Costa fue el recurso principal para agitar al rival en un equipo aún verde en lo posicional.

La lesión de Douglas Costa restó profundidad e imaginación al plan y el Parma pareció crecer, más por la incapacidad rival que por iniciativa propia. Las nuevas caras de la segunda parte estabilizaron al equipo, pero ni se pisaba con la misma frecuencia el campo rival ni tampoco con la misma fe. El nuevo proyecto de Sarri arranca con más sensaciones que certezas pero con la apariencia de que el técnico italiano dispone de los elementos necesarios para poder tejer su fútbol.     

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