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Ter Stegen apagó el infierno

Con la barba del genio argentino asomando desde el banquillo, el FC Barcelona se sabía con más de una vida. Dortmund es el infierno, pero el Barça, con Leo en el banco, contaba con su particular remedio. Se le exigía al torturado Valverde que dejara la rigidez de su plan con Rakitic o Vidal en el eje, o los dos, y apostase por un futuro que no tiene tiempo de ser futuro pues Arthur y De Jong dominan ya como los mejores.

El XI del Barça escondía la intención en este Año III de Ernesto. Más balón, más dinamismo, más presión. Acentuar todo lo necesario para paliar los males que, en la Champions League, han descuartizado al equipo cada noche señalada lejos del Camp Nou. Ante un Dortmund que acumulaba mucho talento, sobre todo uno de preparado para esperar y detectar las debilidades azulgranas en la transición –que en este inicio son muchas- con Sancho, Reus, Hazard y el redimido Alcácer. Para paliarlo no hubo nada de músculo excepto mucho cerebro en el centro del campo. Con Ansu Fati titular de nuevo, pegado en banda derecha, el once de los blaugranas transmitía mucha frescura.

Arthur cogió la batuta de un FC Barcelona inconexo.

El primer tiempo fue más lo que quiso Valverde que lo que ideó Favre sin que nadie de los dos ganase. Fue una victoria a puntos, ajustada, del FC Barcelona que no se trasladó en el marcador porque los visitantes jugaron de forma concienzuda, como si el armisticio fuera la única solución. Solo Arthur, consciente de su peso, estado y jerarquía, jugó buscando cambiar cosas. La salida de balón, el talón de Aquiles del Barça en Champions, fue más o menos lúcida con dos interiores sensibles en su colocación y su recepción. A Busquets se le vio volver a sonreír. Pero más allá de esto, el Dortmund castigaba con cambios de ritmo y transiciones rápidas apoyadas en sus hombres de banda –ay, Sancho- en las devoluciones de Alcácer y un Reus sobrado de inteligencia y calidad.

Destacar que, de inicio, tanto Fati como Griezmann ocuparon las bandas a pie natural, algo que Valverde hizo para que el francés se acostumbre al exilio posicional cuando Lío esté de vuelta. Pasa que Antoine, en ese costado, es como un escritor que empuña un micrófono en vez de un boli, algo antinatural para su fútbol madurado. No entró en juego más que para abandonar su islote verde, buscando acurrucarse en la corona del área. Tendrá trabajo Valverde –y Messi-.

Una primera parte de individualidades destacadas que dio paso a una segunda mucho menos productiva en lo colectivo.

El segundo tiempo fue un déjà vu de horror para el Barça, que se vio como un holograma repetido, importado de Liverpool, en el Signal Iduna Park. Favre le ganó al FC Barcelona si no fuera porque Marc André ter Stegen, el portero más tranquilo del mundo, decidió hacer de Messi en área propia. Un reto difícil. Salvó todas y cada una de las intentonas, incluido el penalti. La defensa parecía jugar con desventaja, como si el terreno estuviese inclinado y siempre corrieran cuesta arriba. Semedo, jugando en izquierda por la lesión de Alba, picó a cada amago de Sancho, que juega como un ilusionista, pero todo lo que crea es de verdad, no miente, solo esconde. Lobotomizado, el Barça parecía vivir en un cuento de Edgar A. Poe, lleno de malos presagios y augurios. La entrada de Leo Messi por Ansu Fati devolvió cierta sensación de estabilidad por aquello de que en momentos de partido es más importante aparentar que ser, y el Barcelona aparentó ser algo indestructible. Se les acabó la gasolina a los locales, que miraban la orilla contraria con cierta desesperanza, y el Barça miraba a Messi, buscando soluciones, milagros. Fueron pocos los minutos, y  en un escenario que no invita a la festividad, los que pudimos ver el Barça de Arthur y De Jong con Messi. Aún con un Leo terrenal, fue Ter Stegen quien apagó el infierno.

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