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La medular maestra de Tuchel

La Champions League y el PSG no se llevaban bien pese a los constantes intentos de los parisinos por mejorar la relación. La plantilla del club francés estaba año tras año plagada de estrellas, pero carecía de un centro del campo práctico para enfrentarse a los grandes de Europa, así como de fondo de armario para cubrir las múltiples lesiones de sus titulares. La portería no terminaba de estar bien cubierta tras varias apuestas fallidas por Areola, Buffon o Trapp. Sin embargo, esta temporada apunta a ser diferente. Leonardo, nuevo director deportivo de la entidad gala, ha confeccionado un equipo espectacular tapando las carencias mencionadas con fichajes muy interesantes como Keylor Navas, Sarabia, Ander Herrera o Gueye. Y, cómo no, ha conseguido quedarse con Neymar para completar un tridente que asusta.

Pese a todas las buenas noticias en el mercado, la Champions empezaba y con ella las habituales bajas desgraciadas del club parisino, que coincidían con el rival más grande de la primera fase: el Real Madrid. Ninguno de los tres mosqueteros del tridente podía estar ante todo un Madrid y los fantasmas del pasado acechaban el Parque de los Príncipes. Y ahí apareció Thomas Tuchel desde la pizarra y una medular bien reforzada en el mercado.

Tres centrocampistas de base de la jugada más adelantados de lo normal.

El técnico alemán ‘sorprendió’ con una medular de tres futbolistas como Marquinhos en el eje y Verrati y Gueye como interiores. El senegalés vio adelantada su posición habitual con un solo objetivo: estar más liberado para saltar a la presión y anticipación. La distancia entre los tres atacantes y la medular era muy grande por momentos, pero a Tuchel no le preocupaba, porque la presión incansable de sus tres máquinas del centro del campo achicaba los espacios hasta el punto de dejar sin ideas al Madrid, y en varias ocasiones clave, le permitía robar cerca del área rival y acabar jugada.

La presión del PSG comenzó de manera excéntrica, yendo muy alterados a por balón, dejando líneas de pase claras sin tapar que permitían al Madrid salir con facilidad. Pero eso solo duró unos minutos. Tuchel pareció ajustar las tuercas y los parisinos comenzaron a ahogar a los blancos. Tanto Verrati como Gueye parecían sombras de los centrocampistas merengues, incluso de los centrales y laterales en ocasiones puntuales. Marquinhos aguantaba la posición, en principio, para ir a la ayuda en caso de que sus compañeros fuesen superados, pero se fue desmelenando hasta el punto de llegar a ver en una jugada a los tres del medio en área contraria presionando la salida de balón rival. Una presión total y constante. La cara del brasileño cuando fue sustituido absolutamente exhausto lo dejaba claro.

El Paris Saint Germain mandaba en el partido, y no precisamente desde la posesión. La cara negativa de la medular era la de tener más bien pocas opciones de profundizar por dentro y filtrar pases, exceptuando un Verrati que se encontraba demasiado solo en esas tareas. Gueye no es lo suficientemente aseado con balón para esta función y Marquinhos optaba más por pases largos de lado a lado que por buscar asociarse por dentro. La clásica escasa participación de Icardi en el juego colectivo no ayudó para que el PSG jugara fluido con esférico, pero dio la impresión de que no importó, porque estaban más cómodos presionando la salida de balón blanca.

El equipo parisino decidía cuándo y dónde presionar. En bloque alto la presión era espectacular y estética como pocas, pero la excelencia la rozaron en la del bloque medio. En cuanto el Real Madrid se asomaba por la zona central del campo, el futbolista más cercano, salvo Icardi, saltaba a robar, molestar o intimidar al poseedor mientras el resto de compañeros se movían para cerrar el hueco creado. Y al conjunto madrileño no le quedaba otra que mover el cuero de lado a lado e intentar profundizar por las bandas. La excepción puntual fue James Rodríguez cuando se inventaba pases imposibles rompiendo hasta dos líneas. Pero luego, no eran capaces de progresar.

La presentación en sociedad de Idrissa Gana Gueye.

El protagonista del encuentro -más allá de los dos golazos de Ángel Di María– fue el senegalés Idrissa Gana Gueye. El centrocampista de corte defensivo que ha llegado este verano procedente del Everton dio un auténtico clínic de cómo jugar al fútbol sin balón. Su mordiente a la hora de presionar es digna de elogio teniendo en cuenta que la mantuvo intacta los 90 minutos y que ganó hasta 11 balones. El ejemplo más claro de su buen hacer se pudo ver en el segundo gol parisino. Tras un saque de banda en el que el PSG pierde el balón, Gueye saltó a la presión con total convicción, robando el balón, levantando la cabeza y encontrando, solo, a Di María en la frontal del área para que finalizase a gol. Y todo empieza con la presión incansable del ’27’ parisino. Lo describió perfectamente en rueda de prensa tras el partido Thomas Tuchel sin necesidad de buscar eufemismos: «Gueye es una máquina».

El senegalés acertó en elegir cuándo presionar y cuándo no. Ayudó en eso que el Madrid recibía muchísimos balones de espaldas, que encendían todas las alarmas. Se sintió liberado jugando de interior con Marquinhos por detrás y se le vio muy cómodo en el papel. Un rol que rara vez utilizará el técnico alemán en competiciones domésticas porque no necesita este tipo de centro del campo, pero que debe haber ilusionado bastante a Tuchel de cara a los partidos importantes de Champions League. Sin embargo, no todo es bueno. El ex del Everton no terminó de encontrar soluciones con balón y no daba apoyos reales y seguros a Marquinhos o Meunier para profundizar por dentro. Pese a que su fuerte no es la posesión del esférico ni buscar vías de pase entre líneas, Gueye realizó 69 envíos en la noche del miércoles con un porcentaje de acierto del 93%. Además, ejecutó con éxito los tres regates que intentó. Un jugador bárbaro que sin duda es una solución a los problemas que ha tenido el PSG estos años, y que además de pivote, anoche demostró poder ser más que útil también de interior para partidos de gran envergadura.

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