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Serge Gnabry y la memoria

Uno se pone delante del papel para plasmar una gesta así y lo primero que hace es recordar. La soberbia actuación de Serge Gnabry sobre el césped del equipo subcampeón de Europa acerca a la memoria el perfil de dos jugadores que marcaron una época en Baviera como Ribéry y Robben. Como el neerlandés y el francés en sus mejores años, el velocista alemán galopó y despedazó a un Tottenham que no fue ni el reflejo de ese equipo que deslumbró al mundo y encumbró el proyecto de Pochettino. El diluvio sobre la ciudad del Támesis enrarecía el rostro de los aficionados spurs que, si bien están más que acostumbrados a la fina lluvia londinense, esta encerraba cierta trampa en el telón de la noche. Y ese rostro de extrañeza fue cubierto por las palmas de las manos de los muchos ingleses allí presentes en un gesto de incredulidad por el brutal zarandeo que su equipo había sufrido en su estadio, donde se había refugiado en un mal comienzo de temporada. El fútbol no tiene memoria para el pasado. Sí nostalgia, que se clava como puñales en cada comparación con un momento anterior. El presente es el que pone a cada uno en su sitio, idealizando un futuro que, tras el encuentro en Londres, ha activado el hipocampo bávaro visualizando un Robbery en Serge Gnabry.

El atractivo de parte de la jornada dos de la presente edición de la Champions League estaba en Londres. Un Tottenham con dudas recibía a un Bayern que debía dar un golpe encima de la mesa para opositar a la primera plaza del grupo. Kovac decidió dar vértigo a su equipo con Coman y Gnabry en los extremos, además de renunciar a cierta profundidad por el carril derecho colocando a Kimmich en el doble pivote junto a Tolisso. Pochettino cargó el centro del campo con trabajo y músculo, juntando en la medular a Winks, Ndombélé y Sissoko. Por delante acompañó un errático Dele Alli que va desechando las esperanzas en ver lo que un día prometió ser. El Tottenham se encargó de agitar el encuentro desde los primeros instantes. Vislumbró la defensa adelantada del Bayern y la dificultad de Süle y Boateng para girarse con velocidad y Son lo aprovechó. El surcoreano buscó hasta por tres veces en doce minutos huecos a la espalda de la defensa bávara, haciendo trabajar a Neuer las dos primeras veces. La tercera fue para adentro motivada por un error de Tolisso en salida cuando el Tottenham presionaba arriba oliendo sangre.

Gnabry tuvo oxígeno suficiente para desmarcarse, controlar, definir de forma efectiva y celebrar su póker en Champions.

El Bayern tiró de su esencia de equipo gigante alemán para contestar rápido sin dar tiempo a los locales a saborear el gol. En una acción que parecía diluirse, la defensa local no fue contundente a la hora de alejar el peligro de su área y, en la frontal del área, Kimmich quebró para abrirse espacio a su pierna derecha y clavar un certero disparo cruzado en el lateral interno de la red, imposible para Lloris. La situación de Kimmich en el medio ya estaba justificada con esa llegada al balcón del área tan decisiva. Los de Pochettino lograron recomponerse y dominaron gran parte del primer tiempo. El poderío del centro del campo se hizo patente con una acertada presión sobre los centrocampistas bávaros que incentivaban robos de balón y desencadenaban transiciones ofensivas que no lograron ver puerta. En ese contexto de partido creció mucho la figura de Ndombélé. El francés apareció por muchas parcelas del campo asentando a su equipo arriba. Sin embargo, esa progresión positiva del todocampista en el partido efervesció a partir de la media hora de partido. Ahí, el Bayern creció. Se encontró con más facilidad para plantarse en campo contrario y pasó a dominar con balón, pero sin generar peligro. Esa ausencia de ocasiones no significa ausencia de gol cuando Lewandowski está en el verde. Tras un gesto técnico brillante y cuando parecía que la jugada tocaba a su fin, el polaco controló de espaldas a portería un balón en el balcón del área y, a la media vuelta, sacó un disparo con la potencia que el giro de su cadera le permitió y la precisión suficiente como para salvar a Lloris. Con ese gesto del que puede ser el mejor definidor de cara a puerta del viejo continente, el encuentro llegó al descanso.

La segunda parte comenzó y nadie parecía asentarse con balón. El cuero viajaba de un campo a otro con cierto peligro, pero sin concretar. Mientras tanto, un Serge Gnabry que había saltado con un cuchillo entre los dientes tras el descanso aguardaba su momento. Había comenzado el encuentro en la derecha, pero había estado permutando mucho con Coman. Curiosamente, su primera acción decisiva fue pegado a la banda izquierda. El extremo alemán salió embalado después de superar a su par con una pared y, con todo el espacio del mundo, encaró portería con el beneplácito de un lánguido Alderweireld. La definición fue de altura, así como el golpe que se le asestó al encuentro. Ahí no acababa todo. Cuando el Tottenham se sacudía la cabeza del terrible gancho y con el escenario comenzando a superar a ciertos actores, Gnabry volvió a subir un tanto al marcador llegando por la izquierda y definiendo cruzado al palo largo. Winks cometió un grotesco error en la salida de pelota confirmando ciertas dudas que había presentado en el primer tiempo. La dureza del 1-4 no despedazó aún al Tottenham. Kovac había dado entrada a Thiago por Alaba y el español pasó a ser la pareja en el mediocentro de Tolisso. Kimmich regresó a su lateral derecho y Pavard ocupó el izquierdo. Con ese cambio se pretendía tener más control de balón en el centro del campo y con el apoyo por la banda derecha, casi como otro centrocampista más, de Kimmich.

La poca vida que el Tottenham rezumaba se materializó en forma de penalti. Kane puso el 2-4 y acrecentó la esperanza de vivir otro de esos momentos mágicos que ha vivido un estadio que no tiene ni un año de vida. Esa noche no era la indicada. Pochettino puso todo el poder ofensivo que tenía sobre el verde. El Tottenham terminó jugando con Eriksen y Sissoko de doble pivote, sin ser ninguno de los dos un sustento de garantías a nivel defensivo. Son y Lamela ocuparon los extremos y Moura y Kane la parte de arriba. Para defenderse, sobre todo en la banda derecha, Kovac retiró a Coman y dio entrada a Perisic, currante como el que más. Así, el Bayern controló de buena manera el pobre atisbo de remontada que pudo tener su rival para, en el tramo final del encuentro, despedazar hasta el mismísimo tuétano spur. Gnabry por dos veces y Lewandowski apuntillaron en cinco minutos a un equipo que recibió uno de los golpes más duros que se le recuerdan y que dejan en una situación comprometida a un entrenador que la pasada temporada era venerado en medio mundo. La memoria del fútbol. Gnabry soltó la mano de su inseparable línea de cal en la banda para iniciar una carrera que Thiago acompañó genialmente con un pase largo. Siendo el minuto 83 de un intenso encuentro, Gnabry tuvo oxígeno suficiente para desmarcarse, controlar, definir de forma efectiva y celebrar su triplete en Champions. Lewandowski marcó otro gol de nueve que casi se solapa con la repetición del tercero de Gnabry y el propio Serge volviendo a ver puerta acuchillando con otro desmarque y gol a la paupérrima defensa entregada del Tottenham.

El encuentro en Londres ha activado el hipocampo bávaro visualizando un Robbery en Serge Gnabry.

Póker de goles en una clase magistral de todo lo que debe ser un extremo al uso. La actuación de Gnabry y esos dos goles suyos en los instantes finales del encuentro significan un durísimo golpe para el subcampeón de Europa. Un proyecto tan sólido no debe zozobrar por una racha de viento en contra, pero la causística del fútbol y su propia esencia se cimentan en el presente. Y este mencionado presente está marcado por un resultado tremendamente dañino que tendrá consecuencias. Al igual que desencadena reacciones la actuación del Bayern en conjunto y de Serge Gnabry en particular. El germano ha despertado la memoria de muchos y en cada cabeza se habrá generado una idea, una comparación o alguna ilusión. Una idea que responde a su mejor funcionamiento en la izquierda que en la derecha. Una comparación con los extremos al uso de antaño. Y una ilusión de recuperar una figura en el Bayern que solo la memoria sustentaba.

Christian Sáncez (@delablanca10)

Daniel Leal-Olivas / AFP

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