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El infierno no fue tal

El Real Madrid se ha acostumbrado a jugar en el limbo. Gane o pierda, casi que da igual. El escenario siempre es el mismo; los nervios se estiran, como un chicle, replicando el césped que ya no existe y el balón, que hace no tanto domaban con diligencia Isco, Marcelo y Modric, es ahora algo muy distinto, un objeto maltratado y pisoteado que corretea, muchas veces con poco sentido. El Madrid es un ente herido que cae cada día en el mismo problema. El infierno turco fue solo un susto, una broma pesada al que ningún jugador le encontró la gracia.

Zinedine Zidane tocó cosas. Regresaba Kroos, y esto es algo que en la Champions League tiene un valor doble o triple. El teutón es ahora todo lo que el Real Madrid quiere ser; calma, el pase adecuado, jerarquía. Una ironía que tiene cierta sorna, pero necesaria, al fin y al cabo. Rodrygo compareció en el extremo diestro, completando junto a Benzema y Hazard una delantera que fue lo mejor del partido para los blancos. El bisoño brasileño está disponiendo de menos foco mediático que su homólogo Vinícius Jr, pero tiene la sensibilidad y la delicadeza que Vini tanto ansía. Su gesto es acompasado, dulce y conecta con la de Karim y Eden, que están condenados a entenderse, pase lo que pase. El Madrid disfrutará si ahí nace algo digno de ser recordado. Y parece que Rodrygo puede ayudar.

Rodrygo es un futbolista muy distinto a Vinícius. Uno que a día de hoy le da cosas más necesarias a los blancos.

Para el Madrid los partidos son como un suspiro que se debe soportar. No hay señales de mejoría, y los blancos volvieron a sufrir. Anoche lo hicieron pero ante un rival flojísimo, tierno, que enseñaba todas sus cartas antes ni siquiera de empezar la partida. Solo Babel tenía mordiente en un Galatasaray que de buen seguro va a decir adiós a la Champions League. Zidane, que dispuso de Fede Valverde en el centro del campo para tener el control en escenarios de ida y vuelta, no quiso nunca tener la pelota. Y eso, sorprende. O quizá ya no. Pero debería. Los blancos juegan contra sí mismos tras tocar el cielo en Cardiff y emborracharse en Kyev. La embriaguez les trajo una ceguera estremecedora, y ahora parecen no recordar nada. Se lució Valverde en un contexto en el que puede brillar pero en el que, paradójicamente, su equipo no.

Era un partido a vida o muerte, y el Madrid lo salvó. Pesó el escudo, la enorme diferencia de calidad entre ambos equipos y la soga, que ya no es excepción. El Madrid vive en el corredor de la muerte. La luz al final del túnel la marcan Benzema y Kroos, que volvieron a estar muy acertados. Falta por ver qué nivel puede llegar a tener el belga, Hazard, al que hasta la fecha se le está viendo dos o tres peldaños por debajo de su tope. Ayer, a pesar de dar la asistencia y dejar varias buenas acciones, se quedó en menos de lo que pudo haber sido. La defensa turca era una invitación al destrozo permanente. Al final, quedó todo entre amigos. El infierno era mentira.

Albert Blaya Sensat (@Blayasensat)

Gokhan Kilicer / AFP

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