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Messi y el realismo mágico

Bastaron diez minutos y tres gestos imposibles para reventar el partido. Leo Messi solo conoce la rutina enfermiza de la excelencia. Un camino singular en el que, cada tres días, debes ser capaz de volver a sorprender. Como si fuera el primer día. Y tras centenares de partidos, Messi sigue emocionando. Lo mejor es su mirada. Decían los hermanos Martinez D’Aubuisson, periodistas y autores de «El Niño de Hollywood», que «cambia la mirada de los hombres que han matado. Algo dentro de ellas, en las profundidades, es más oscuro». La de Lío, curtida con más de medio millar de goles, que cuelgan como botines en sus hombros, es la de un hombre acostumbrado a aniquiliar rivales,

El argentino podría ser un personaje de uno de los libros de Gabriel García Márquez. Messi y su realismo mágico. Lo imposible lo hace fácil, natural, sin aprietos. Y eso que, en muchas ocasiones, ha estado condenado a cien años de soledad. El partido empezó marcado por los goles tempraneros, de rebote, de FC Barcelona y Valladolid. Con los roles ya repartidos de antemano, los vallisoletanos se sintieron muy cómodos hasta que Lío decidió golpear. Apretados, cerrando el carril central y regalando la banda derecha a Semedo, el Barça progresaba a trompicones, y con un Ansu Fati vestido, hoy sí, de niño, el FC Barcelona no encontraba la manera.

Ya con el 3-1, tras dos chispazos de genio de Messi, el partido entró en un letargo al que el Barça sume en La Liga a todos sus rivales. El partido, anestesiado, no tuvo mayor historia que la que nos quiso contar Messi con sus controles con el muslo, sus cañitos de patio de colegio y sus amagos. Entre tanto éxtasis técnico, hubo espacio para comprobar (si es que ya no lo habíamos visto suficiente) que De Jong va muy en serio. Su partido fue la mejor nota no extraterrestre del partido, jugando de interior, sumando mucho en el sector izquierdo, pero ahora ya sí, familiarizado con lo que le pide el técnico extremeño a la par que sumando sus innatas cualidades con y sin balón. A De Jong cada día se le pone más cara de mandón.

Ya en el segundo tiempo, el partido parecía decidido. El Valladolid, que contó con Salisu para el segundo acto, claudicó ante el antebrazo férreo de Messi. No pudieron hacer nada. O no supieron qué hacer. El Barça se pareció al de los viejos tiempos, buscando el gol con fiereza, atacando a un maltrecho Valladolid. Se sumó Griezmann al festín, pero el francés no es Neymar Jr. No le miran como a su homólogo, no le buscan para que se vaya contento al vestuario. Antoine, cabizbajo, se fue como entró. En silencio. Probó Valverde en una especie de rombo, centrando al francés, aislándolo de su banda. «Qué sabrás tu si nunca viviste dentro de  mi jaula», dicen Izal. Eso les dirá el galo a sus compañeros de tridente.

Griezmann es el tema que Valverde debe gestionar. Con urgencia. Su desencanto no es una mala noticia, es la muerte de gran parte del proyecto. El rombo no deja ser una posible solución, pero el problema parece ir más allá, es algo mental. Mientras, separados por apenas unos metros, Messi y Suárez se funden en un abrazo sincero.

Albert Blaya Sensat (@Blayasensat)

Alex Caparrós / Getty Images

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