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La pureza del Slavia de Praga

Estamos muy acostumbrados a disfrutar y evaluar el desempeño y el juego de los equipos más importantes de Europa. Conjuntos con una gran exigencia que tratan de copar sus plantillas con los mejores jugadores posibles, según disponibilidades y alcance económico. Los técnicos, en este contexto, tratan de construir sistemas y automatismos para que todo el talento que tienen a su disposición se potencie y aporte al grupo todo lo que necesita. Sin embargo, y esto ocurre principalmente en los equipos más top, puede llegar a ser muy complicado moldear movimientos y aptitudes a jugadores con trayectorias extensas o una calidad muy por encima de la media. Al final, estos adquieren una dimensión que condicionan el esquema y obligan al entrenador a adaptarse.

El Slavia de Praga nos está haciendo disfrutar del fútbol en su estado más puro en esta Champions League.

Y por supuesto que nos encanta. Ver a leyendas como Leo Messi o a jugadores con una proyección tan brutal como Frenkie de Jong tomar decisiones e intentar compensar los defectos de su equipo a través de personalidad y coraje es algo que nos pega a la pantalla tanto por épica como por belleza. Pero, a nivel visual, también nos gusta, y mucho, descubrir conjuntos tan bien trabajados como el Slavia de Praga. Camina con humildad por el grupo F de la presente Champions League con dos puntos en cuarta posición, pero ya ha hecho partidos descomunales ante campeones de Europa como el Inter de Milán o el FC Barcelona. Y, al contrario que sus rivales, no encontramos tantas respuestas individuales como una explicación coral con la que está superando en muchos tramos a sus adversarios, sin que podamos asociar tales prestaciones a la calidad neta de alguna de sus piezas más que al funcionamiento colectivo. Y todo gracias a la dirección desde el banquillo de Jindrich Trpisovsky, que ha conseguido convencer a los suyos para realizar un juego propositivo y valiente.

El entrenador checo guió a sus jugadores para conseguir un meritorio empate sin goles en el Camp Nou. Y a partir de, más que un dibujo concreto, a unos movimientos y ajuste de posiciones elaborado al más mínimo detalle. Consciente de su inferioridad técnica y en un territorio tan hostil como el estadio culé, defendió con una línea más retrasada de hasta seis hombres. Los cuatro zagueros cerraban su posición y los volantes retrasaban su altura sobre el césped para contrarrestar el dos contra uno que podría plantear el FC Barcelona con extremo y lateral. Sin embargo, no se agazapó en su área sino que alzó esta última línea lejos de su portero, con la idea de negarle metros a su rival y dificultar su juego interior. El riesgo era palpable a su espalda, pero fue afrontado con intensidad e inteligencia, ejecutando una extraordinaria presión individualizada copada de orden y sentido y adornada por una capacidad física para no dejar de correr durante todo el partido. A tal situación contribuyó la escasa movilidad del Barça, tanto en el apoyo entre líneas como al espacio, bien ilustrada por la insistencia de Ernesto Valverde desde la banda y los gestos de Piqué o De Jong desde el césped para que sus compañeros ofrecieran algo más para poder incrementar el ritmo sin el que el Slavia no parecía tener intención de venirse abajo.

El conjunto checo redondeó su actuación mediante un circuito asociativo bien planificado para manejar sus posesiones.

Pero el equipo checo no se conformó con defender en su campo sino que, cuando recuperaba, tenía muy claros los terrenos a explorar y los circuitos por los que hacerlo. Las líneas tan juntas permitían a cada jugador tener siempre un compañero cerca al que dar el primer pase tras robar el balón. Los volantes estiraban, con mención especial a Peter Olayinka, que estuvo inmenso en la banda izquierda recorriéndola hacia atrás con disciplina y hacia delante con creatividad y profundidad. Por dentro, Soucek y Stanciu cuidaban el esférico y, grupalmente, el equipo se plantaba en campo rival sorprendiendo e impacientando a cada socio blaugrana. El plan adolecía de dos asteriscos. El primero, claro, la calidad de sus hombres. Aunque tácticamente entendieron el dictamen de su técnico y lo ejecutaron a la perfección, en los últimos metros echaron de menos una pieza diferencial que dificultara la actuación de un dominador Piqué en área propia. El segundo, el siempre a tener en cuenta estado físico que, aunque optimizado en este caso, no es infinito, y tuvo su papel durante el desarrollo del partido. Conforme avanzaron los minutos, la capacidad de salida del Slavia fue bajando, acercando al Barça a su área, que no pudo cumplir su objetivo de ganar para ofrecer su candidatura a campeón del grupo dada la imprecisión de Dembélé, la incomodidad de Griezmann o la soledad competitiva de Messi.

Andrés Sánchez (@sancleracot)

Joe Klamar / Getty Images.

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