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El goleador inmortal

Vivimos casi siempre en un entorno de prisa y de queja que no nos permite apreciar con cierta perspectiva lo positivo que nos deja la vida y el propio momento que vivimos. Sin tiempo para poder disfrutarlo, la nostalgia y los recuerdos nos martillean con momentos especiales en nuestro día a día a los que, casualmente, nunca dimos en ese mismo instante la importancia que debía. Y es que las cosas consiguen un valor adquirido solo con el paso del tiempo y la propia perspectiva que este transcurrir nos otorga. Después de muchos años habremos podido llegar a ciertas conclusiones en nuestra vida, y una de ellas algunos la podrán tener muy clara. Si algo tenemos que agradecer, es haber nacido en el momento ideal para poder ver algo que se intuía imposible: un futbolista español alzando el trofeo de campeones del mundo al cielo. Fuimos testigos de esa generación de futbolistas y, en especial, lo fuimos de su gran goleador.

En este caso, no se sabe quién tiene que agradecer más a quién: si el combinado español haber alcanzado su zénit en el momento de la aparición de un goleador como el guaje o el propio David por haber coincidido con tal grupo de jugadores. Quizá nadie tenga nada que agradecer, y sí mirar hacia atrás para recordar, con una sonrisa, todas las veces que los goles de David Villa nos hicieron levantarnos del sofá. El asturiano tiene el honor de ser querido en todos y cada uno de los equipos en los que ha estado, lo cual habla muy a las claras de su legado como futbolista, pero sobre todo como persona. Querido en Gijón, Zaragoza, Valencia, Barcelona, Madrid, Melbourne, Nueva York y hasta en Kobe. Es querido por todo aquel que lo haya visto marcar goles. Su naturaleza de depredador del área, acompasada con una definición quirúrgica, han sido música futbolística durante toda su carrera.

El Guaje ha perforado las redes de los rivales sin hacer de la belleza en la definición un recurso estético y de cara a la galería, sino interpretando genialmente cuál era el recurso necesario para cada momento.

Podríamos detenernos a repasar su carrera e, innegablemente, se debería hacer hincapié en cada uno de los equipos en los que ha militado. Sin embargo, si el destino de la carrera futbolística del guaje ha estado ligado a algo, ha sido a la Selección Española. Sin desestimar lo más mínimo su calidad y buen hacer como futbolista, –lo cual supondría una grave herejía por mi parte– la repercusión del asturiano no hubiera llegado hasta donde conocemos sin esa etapa dorada con la casaca nacional. Sus goles marcaron el camino de una Euro 2008 de ensueño. Un torneo que lo consagró –si aún no lo estaba– como uno de los mejores futbolistas españoles del momento. Sus goles permitieron a un servidor, un adolescente de apenas 14 años, disfrutar con su grupo de amigos de un éxito que aún la generación de nuestros padres no habían vivido. Esos recuerdos adolescentes, de felicidad y júbilo por algo a lo que no debíamos acostumbrarnos, se los debo al 7.

Al igual que aún recuerdo esas dos líneas trazadas en una de las esquinas del estadio Green Point de Ciudad del Cabo. Pese a que hayan pasado ya nueve años y que esa marca en el pasto haya sido borrada, en mi mente, las rodillas del guaje siempre las volverán a trazar celebrando uno de los goles más gritados que me recuerdo. Posiblemente esa alteración se debiera al hecho de tener que superar una ronda de octavos que, cuatro años antes, se me había quedado clavada en el mal recuerdo ante Francia. Donde, casualmente, también anotó el de Tuilla. Los goles de David Villa van atados a mi etapa más feliz como seguidor de un equipo, como aquella selección. Aún recuerdo al narrador de, por aquel entonces, Canal +, Carlos Martínez, espetando la siguiente frase: “¡Tiene que ser él! ¡Tiene que ser El Guaje! ¡Tiene que ser El Guaje!”. Quién si no iba a rescatar al combinado español de un partido enmarañado con uno de los mejores goles que le recuerdo (el 0-1 en el tercer partido de la fase de grupos del Mundial 2010 ante Chile en el estadio Loftus Versfeld de Pretoria).

Algo que demuestra sin duda el gran abanico de formas en las que David Villa podía hacer gol es la dificultad que existe para poder elegir uno como el mejor de su carrera. Ni tan siquiera es sencillo hacer un top-3. Con cada camiseta, El Guaje ha perforado las redes de los rivales sin hacer de la belleza en la definición un recurso estético y de cara a la galería, sino interpretando genialmente cuál era el recurso necesario para cada momento. Partiendo desde la banda izquierda y haciendo el primer gol de España en la Copa del Mundo de 2010. Un disparo colocado imposible para Van der Sar para ajusticiar y cerrar una final de Liga de Campeones. Un certero disparo desde el centro del campo haciendo gala de tener la portería siempre en la cabeza, sea cual fuere su ubicación sobre el campo. De tacón, en una insípida victoria en la Copa del Mundo 2014 y cerrando su ciclo goleador con la camiseta que lo convirtió en aquello que él mismo ayudó a colocar sobre el pecho de la misma: una estrella.

Su naturaleza de depredador del área, acompasada con una definición quirúrgica, han sido música futbolística durante toda su carrera.

No habría suficientes caracteres para narrar los sentimientos despertados con cada gol de El Guaje, uno de los mejores goleadores a nivel nacional y continental por capacidades y éxitos aglutinados. Muchas creencias exponen que alguien no se va nunca si su recuerdo se mantiene vivo. La inmortalidad está asegurada para David Villa. Sus goles serán recordados por estar bordados en letras de oro en la historia de los equipos en los que ha militado y por el variado elenco de ejemplos que pueden surgir en cualquier nostálgica conversación. Sus goles seguirán rompiendo partidos en el recuerdo y silencios incómodos en conversaciones de barra de bar.

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