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El Barça le borró la sonrisa a Conte

El Inter de Milán se jugaba la clasificación para los octavos de la Champions League, pero la gran mayoría de jugadores del FC Barcelona se jugaban algo más que un partido. Todos tenían un motivo extra para no perder. En realidad lo que al principio pudo parecer un regalo de Valverde a Conte dejando a Messi y Ter Stegen en casa y a Suárez y a De Jong en el banquillo, terminó siendo un mensaje envenenado que acabó por matar a los locales. El Barça asaltó Milán con goles de dos canteranos y con una exhibición de Aleñá, quien hasta hace unos días parecía no existir para Valverde. De un plumazo Ernesto ha logrado contentar a toda la culerada incluso habiendo dejado a Riqui Puig en la grada. Valverde se maneja en estos escenarios como nadie, y los jugadores, que notaban sobre sus cabezas un halo justiciero, como si el partido fuera una gran prueba, no defraudaron y dejaron al Inter de Antonio Conte en un garabato peleón.

El Inter salió amenazante. Sabía lo que se jugaba y era consciente de la (muy buena) imagen que habían dejado en el Camp Nou. Lukaku y Lautaro Martínez imponían su fuerza y su compenetración, demostrando que ahora mismo hay pocas parejas de delanteros más trabajadas que esta. Valverde, habiendo tomado nota, salió «copiando» el sistema nerazzurro, con defensa de tres: Umtiti, Lenglet y Todibo. Tres franceses custodiando la portería de Ter Stegen, hoy suplida por un imperial Neto Murara. El Barça, como queriendo demostrarse a sí mismo que puede seguir siendo temible incluso sin sus temibles, activó la mejor versión de, quizás, los dos jugadores más cuestionados hasta la fecha, Y ambos por motivos distintos. Carles Aleñá es un jugador con un pulso distinto. Su instinto es el de un centrocampista, pero tiene tintes de mediapunta. Su fútbol es inteligente, preciso, imponente. Su activación antes de recibir la pelota marca diferencias. Los italianos llegaban siempre tarde. Y el otro que está aprendiendo a sonreír es Griezmann, que empieza a entenderse en este camerino. El francés jugó  de «9» con Carles Pérez haciendo los movimientos más agresivos. En su posición, hizo lo que mejor sabe. Moverse, tocar, aparecer. El Barça lo agradeció.

El Barça juega para odiarse cada día un poco menos. El dolor acumulado en estas últimas temporadas hacen que cada partido, sobre todo en Europa, sobre todo fuera de casa, sea visto como una oportunidad para redimirse, para volver a creer. Hoy, sin puntos ni resultado que les importara, hicieron un ejercicio de autoconvicción. Sin los pesos pesados, solo con el peso de su memoria y la voluntad de reivindicarse. Y lo hicieron. El Inter, que solo vio brillar a un Lautaro Martínez que está para lo que él quiera, puso energía, pero su fútbol, quizás errático ante el inevitable desenlace. Conte celebraba empates ajenos, como si confiara más en ellos que en sus jugadores. El Barça seguía impertérrito a resultados ajenos, jugando solo para él mismo, confiando en haber visitado ya suficientes veces el infierno.

Ansu Fati hizo estallarlo todo. Su irrupción es tan sorprendente que, paradójicamente, ya no sorprende. Su fútbol es muy maduro, incluso sus errores lo son. Es un niño que ha aprendido a ser adulto sin dejar de ser niño. Ansu recibió y tiró una pared con Suárez, como Leo en el Metropolitano, el disparo radiografiado en su cabeza. Le bastaron dos segundos para reventar el partido. Un Big Bang en forma de gol, en forma de silencio sepulcral y de celebración teñida de quien se siente superior. Su remate mordió con fuerza el poste antes de acuchillar a Conte, que no creía nada. Su Inter, que había dejado tiritando al Barça en el Camp Nou, caía por el soplido de un niño como si fuera un castillo de naipes. Ansu Fati terminó siendo la trampa.

Albert Blaya

Isabella Bonotto / AFP

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