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Siguen pintando casas

Tras tocar el cielo de Madrid, el Liverpool de Jürgen Klopp llegó, como equipo, a un límite que desconocía. Los reds ya no se esconden de nada ni de nadie, son lo que aparentan. Sin embargo, Klopp ha conseguido dar un paso más para convertir a los de Anfield en un equipo mutante, pero sobre todo, maduro. 

“No somos ni el Barça ni el Madrid, pero estamos preparados para luchar por nuestro sueño”, así recibía el Red Bull Arena a los ingleses. Lejos de la comodidad que muestra la tabla de la Premier League, el Liverpool se presentaba en Austria ante el partido más importante de la temporada hasta la fecha. El campeón de Europa podía quedarse fuera del torneo. El Salzburgo esperaba con la ilusión y emoción de las primeras veces, con jóvenes idealistas desafiando el status quo. Y, pese a la eliminación final de los austriacos de la Champions League, este solo es un primer paso en la carrera de muchos de sus futbolistas.

La hiperactividad inicial del RB dificultó el plan del Liverpool.

No empezó cómodo el Liverpool. La aceleración inicial del Salzburgo era más propia de los británicos que de los de Jesse Marsch. Erving Braut Håland, Takumi Minamino y Hee Chan Hwang se revelaron ante las pasivas posesiones red. El Liverpool transitó por fuera, incapaz de conectar con Gini Wijnaldum y Naby Keïta, pero tampoco sin dar alas a Andrew Robertson y Trent Alexander-Arnold. Avisó rápido el Salzburgo, con un Minamino indetectable como punta del rombo del centro del campo, un Håland que la esperaba al pie y un Hee Chan que explotaba los espacios. Solo la jerarquía de Virgil Van Dijk, excelente en el posicionamiento, en el cómo y el cuándo meter la pierna, consiguió mantener el empate en el marcador durante prácticamente toda la primera mitad. 

Al Liverpool le crecían los enanos. El porcentaje de posesión no se tradujo ni en la capacidad de aletargar la hiperactividad austriaca ni en la necesidad de hacer girar el engranaje ofensivo. Un tira y afloja entre el tener -la clasificación- y el temer -la eliminación-, con Van Dijk y Sadio Mané como altavoces de lo primero. 

Klopp cambió el rol de Salah y Firmino y el Liverpool mejoró.

Sin embargo, el Liverpool en versión evolucionada emergió en el segundo tiempo. Klopp matizó el rol de dos de sus piezas clave y el equipo empezó a sentirse cómodo. Roberto Firmino comenzó a visitar el centro del campo para mutar en un constructor más y Mohamed Salah abandonó la banda para convertirse en un nueve puro, dejando la banda derecha huérfana. El brasileño fue el comodín en campo propio, evitando que fuese Jordan Henderson la pieza del tablero que tenía que desplazarse para facilitar la cadena de pases. Los ingleses no dudaron en entregar el esférico a los austriacos, que poco a poco se fueron apagando. Solo la insistencia de los delanteros y la imaginación de Hee Chan, con la percusión de Szoboszlai, incomodaron a Alisson Becker

Si Van Dijk sostuvo al equipo en la primera parte, Mané lo condujo hacia la victoria en la segunda. El ritmo competitivo del senegalés dinamitó todas las barreras, hasta que el Salzburgo, pese a las óptimas coberturas defensivas, no consiguió frenarle. Con espacios, Mané demostró ser uno de los mejores futbolistas del planeta. No solo por la amenaza física, también por la decisión de la carrera: la dirección y las pausas. Volvió a aparecer el Rock ‘n’ Roll. Naby Keïta materializó el regalo del senegalés y, segundos después, Salah cerró el partido. El egipcio, con un escenario favorable tras el cambio de forma del Liverpool, se sintió mejor y se acercó con asiduidad a la meta del Salzburgo.

Los goles, que mostraron las vulnerabilidades de Wöber -en el cuerpo a cuerpo- y Stankovic -en la salida-, apagaron la llama de un equipo que ha competido sin respeto alguno con Nápoles y Liverpool. Un conjunto que se explica a través de diferentes individualidades pero que tiene sentido como bloque. Y les lleve por donde les lleve el camino, sea juntos o por separado, Europa espera a más de uno.

En un momento de titubeo, el Liverpool escogió el escenario idóneo para recordarnos que es el vigente campeón de Europa y que llegar a una tercera final de Champions League de manera consecutiva no es, ni mucho menos, una utopía. Con actores secundarios de lujo -Henderson y Keïta- y dos líderes jerárquicos -Van Dijk y Mané- que simbolizan el crecimiento del Liverpool, la transformación en un equipo capaz de adaptarse a todos los escenarios. Para que se siga expandiendo el mito de que Klopp, como Frank Sheeran en El Irlandés, sigue pintando casas.

Jordi Cardero

Barbara Gindl / AFP

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