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El Clásico como espejo

Se hablaba en la previa de una cuestión que sigue viviendo en la evidencia: FC Barcelona y Real Madrid aún viven en la incertidumbre. Ambos van poco a poco definiéndose, cada uno a su propio ritmo, pero ninguno de los dos ha logrado alcanzar todavía su punto álgido. Valverde y Zidane, como si de dos matemáticos se tratase, siguen calculando derivadas para poder encontrar ese punto máximo en su función, esas variables que, de cara a los meses clave de la temporada, permitan a sus equipos llegar en plenitud táctica. Sin embargo, el tiempo no espera, y El Clásico, ya aplazado, suponía una prueba de fuego para ambos en la lucha por La Liga.

Sin embargo, dentro de esta incertidumbre en ambas escuadras, había algo que sí teníamos claro: la forma en que cada uno ejecutase la presión sería un factor desequilibrante en el encuentro. Algo que no tardó demasiado en evidenciarse. Zidane, versionando lo que hizo en Mestalla, planteó una presión alta ejecutada a través de marcajes individuales que dificultaban la salida de balón culé. Sin embargo, añadió un matiz importante; esta vez la línea defensiva estaba muy alejada de los centrocampistas, cediendo una cantidad de metros inusual que parecía marcar una debilidad de los blancos, pero visto cómo se desarrolló la disputa en ese espacio, prácticamente parecía una trampa. Y el Barça cayó en ella varias veces. Ter Stegen creía encontrar oxígeno con un pase interior, completamente vertical y buscando la medular, que permitía romper dos líneas blancas en un solo envío, sin embargo el técnico galo parecía confiado en que cada disputa Varane – Luis Suárez caería de su lado. Y así fue.

Y si el Barcelona no conseguía encontrar certezas en su parte de campo con balón, tampoco parecía tenerlas en la mitad contraria sin él. El cuadro culé perdía con una velocidad inusitada el balón, y además en zonas donde ejecutar la presión no resultaba sencillo. El equipo estaba lejos de poder saltar al poseedor de balón, y con el añadido de la ausencia de Busquets, estas dificultades se acrecentaban. Solo desde los movimientos en horizontal de Sergi Roberto en la medular, generando espacios y desajustes en las marcas, permitieron al Barça ir ganando recorrido con balón, aunque nunca fuera suficiente. Y es que el papel de Frenkie De Jong, tan alejado de aquel que deslumbró en Ámsterdam, condicionó cada posesión culé.

El Real Madrid, al menos la primera hora de partido y, especialmente la primera parte, parecía tenerlo todo más claro con balón. Los de Zidane, desde su vuelta al 1-4-4-2, no solo han automatizado su presión, sino que han ganado poso en la circulación, es un equipo más fundamentado. Siendo capaz de asentarse en campo contrario da la sensación que con cada posesión tiene la capacidad para generarse ocasiones de peligro. Aunque esto, sin Hazard, no se está encontrando efectividad. Al Real Madrid, como le ocurriera en el citado encuentro de Mestalla, le falta una marcha más cuando llega al área rival, le falta ese perfil que sea capaz de desequilibrar, de girar al rival. Y eso, al final, es lo que termina definiendo su poderío en área contraria. Bale, titular en el Camp Nou, tampoco llegó a darlo, y el Madrid se terminaba ahogando en la orilla. Solo las llegadas de Valverde o los intentos de Kroos en la frontal representaban el remate que le faltó a los blancos en el área de penalti.

Lo malo de analizar un partido del Barcelona es que siempre hay un factor ajeno a todo. Leo Messi vivía en una dimensión paralela. Alejado de lo que le faltaba a su equipo, el argentino daba muestra de jugar a un par de marchas más sobre el resto, de azulgrana o de blanco. Con él sobre el césped todo es posible, pero esta vez no fue suficiente ante un Real Madrid serio atrás. Varane y Mendy fueron dos figuras clave a la hora de correr hacia propia portería, así como Casemiro y Valverde cuando el Madrid defendía hacia delante, que fue la tónica habitual del partido. Un desempeño defensivo que en el Barcelona se vio reflejado en la figura de un Gerard Piqué que volvió a estar excelso en la defensa del área propia.

Un Clásico que en la segunda mitad, especialmente superada la hora de partido, fue abandonando el aspecto táctico fruto del evidente desgaste físico. Ernesto Valverde fue el primero en leerlo en el partido, dando entrada a un Arturo Vidal experto en esas lides. Sin embargo, desde ese nuevo ritmo de encuentro, desde las imprecisiones de ambos, la balanza podía decantarse hacia cualquier lado.. o hacia ninguno. Algo que, visto el nivel de capacidad cara a puerta de ambos, lógicamente acabó ocurriendo. Un empate que deja a los dos como estaban, en pleno camino por encontrarse, pero con ciertas evidencias que ambos trataron de exprimir sobre el césped del Camp Nou. Un Clásico competido al que le faltó el premio de los goles, pero que supone un buen reflejo de lo que son Barcelona y Real Madrid a día de hoy.

Dani Souto

Javier Soriano / AFP

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