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Fútbol hasta la línea de gol

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Fútbol del no saber

– No sé

Así respondía Antoine Griezmann al término del partido preguntado por lo sucedido en Yeda. Una respuesta que, pensándolo en frío, es la misma que la que podría dar tres meses después. Roma, Liverpool, Yeda. Todos tienen el mismo hilo conductor para la hinchada y el futbolista culé; el nosécionismo, un no comprender que lo ensucia todo. Invocando al bueno de José Mourinho, ¿por qué? El Barça, que jugó su mejor partido en muchos meses ante un rival de entidad, terminó como siempre. Hundido en el lodazal de su miedos, de sus males, de sus fobias. Un equipo que le teme tanto al error como a su pasado más reciente, dos cicatrices que ni Messi puede sanar.

El país que troceó a Jamal Khasoggi mientras seguía vivo y sus verdugos escuchaban un poco de musiquilla clásica para relajarse es el que alberga la Supercopa de España más raruna de la historia. Pionera. Y tanto sí lo es. Quizás la mentira más reproducida y mantenida por las élites de todo el mundo es la de que «el fútbol es de los aficionados», una canción que huele a naftalina, a dinero, mucho dinero. Una mentira más gorda que la de «el gobierno del pueblo». El fútbol es más tramposo que la política. Solo así se entiende que vendan un producto por y para las élites como el regalo de Navidad para los pobres.

-No sé

Ya no es Griezmann quien responde, soy yo, que en mi romanticismo acervado miro el fútbol desde un halo distanciador.

El Atlético de Madrid necesitó un poco de Atlético de Madrid para ganar. Dos contragolpes y muchos, muchísimos minutos encerrados, sin plan, sin hoja de ruta. El Cholo, en la banda, se desgañitaba, corría, pateaba, gritaba, braceaba, sufría. Porque el Atlético de Madrid de Diego Pablo Simeone no es nada más que la sombra alargada de su técnico proyectada sobre el césped. Compiten incluso cuando parece que no lo hagan. Y en el «parece» está la clave de todo; solo lo parece. El Atlético no muere nunca, solo lo hace ver.

El partido, con aficionados masculinos aplaudiendo al Barça y silbando al Atleti, fue una película con final de marca Quentin Tarantino. Todo se aceleró tras el 2-1. Goles, revisiones, polémica, ocasiones, desorden, goles, cielo, infierno. Es increíble la capacidad que tiene el fútbol para abofetearte. Pero al final, es sencillo. El miedo pueril del FC Barcelona cuando se acerca el momento cumbre, cuando los fantasmas son reales, de carne y hueso, y la pesadilla ya no es un sueño, todo se escapa. El Atlético, que jugó a hacerse el muerto en el medio del océano, despertó con el cuchillo jamonero entre los dientes, justo a tiempo, siempre a tiempo, y, a lo Kill Bill, perpetró una escabechina que nadie vino ver. Ernesto Valverde quedó congelado por los aspavientos de Simeone, que parecía en trance, quizás lo estaba, mientras él se preguntaba por qué, por qué otra vez, por qué si habían jugado el partido más completo en meses.

– No sé, se dijo él mismo.

Albert Blaya

Francois Nel / Getty Images

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