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Valverde: crónica de una destitución anunciada

Se acabó la película. Es el final. Y llega después de meses, semanas, días y largas horas esperando si se cumplía lo que parecía ya un hecho: Ernesto Valverde se va del FC Barcelona. Su etapa en el Barcelona no se puede describir como un fracaso o un error. De hecho, a nivel de números, nada tiene que envidiar a algunos de los mejores técnicos que han pasado por el banquillo local del Camp Nou, pero la sensibilidad estilística de una afición herida en Roma y en Liverpool exigía ciertas retribuciones que el Txingurri no parecía poder cumplir.

La salida de Valverde va unida sin remedio a la llegada de Quique Setién. Ese movimiento habla de lo que ha sucedido mejor que el mejor de los cronistas. Abandonar la idea de defensa de un estilo nunca le salió tan caro a nadie como a Ernesto. Si bien la gota que ha colmado el vaso ha sido la eliminación de la Supercopa de España en Arabia Saudí, la guerra al entrenador había sido declarada hace ya mucho tiempo. De hecho, tras uno de los mejores partidos de los últimos meses, llega la destitución de un Valverde que llevaba semanas cariacontecido, como esperando el momento de que la decisión, ya tomada, se hiciera pública.

No obstante, no estamos ante un tapiz completamente oscuro. Valverde consiguió sobrevivir a la temporada de la salida de Neymar con una idea clara y con un fútbol efectivo que consiguió merecer los títulos a nivel nacional que ha ido cosechando desde su llegada. En ese escenario concreto no habría muchos entrenadores que supieran lidiar con temple, ideas, determinación y sosiego con la situación. Una efectividad que dio resultados rápidos a un equipo que parecía sumido en el desánimo.

Valverde llevaba tiempo condenado, pero nadie le decía nada.

El equipo creaba, ganaba, campeonaba… pero no convencía. No conseguía dar un paso definitivo que lograra convencer de la viabilidad de un proyecto y unas ideas que, junto a los coletazos de la era Messi, parecían dispuestos a ser una oportunidad de oro para asaltar, una vez más, los ansiados títulos internacionales. El peso de esas derrotas, por encima incluso del desierto anímico que provocaron, reforzaban la idea de que el equipo no tenía una marcha más. Era el mismo plato, sin acompañamiento, sin postre incluso. Y más en esos años, en los que quien acababa levantando las copas a nivel continental era el eterno rival.

Y ante esa imagen, la efectividad no tenía nada que hacer. Ernesto Valverde llevaba tiempo condenado, pero nadie le decía nada. El Barcelona esperaba el momento justo, confiaba en sus jugadores, en la rutina diaria de ver cómo la genialidad de Messi tapaba carencias y dudas, hasta que no fue capaz de tapar la más grande de todas: del lado de Ernesto Valverde, apenas quedaba nadie. La confianza desapareció, las dudas crecieron, se destaparon las negociaciones, los truenos con la directiva, las incomodidades de la plantilla, la poca confianza en la cantera, las dudas en el sistema, la incapacidad para cerrar un partido…

El Txingurri se va del Barcelona con un cartel de culpable que, quizá, no cuenta toda la verdad. Valverde se va con 2 campeonatos de La Liga, 1 Supercopa de España y 1 Copa del Rey. Desde 2017, cuatro títulos nacionales, incluidas dos de dos ligas en juego. Su gestión de los partidos ganó puntos importantísimos y acercó al Barcelona a sus objetivos. Su capacidad para manejar un vestuario complejo sorprendió a propios y extraños. Su error, quizá, fue no querer cometer errores, no arriesgar demasiado, no querer perder más de lo necesario… Su error fue, en definitiva, conformarse con lo que había y no poner en funcionamiento lo que podía llegar a haber.

Miguel Ruiz Ruiz

Denis Doyle / Getty Images Sport

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