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La pitón y el erizo

La Champions League volvía al Metropolitano y lo hacía a lo grande. Ni más ni menos que el todopoderoso Liverpool de Jürgen Kloop visitaba el feudo madrileño con el poso carismático de un profesor a un alumno. El conjunto inglés es todo lo que pretende ser el español con balón, dinámico y estructural tras pérdida, pero no sin él. Simeone propuso una prueba de algodón que debilitó la fluidez explosiva del Liverpool en campo rival.  Ni la influencia de Firmino en el apoyo, ni el ataque al espacio endiablado de los interiores, ni la vocación ofensiva de los laterales estando y llegando surtieron efecto contra el Atlético más cholista, más acurrucado, más dominante que especulador. El equipo colchonero defendió en su área durante el mayor tramo de partido pero el nombre de Oblak apenas sonó en la retransmisión –ningún tiro a puerta visitante-.

El Atlético más cholista, más identificado con la defensa para atacar, vulneralizó el esquema ofensivo más determinante del continente.

La premisa rojiblanca parecía sencilla: ceder la posesión al vigente campeón de Europa y esperarle. El cómo ponía el foco en las tres vías de desarrollo del juego red. Primero la defensa a los laterales, acometida tanto por los volantes Lemar y Koke como por los laterales Lodi y Vrsaljko, que no solo impedían su esencia de carrileros sino que limitaban sus recepciones tanto en estático como en carrera en los desplazamientos diagonales típicos de Klopp. El 1-4-4-2 en el repliegue bajo neutralizaba, asimismo, los movimientos sin balón al espacio de los interiores y extremos y también la localización de Roberto Firmino, el corazón del juego red, aunque las pocas opciones dañinas de su equipo en territorio rival pasaron por sus pies. 

659 pases cortos y 33 centros. El Liverpool pareció en sus cifras asediar la meta de Jan Oblak, pero se topó con un Atlético muy bien situado que puso en aprietos las virtudes red cuando estos tenían la posesión de balón y cuando no. La presión tras pérdida y el dominio de la segunda jugada parecieron ahogar a un Atleti que, aun así, parecía desenvolverse como pez en el agua. El Liverpool mantenía el Atlético retrasado porque conseguía reinventarse constantemente desde las asociaciones lateral-interior o las apariciones de Firmino para reorientar el ataque inglés, aunque sin éxito. El Liverpool era una pitón que intentaba dejar sin oxígeno a su presa pero no encontraba cómo hacerlo ya que su rival se hacía fuerte desde la defensa, como un erizo con sus púas. Simeone, como quien defiende la zona en baloncesto, se hizo fuerte cerca de su aro, de su portería, donde reside su mayor virtud. Y ahí se erigió un Felipe inexpugnable en área propia que supuso un elemento diferencial dentro de la estructura defensiva por su capacidad aérea, su soltura por abajo y su sentido de la anticipación.

Felipe fue el protagonista de una estructura dedicada a debilitar los puntos fuertes rivales: los laterales, los interiores y Firmino.

La regularidad colchonera en la retaguardia topaba con la dificultad de avanzar líneas con balón. O mejor dicho, de superar la extenuante presión red, con Fabinho campando a sus anchas. Ahí, el actor referencial fue un incombustible Renan Lodi (47% de los ataques por el costado zurdo) que nunca vaciló en asomarse por el carril izquierdo, atacando la espalda de Alexander Arnold y deviniendo el elemento desequilibrante principal que permitía al Atlético sumar metros a la transición y llegar a la portería de Allison. La entrada de Origi quitó líquido al flujo de juego inglés, pero no redirigió las intenciones de un Liverpool que en el partido de vuelta partirá en desventaja en el marcador pero con el infierno terrenal de Anfield de su lado, la prueba definitiva para comprobar la agudeza de las púas colchoneras.   

Pau de Castro

Michael Regan / Getty Images

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