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Fútbol en torno al balón

Sevilla celebrando un gol en el Coliseum
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Haciendo añicos el Coliseum

Hay cuestiones en la vida que marcan su propia pauta, que requieren un tiempo propio. No se puede pretender acabar una maratón si al correr 400 metros lisos llegas con la lengua fuera. En el fútbol no hay una medida universal, un ritmo al que todos vayan y se adapten por igual. Cada uno vive la vorágine del balompié a su forma, siendo esta engullida permanentemente por el rápido fluir de la cotidianeidad en que se ha convertido. Unas dinámicas, traducidas en paciencia, que si fueran la caja de cambios de un monoplaza, constantemente se mueven en quinta velocidad, pero que si ponemos nuestras miras en Sevilla, esta sube una o dos marchas más.

Centrados en el barrio de Nervión, aunque la cuestión de la impaciencia la dominen también con maestría en la zona de la Palmera, los de Julen Lopetegui parecían navegar en mares de dudas que quizás no eran del todo así. Bien es cierto que el cuadro hispalense viene arrastrando problemas de cara a gol desde inicio de campaña, pero en las últimas semanas los resultados no venían siendo tan positivos como en los meses de septiembre y octubre. El Sevilla parecía alejado de las dinámicas de los equipos Champions, y aún era pronto para medir si las decisiones tomadas en el mercado de enero tendrían el impacto deseado.

Sin embargo, los indicadores estadísticos no parecían reflejar síntoma alguno de agotamiento. El Sevilla seguía generando, seguía llegando y seguía siendo tan fiable atrás, en cuanto a números se refiere, como al inicio de la temporada. La fórmula de Lopetegui no había variado, pero en enero ganó opciones y jugadas. Los rivales ya sabían cómo les podía atacar este Sevilla y en consecuencia qué podían hacer para tratar de minimizarle. El impacto de la banda diestra de Ocampos y Navas se redujo, así como la incidencia de Banega en el juego o de Jordán y sus llegadas como indetectable. El Sevilla parecía desarmado estas últimas semanas, falto de fe en lo que venía haciendo para superar a sus adversarios.

Los números no representaban lo que en sensaciones y resultados nos trasmitía el Sevilla sobre el campo.

Y quizás eso es lo que necesitaban; un acto de confianza, un soplo de aire fresco. Lo segundo lo consiguió desde la movilidad de En-Nesyri y la jugada maestra de Suso partiendo desde derecha y buscando el balcón del área para finalizar, pero lo primero quizás no haya llegado hasta su última vital conquista: el Coliseum Alfonso Pérez. En la jornada dominical de La Liga pudimos presenciar al Getafe menos Getafe de la temporada. Se le pueden achacar múltiples factores como el cansancio del gran duelo ante el Ajax (el Sevilla venía de jugar en Rumanía ante el Cluj) o la falta de variantes en el plan y nombres de los de Bordalás, pero eso sería restar méritos a un Sevilla que fue el claro detonante de que esto fuera así.

Lopetegui, que ya ha demostrado ser un técnico muy intervencionista, de los que gusta cambiar el signo de los partidos en el transcurso de los mismos, esta vez volvió a dejar su sello pero desde el inicio. El Sevilla se adaptó, sabiendo como saben todos –y como no hizo el Ajax– a qué juega este Getafe y más aún en su propio feudo. Julen llevó el partido al terreno del conjunto madrileño, algo que lejos de favorecer a los azulones los equiparó, los equilibró. Y en ese equilibrio el Sevilla supo sacar tajada: frenó el ritmo de partido, creció en las segundas jugadas y desde la amplitud con balón y la presión sin este dejó sin respuesta a un Getafe derrotado en sus propias líneas maestras.

Un Sevilla ‘getafeizado’ supo ganar la partida a Bordalás en su juego y en su territorio: el Coliseum.

El Sevilla confirmó en el sur de Madrid que la dinámica reciente no era tan mala como pareciera. Que, sea con un plan u otro, el conjunto hispalense sigue siendo uno de los que mejor compite en La Liga, y decir eso justo tras pasar por el Coliseum tiene un mérito indescriptible. A su vez, Lopetegui volvió a demostrar que la adaptación a un contexto diferente, más que ser muestra de debilidad, fue la fortaleza necesaria para sobreponerse a un rival de envergadura. El Sevilla gana razones para no creer en malas dinámicas y así poder pelear, desde su fútbol y con confianza, por los objetivos más ambiciosos para La Liga y la Europa League. Porque hacer añicos el Coliseum no lo había logrado nadie con tal superioridad.

Dani Souto

Javier Soriano / AFP

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