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Estambul puede esperar

Toda una vida siguiendo el mismo camino. Dogmas y paradigmas, pilares incuestionables, irrefutables. Y en el Santiago Bernabéu, la casa del rival que, aun desde el exilio, le sigue llamando a la puerta. Lo fastidioso es morir sin ser uno mismo, morir habiendo perdido la identidad, la esencia. Pep Guardiola parecía dispuesto a ello cuando no le atemorizó deshacerse del balón para controlar al Real Madrid y que la Copa de Europa no se la volviese a jugar. Pero el ritmo de Kevin De Bruyne bastó para tomar la noche de Madrid.

Parafraseando a Oasis, Guardiola no tuvo miedo de dejar su vida en manos de un grupo de rock and roll, el Real Madrid de la triple corona continental. El planteamiento del catalán parecía un disparo a la memoria, a su forma de ser, pero terminó por ser el motivo de la victoria. El Manchester City se presentó con una forma novedosa: Gabriel Jesus y Riyad Mahrez preguntaban desde fuera, mientras que De Bruyne y Bernardo Silva respondían desde dentro, donde Casemiro solo escuchaba su eco.

Los primeros minutos estuvieron marcados por los desplazamientos de Ederson.

Los caprichos del destino han impedido no solo que Eden Hazard no haya tenido continuidad, sino que ha propiciado que se pierda la semana más importante de este curso. Entró Vinícius, también lo hizo Luka Modric en lugar de Toni Kroos. Guardiola, conocedor de sus flaquezas defensivas pero sin dejar nada al azar, partió con un Ederson jugando en largo. El brasileño trataba de desdibujar la unión de las líneas blancas, a veces de forma precipitada. Los ingleses, cuando avanzaban, lo hacían en bloque, impidiendo que las transiciones, punto fuerte de unos y temor de los otros, les condenasen en una eliminatoria a doble partido. El adiós tempranero de Laporte condiciono las bases mancunianas.

El peso de los segundos 90 minutos marcó la primera mitad. El temor por morir prematuramente se reflejó en la concesión mutua del gobierno del encuentro. Nadie quería salirse de las líneas marcadas por Zinedine Zidane y Pep Guardiola. Si hubo alguien que podía, y lo hizo, ese fue Kevin De Bruyne. Así las cosas, la primera brecha -que nunca llegó a cerrarse- la abrió Gabriel Jesus. El delantero dejó en el banco a Sergio Agüero, aunque partió como un extremo natural, y destrozó la espalda de Dani Carvajal. Ni el enorme rendimiento de Raphaël Varane pudo contener la vía de escape blanca. Tampoco lo consiguió Fede Valverde, que terminó cambiando de costado para ayudar al lateral.

El duelo Gabriel Jesus-Carvajal fue una de las claves del partido.

Bernardo Silva y De Bruyne desaparecían como referencias de los centrales blancos, solo Rodri y Gündogan, llenos de certezas, hacían de sostén, prevenían ante la posible herida al contraataque. Intérpretes del mensaje, altavoces del silencio y promotores de la calma. Solo un par de acciones profanaron la ambigüedad: un remate de cabeza de Benzema que rechazó Ederson y al que no llegó Vinícius, al que todo le cambiará cuando la suerte decida jugar de su lado, y un remate del mismo Gabriel Jesus que Fede Valvede despejó en el abismo del gol.

Sin nadie dispuesto a reescribir el guion durante el descanso, el Manchester City partió con más certezas y Courtois le sacó una mano a Mahrez. Son los pequeños detalles los que terminan por definir encuentros como el del Bernabéu. El mayor de los temores de Guardiola tomó cuerpo en forma de pérdida de balón y Vinícius, que esta vez decidió bien, asistió a Isco para el 1-0. El Real Madrid ganó energía tras el gol y volvió a recordar al gigante europeo, el que se consagró de forma irracional. Con una metodología tan ilógica que terminamos por definir como escudo.

De Bruyne realizó una actuación histórica.

Las pocas verdades que se mantenían en un Bernabéu que echaba de menos a Kroos terminaron por caer. De Bruyne necesitaba una actuación en un escenario de tal magnitud para que Europa le creyese y le viese como lo que es: el mejor centrocampista del mundo. Todos habíamos oído que, como El Irlandés, pintaba estadios, pero desconocíamos el cómo. Guardiola repitió el plan que en 2009 llevó a Leo Messi a los cielos en tierras blancas. Un De Bruyne con alma libre flotaba sobre Madrid. Caía cerca de Gabriel Jesus para agudizar el dolor de Carvajal, conducía, con poder y convicción haciendo temblar el estadio.

El belga fue el maestro. Conocía el guion, lo reescribía a su antojo con el paso de los minutos. Caprichos, fetiches. Un centro a Gabriel Jesus para el empate y la misma seguridad con la que toma decisiones para marcar el segundo tanto, de penalti. Y con la sangre fría de un ser impasible, del asesino que hace de la muerte una rutina y no deja sorprenderse a sí mismo. Raheem Sterling entró para hundir a Carvajal. Dejaron de sonar los Gallagher y en el Bernabéu pasó a oírse la melodía habitual cityzen: los toques de balón.

El Madrid se entregó a la historia, pero no creyó en su traición. Sergio Ramos, que pudo haber sido adalid de la victoria blanca, cerró con el peor de los finales para los de Zidane. Guardiola volvió a tomar el Bernabéu, haciendo de este el mejor lugar en el que tocar, porque Estambul puede esperar.

Jordi Cardero

David Ramos / Getty Images

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