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Fútbol en torno al balón

Protestas de la afición del Bayern contra Dietmar Hopp
Reportajes

¿Qué debe salvar la Bundesliga?

El último encuentro de la Bundesliga entre Hoffenheim y Bayern München no quedará en el recuerdo por lo futbolístico. Ni siquiera por los seis tantos conseguidos por los bávaros, que volvieron a mostrar su calidad y su contundencia en esta versión que propone Flick. Tampoco por el partidazo de Serge Gnabry, uno de los jugadores más destacados del encuentro y que aspira con creces a ser parte fundamental de la Alemania de Löw en la Eurocopa de 2020. Ni por la facilidad de Thiago para convencernos de su calidad para jugar y hacer jugar a su equipo. No. Se recordará por los insultos a Dietmar Hopp. Y es una pena.

No nos engañemos. Nos quedamos con los insultos a Hopp y la metodología del odio, tan manida y errónea, pero que solo retrata una parte del sistema. Y no se puede defender. Porque es absurdo, contraproducente y consigue precisamente lo que estamos viendo. No solo porque nos perdemos lo básico de este deporte, que es el juego, sino porque se está utilizando esa situación para alejar los focos de lo fundamental: el debate general que existe en Alemania con respecto a la propiedad de los clubes. Y no es algo nuevo.

Desviamos la atención del fútbol y paramos de jugar por los asquerosos insultos a un presidente que puede no seguir las normas, pero no por los que caen a jugadores cuyo único «pecado» es haber nacido en otro lugar, hablar otro idioma o tener otro color de piel…

Afloran, sobre todo ahora casos como el del Hoffenheim, foco de la ira actualmente por los sucesos en contra de su presidente y de las maniobras que le permitieron, con el consentimiento de la Federación Alemana de Fútbol, que se saltara la famosa norma del 50+1. Desde hace tiempo, numerosos aficionados en Alemania protestan por la ingeniería económica que empresas como Red Bull han realizado en la Bundesliga. En algunos casos, con el éxito evidente de sus reformas, que han conseguido alzar al RB Leipzig hasta la parte más alta de la clasificación en la actualidad, en una pugna inédita en el fútbol germano.

Desde ese foco de realidad, en el que cada vez parece haber más casos en los que la norma es traspasada, parece un error distraernos del descenso del peso de los socios en el fútbol alemán. Y es esa «guerra» la que puede interesar, despegándonos de la terrible metodología del odio utilizada en la grada. No se olvide la importancia de las aficiones y de su sentir general por lanzar de manera incorrecta un mensaje. No se olvide que el fútbol nace para compartir un balón entre veintidós y una ilusión entre cien mil.

Que el fútbol moderno, por coherencia, evolución y necesidad, dé una lección a ese fútbol antiguo en el que pueda seguir viviendo el racismo, el odio, el resentimiento, la crueldad, la avaricia y la insensatez.

De la misma manera que no olvidemos otras grandes razones para parar un partido y sentir vergüenza. Desviamos la atención del fútbol y paramos de jugar por los asquerosos insultos a un presidente que puede no seguir las normas, pero no por los que caen a jugadores cuyo único «pecado» es haber nacido en otro lugar, hablar otro idioma o tener otro color de piel. Racismo, homofobia, rivalidades geográficas, enfrentamientos políticos… ¿es esto lo que se debe salvar?

La Bundesliga, como todas las demás, deberá elegir bien qué quiere preservar en un momento en el que la ola parece volver a hacerse más grande. Qué quiere cuidar y alimentar. Pero, sobre todo, es fundamental que la visión de las vergüenzas de este deporte sean un grito global y no selectivo. Que la limpieza y el orden no caigan en saco roto. Que el fútbol moderno, por coherencia, evolución y necesidad, dé una lección a ese fútbol antiguo en el que pueda seguir viviendo el racismo, el odio, el resentimiento, la crueldad, la avaricia y la insensatez. A ese fútbol moderno no lo vamos a saber odiar.

Miguel Ruiz

Daniel Roland / AFP

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