Balón en Profundidad

Fútbol en torno al balón

Reportajes

Como lágrimas en la lluvia

Adoro Blade Runner. Es una película reveladora acerca de lo que deberíamos ser y de lo que nos hace ser lo que somos. Y es indispensable no solo por la portentosa actuación de Rutger Hauer como el androide, que también, sino por su forma de plantear un futuro desconocido. Cabe destacar que ese tiempo distópico que relata la cinta transcurre en 2019. Ridley Scott adaptó la novela de forma portentosa imaginando las páginas de Philip K. Dick para acercarnos su visión de lo que hoy ya es nuestro presente. Es curioso imaginarse el futuro, puesto que comprobar si lo imaginado es cierto solo es cuestión de tiempo, aunque sepamos que las conjeturas, en la mayoría de los casos, no serán resueltas. Con el fútbol sucede algo parecido.

Cada día que pasa, este deporte cambia un poco más. Que se lo digan a nuestros padres, a nuestros abuelos… a esos que vivieron y nos enseñaron a vivir la jornada a pie de transistor esperando el pitido del gol y al locutor desgañitarse. A veces unos goles tapaban otros, haciendo incomprensible el relato. Hoy no. Hoy los horarios para China nos permiten ver partidos sin fin desde la mañana a la noche, pero se ha perdido esa romántica espera del gol al otro lado del aparato. Ese seguir la jornada desde la grada, con el bocadillo en la mochila y el pinganillo poniéndote al día de lo que pasaba en otros campos por el descenso, por el liderato o por los puestos europeos.

Ay, Europa. Esa Europa que nos alegra y que nos defrauda. Esa Europa que hoy tiembla bajo nuestros pies en esa acalorada Guerra Fría entre UEFA y ECA. Esa ECA que, hace unos años, antes de nuestro Blade Runner balompédico, nos sonaría a conglomerado de empresas. Hoy, a algunos nos da pavor. Cantos de sirena para los más poderosos, que exigen su cortijo y un trozo más grande de pastel a costa de los más modestos, de las competiciones ligueras y de la gran perjudicada: la afición. Esos que llenan las gradas, esos que cantan el himno y apoyan sin tregua, esos que apagan la televisión y marchan al estadio. Los mismos que ponen sonido a los partidos cuando se va la voz del locutor, que se emocionan con los goles, con las derrotas y con las victorias. Aquellos que, al parecer intrascendentes para algunos, aman y sostienen a sus equipos desde que sus abuelos, sus padres o sus hermanos, en un pasado remoto, encendieran en ellos esa pasión, cediéndoles la herencia de su más fiel amor por los colores. Una pasión irrefrenable que se apaga y se enciende a ritmo de VAR (con ‘v’), cuando desde la grada, desde el bar (con ‘b’) o desde el sofá de casa se olvida que los goles hoy no se han de celebrar con tanta ligereza, ya que hay que esperar el pertinente informe pericial.

Ese mismo VAR que hoy da portadas con más asiduidad que las caducas decisiones de los colegiados se estrenó en el Mundial de Rusia 2018. Una competición para nada alejada de los cambios. Si en los años cincuenta las distancias hacían a selecciones punteras abandonar la idea de participar en el máximo torneo de selecciones del deporte rey, hoy se plantea incluso cambiar la reglamentación para que en vez de 32 equipos pasen a ser 48. Un torneo eterno, denso, frente a lo que realmente siempre fue: el zenit del fútbol mundial. Un torneo que cambia incluso las fechas después de que se haya confirmado que en Qatar habrá temperaturas incompatibles con la práctica del fútbol en los meses de verano. Un gesto que moverá de nuevo todo: ligas, campeonatos continentales, jugadores, descansos, aficiones…

¿Qué es el fútbol? ¿es una competición? ¿un conjunto de normas? ¿una institución? ¿o lo es un grupo de niñas y niños jugando con un balón en cualquier barrio? ¿O es que lo es todo, pero en diferente medida o importancia?

Como movida ha sido la Eurocopa con este Covid19. De un verano a otro, con facilidad, como se dicta, con mucha sensatez, el final de una liga o se busca la manera de acabarlo en menos meses. Un susto que nos ha puesto de nuevo en alerta con todo lo que está pasando. Que nos recuerda la máxima infalible que nos pone en contacto con la realidad: somos muy pequeños. Nuestra importancia es mínima. Y ya no digamos un deporte. La vida, la salud, la familia… todo se une para recordarnos que el fútbol es un deporte, que maneja números, que nos entretiene, pero que no nos da ni nos quita la vida, como sí hace un virus.

Y es ahí donde me vienen a la cabeza de nuevo Blade Runner, Harrison Ford y el gran Rutger Hauer… ¿qué es el fútbol? ¿es una competición? ¿un conjunto de normas? ¿una institución? ¿o lo es un grupo de niñas y niños jugando con un balón en cualquier barrio? ¿O es que lo es todo, pero en diferente medida o importancia? La respuesta es inquietante, más aún si echamos la vista atrás, al comparar y pensar de dónde venimos y, más aún, la opacidad que nos encontramos al pensar hacia dónde vamos.

El destino de este deporte es incierto, como incierto era en el S. XIX cuando se empezó a domar con los pies la bola en los cafés vieneses en los años veinte o en la transición esencial de los setenta. El fútbol hoy ya no es solo el producto de la idea de un grupo de personas que soñó en convertir un entretenimiento en un fenómeno global y lo logró. El fútbol maduró acompañado a una sociedad que, a veces sin querer, lo fue moldeando. Es un viaje, un cambio de planes constante, un joven mimado que está llegando a la adolescencia con un ejército de dudas, referentes cuestionables y conclusiones preocupantes, pero que no dejan de ser el reflejo de la actualidad, de esa sociedad nuestra, de sus filias y de sus fobias, de sus milagros y desastres.

Una vez oí a Manuel Jabois decir que no creía que en la vida hubiera algo que no se pueda trasladar o aprender desde la perspectiva del fútbol. Yo creo en esa idea, en ese vínculo imparable entre lo que somos y lo que será este deporte, están el desastre y la esperanza, conviviendo con profunda estabilidad. Esa virtud y esa desgracia de haberlo hecho a nuestra semejanza, de haberlo mimado y maltratado a partes iguales. De, con nuestros actos, poder ver en el fútbol vileza, ambición, odio e injusticia y, a la vez, amor, tradición, esfuerzo y recompensa. Hoy, como ayer, miraremos con nostalgia lo que fue sin saber muy bien lo que será, con la esperanza de que aún mañana podamos trasladar la emoción de quien mantiene la llama con vida, aunque ese lamento arrepentido por el fútbol que ya no es, que se ha ido, se pierda de manera inexorable… como lágrimas en la lluvia.

Miguel Ruiz

Vincenzo Pinto / AFP

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