Balón en Profundidad

Fútbol en torno al balón

Chimy Ávila, el guerrero de Osasuna.
Jugadores

Fuego y Gloria en el Chimy Ávila

Existe un componente animalesco en el Chimy Ávila que lo hace especialmente interesante. Todo en el Chimy parece nacer de una profunda rabia, de un pasado agrietado y tosco en el que se empezó a forjar su fútbol como un reducto de una vida pasada. Explicó en el AS que «yo en mi barrio siempre jugaba sin camiseta y con short. Estaba acostumbrado a remangarme en el barrio y cuando salgo al campo lo sigo haciendo. Me siento libre así, me siento yo cuando era chico. Me ayuda a jugar feliz.» Hoy, Ávila ha hecho de las afrentas y el barro pasados un escudo que le protege y que a su vez le sirve también como elemento de ataque. Enfrentarte al Chimy es enfrentarte a algo parecido a un toro enfurecido que persigue la redención. Pero es que además ha encontrado en Pamplona un equipo que habla su lenguaje, no ha necesitado codificar Osasuna. La comunión, rota por una inoportuna lesión de rodilla, ha sido perfecta.

Tras una breve, pero necesaria, presentación del aura del Chimy, que es tan parte de su fútbol como el gol, toca poner el foco en cómo juega y por qué ha sido uno de los nombres propios de esta Liga. El rosarino es delantero por vocación. Cada movimiento, gesto y prácticamente aliento están orientados al gol. En El Sadar ha encontrado un ecosistema perfecto para crecer y pulir unas virtudes que la pasada temporada asombraron en la SD Huesca. Ezequiel, el Chimy Ávila, ha crecido de la mano de Arrasate y su sistema hiper directo y agresivo en el que el argentino actuaba como polea y ariete a la misma vez. En un sistema como el de los navarros, con doble punta y cuatro jugadores en las bandas (volantes y laterales), el Chimy es el encargado de condicionar todos los ataques de su equipo con movimientos larguísimos que obligan a la defensa rival a tomar parte. Su agresividad y lectura lo hacen una dolor de muelas a la hora de decidir si salir con él o quedarse guardando la ropa. Y, normalmente, el Chimy gana. Es un pillo forjado en las calles rosarinas.

Ávila tiene dos virtudes que lo hacen realmente diferencial: su agresividad, entendida en todas sus formas y texturas (tirando desmarques, yendo al apoyo, en cada duelo individual) y una capacidad asombrosa para incidir en el último tercio, casi por abrasión. Lo hace por cantidad antes que por calidad, pues ahí el argentino es un futbolista impreciso tanto en el control como en el pase, pero la repetición de esfuerzos y rutas le abren camino ante los numerosos obstáculos. Para explicar y contextualizar su fútbol, vamos con algunos datos:

  • 31.2 toques por partido
  • 6.4 pases en campo rival (49% acierto)
  • 0.8 regates por partido
  • 6.6 duelos vencidos por partido
  • 2.2 faltas recibidas por partido

Estas estadísticas dibujan unas cuantas pinceladas sobre qué es el Chimy y qué puede llegar a ser. Con apenas un metro setenta, el argentino es un auténtico quebradero de cabeza para cualquier defensa en las disputas individuales, ya sea a ras de césped o en las nubes. Ávila hace gala de un físico impactante; corpulento al estilo Agüero, piernas fortísimas preparadas genéticamente para el enfrentamiento y un bajo centro de gravedad para ello, incansable en sus esfuerzos largos, potente en distancias cortas y  un salto impresionante. Así pues obliga a los defensas a un nivel de concentración prácticamente imposible de seguir y a jugar a algo a lo que pocos pueden. El Chimy no juega a fútbol, sufre el fútbol. Al acabar los partidos termina exhausto y una pequeña parte del argentino se queda para siempre en el césped aún caliente por los envites enfurecidos de sus tacos. Pocos defensores están capacitados para aguantar 90 minutos de emboscadas al estilo vietnamita, de trinchera y fuego a troche y moche. El Chimy replica lo que hace unos años hacía Diego Costa.

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El impacto del Chimy tiene influencia directa en el marcador. Hasta el mes de enero acumulaba 9 goles y 2 asistencias en 18 partidos de Liga. Centrándonos en su faceta rematadora, el Chimy ahí es un futbolista mucho más preciso y poderoso que en sus toques lejos del área. Da la sensación que a medida que se acerca al arco rival crece una fuerza extraña en él que lo hace mucho más dañino para el rival. Con 2.7 disparos por partido, es uno de los futbolistas de La Liga que más suerte prueba en los partidos. Tiene una sensibilidad realmente especial para el golpeo con ambas piernas. Disparos durísimos que obligan al portero a la parada del día. No se sabe si es diestro o zurdo porque el argentino dispara desde el estómago, descargando toneladas de rabia en cada zapatazo. Solo sabe marcar golazos, es de esa clase de futbolistas que convierten cada acción en algo destacable porque aúna determinación y esoterismo. El Chimy es un futbolista impresionante.

Raro es que con estas cifras -11 goles producidos- no llame la atención de un equipo de Champions League. No son ya los números, sino el terreno de juego que abarca con sus movimientos y la influencia que tiene en los tres carriles del ataque. Sin ser preciso en el pase ni alguien que pueda servir de nexo, sí es dominante generando ventajas desde el movimiento y el cuerpo a cuerpo. Con otro delantero más fino a su lado, sus carencias pesarían menos y sus virtudes explotarían más. Como ya se ha comentado, Osasuna es un equipo que casa a la perfección con él. Con un 71.7% de acierto en el pase, se encuentran solo por delante de Leganés, Alavés y Eibar. El pase, en Pamplona, no es un elemento importante, pues con un delantero como el Chimy, que gana más de 3 duelos aéreos por partido, el juego directo sale mucho más rentable.

El Chimy es de esa clase de personas que se hacen notar cuando llegan a un sitio, que imponen su forma de hacer. Carismático, de una personalidad adictiva y que, como dijo Pep Guardiola de Arturo Vidal, te irías con él a la guerra. El Chimy está para dar el siguiente paso.

Albert Blaya

David Ramos / Getty Images

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