Balón en Profundidad

Fútbol en torno al balón

La volea de Zinedine Zidane
Reportajes

Una volea de Zidane

Cuando era pequeño mi padre trabajaba en un parking. Cada mediodía, mi abuelo venía a buscarme a la salida del colegio y pasábamos a saludarle. Era uno de los mejores momentos del día. Porque en esos instantes el tiempo se paraliza. Desaparecen las prisas de la rutina, los esclavos del tiempo escapan de la cueva. Me pasaba las clases mirando el reloj. Contaba cuántos minutos quedaban para salir al patio o ir a ver a mi padre. Contemplaba los segundos pasar. Uno a uno. Mientras imaginaba un gol imposible, un regate a algún compañero.

Mi padre sacaba un balón grisáceo, sucio y ligeramente deshinchado que tenía escondido en una caseta cuando llegábamos. Durante diez minutos, los tres olvidábamos todo lo que había a nuestro alrededor, a excepción de algunos disparos desviados que preocupaban a mi padre. Dos columnas se convertían en la portería, mi abuelo asistía y yo finalizaba. Intuía cuando mi padre se dejaba marcar goles. Por eso, cuando no lo hacía, el sabor de victoria era aún mayor, sin el disfraz con el que trataba de engañar a ese niño de seis años. Siempre me quedé con las ganas de disparar al logo de un Mercedes -el coche más carismático de allí- que su poseedor aparcaba peligrosamente cerca de nuestra imaginaria portería. 

Una vez recibí un pase de mi abuelo y levanté el balón con la puntera. Un toque. Dos toques. Tres toques. El tiempo se volvió a congelar. Y entonces golpeé con el empeine y el balón pasó cerca de la columna. Gol. Mi padre no llegó y yo me sentí como Zinedine Zidane ante el Bayer Leverkusen, marcando de volea. Aunque en aquellos años lo que predominaba era la sonrisa de Ronaldinho. Y el niño celebró aquel gol, aunque solo lo habían visto dos personas, con el pulgar y el meñique levantados, soñando ser el brasileño entre coches, cemento y polvo.

¿Por qué nos gusta el fútbol? Es violento y enajena. Une, pero también divide. Nos vuelve agresivos, enloquecemos, lloramos. Intentamos explicar lo inexplicable; el fútbol escapa a lo racional. Nos reflejamos en el escudo y la camiseta de un equipo y, de esta manera, hacemos propios éxitos y fracasos. Dice Simon Critchley que “los hinchas son gente inteligente dispuesta a ser estúpida a fin de ver a su equipo y disfrutar del partido”. Una forma de canalizar emociones.

¿Evolución o cambio? La mercantilización del fútbol nos confunde. Como en la política, los aficionados tienden a posicionarse -y eso que no había que mezclar ambos campos-. Al fin y al cabo, futbolistas, presidentes y propietarios también roban. De resultadistas a extremistas con la forma de jugar al fútbol. Que hayan partidos todos los días va acorde con la dicotomía de la sociedad actual, con una sobreinformación que lleva al desinterés y una impaciencia que impregna las ciudades. Los partidos son menos especiales. Los lunes hay Liga, los martes y miércoles Copa de Europa, los jueves Europa League y de viernes a domingo, otra vez Liga. Y para remover la industria del espectáculo, además de los horarios, una Superliga Europea se divisa en el horizonte. 

Claro que también han habido cambios positivos. En el Mundial todos vimos con buenos ojos la introducción del VAR como una herramienta democratizadora, más justa. Sin embargo, el hooliganismo imperante y su altavoz en los medios de comunicación distorsionó el mensaje. Los mismos que no saben cuándo debe actuar y cuándo no. Terminamos con la sensación de sentirnos Jim Carrey en El Show de Truman, en la lucha por descubrir la realidad cuando algunos se sienten conocedores de la verdad absoluta. Quizás somos nosotros quienes estamos equivocados. 

A veces parece que ni siquiera a los futbolistas les gusta el fútbol. Los One Club Man son vistos como seres mitológicos. Y luego están jugadores que son patrimonio mundial, más propio de antaño que del radicalismo de hoy. Los que nos unen. Puede que sea porque recordamos el pasado mejor de lo que realmente fue. Pero déjame que dude, recordando una segada de Paolo Maldini, un tiro al palo largo de Thierry Henry en Highbury, una conducción de Ronaldo, un gol de falta de Andrea Pirlo, una croqueta de Andrés Iniesta, un penalti parado por Gianluigi Buffon, un gol de cabeza de Carles Puyol, un disparo de Francesco Totti o un pase largo de Xabi Alonso. No hace falta ir muy lejos, ni tampoco menospreciar el presente.

El fútbol parece ir demasiado deprisa, también sobre el terreno de juego. Pedimos demasiadas cosas a los futbolistas, que sean universales, creamos perfiles sucedáneos. Aunque depende de la mirada de cada entrenador. Ahora los porteros deben tener la calidad suficiente para jugar como un mediocentro dentro del área, los laterales tienen que saber aparecer por dentro, los delanteros necesitan sobrevivir lejos de la portería… Aun así, la mayoría de los cambios no parten desde cero, se toman o evolucionan estructuras utilizadas hace décadas. Y, pese a todas las complejidades y metodologías innovadoras, habrá equipos que sigan triunfando con un 1-4-4-2, jugando con un delantero referencia y uno más escurridizo, extremos pegados a la línea de banda que bombardean el área con centros laterales, centrocampistas destructores y un portero que tiene el único fin de parar. Todos tienen cabida y ninguna idea vale más que otra. 

La vida consiste en capturar la fugacidad de los momentos más insignificantes. Una pachanga con los amigos, una cerveza antes del partido, el camino hacia el estadio, levantar la bufanda cuando suena el himno o abrazarte con un desconocido tras un gol importante. Dejarnos llevar. ¿Es solo fútbol? Es una forma de vivir la vida.

Jordi Cardero

Adrian Dennis / AFP

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