Balón en Profundidad

Fútbol en torno al balón

Una España campeona del mundo que marcó una generación
Reportajes

La flecha del fútbol

Contar el fútbol es una garantía de vivirlo dos veces. Una cuando se ve y otra cuando se cuenta. En ese sentido, poder hacerlo abre las puertas a quien quiere y puede aprender de él como un todo. Una amalgama de competición, deportistas, afición, contexto social, económico, cultural… El fútbol es un todo con muchos terrenos por explorar y con todo por aprender, en el que el resultado, la competición, solo es una más. Quizá una muy importante, pero una más.

Este deporte marca, deja huella. Y desde esa idea podemos tratar de hacerlo de nosotros mismos. Cuando somos niños, y todos lo hemos sido alguna vez, puede que nos sintamos más alejados o más próximos de lo que es este deporte a nivel global, pero lo que está claro es que no nos deja indiferentes. Si te pica, es fácil que lo haga para siempre y, de producirse esa picadura en una época o en otra, a buen seguro nuestra forma de verlo, de interpretarlo o de disfrutarlo, será diferente. Seguro que quienes lean esto y no sumen la treintena, nacieron a un fútbol más limpio (sin barro), más justo (sin VAR), más sano (sin barra).

A veces nos vestimos de objetividad para no reflejar que, en lo más profundo de nuestro ser, añoramos un tiempo, un fútbol o una época sin remedio...

Es cierto que cuando hablamos con diferentes generaciones de aficionados, es curioso comprender y entender su mirada desde la época en el que el fútbol dejó de ser un deporte para ser una pasión. Donde la picadura fue letal, precisa. A cuántos oí hablar del Barcelona de Guardiola como el summum de un deporte que tiene más de cien años. Y a cuántos que la Brasil del 70 es la belleza hecha juego. A cuántos hablar de Michels y su ‘Naranja Mecánica’ como la definición del fútbol perfecto, ese Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento o la belleza coral del todopoderoso Manchester United de Ferguson. Distintas épocas, distintas picaduras. Como distinta es la vista de quienes nacieron en una época en la que el reinado de las competiciones era Inglaterra, o lo era Italia o España.

Cuántos testimonios de gente no tan mayor que yo, que afirma tener nostalgia de esa Italia repleta de estrellas, de ese fútbol genial, táctico y físico de los años 80, en el que la belleza se encontraba de la misma forma en la inteligencia de Trapattoni, en la calidad de Baresi o en la magia de van Basten. O aquellos que vivieron en los 70 el terror que se tenía a que pudieras jugar contra cualquier conjunto del fútbol en Alemania. Ese Gladbach de Netzer y Vogts, ese Bayern de Beckenbauer y Müller. Y cuántos que hablan con relativa superioridad de esa época de firme vigencia de la fuerza, la competitividad y la espectacularidad del fútbol inglés. Las islas. Ese territorio nunca conquistado que ha entrado en casa de todos con su Premier League y con sus fuegos de artificio made in Inglaterra, con estrellas de toda índole, con su Arsenal de los invencibles, su Ruud van Nistelrooy, Rooney, Gerrard, Henry, Shearer… Con todas las intrahistorias, tan a tiempo contadas. Con ese halo de divinidad por ser quienes regalaron el fútbol al mundo. O bien, quienes vivieron la época del dominio absoluto de Barça y Real Madrid. Esa época de la Guerra Fría y no tan fría, esperando el resumen de los deportes para reparar en los detalles no percibidos. Esa época de agotamiento mental en la que el fútbol iluminaba cada salón con los colores de dos equipos brutales y representados por jugadores que siempre serán leyenda: Messi, Ronaldo, Casillas, Iniesta, Xavi, Puyol… pero también Valerón, Cazorla, Xavi Prieto, Joaquín, Mata, Silva. Tantos y tantos nombres ensombrecidos por la época en la que España era líder, pero en la que se miró tan poco al resto, a los que eran base de una liga formidable, eterna.

Los recuerdos de cuando nos enamoramos de este deporte siempre tendrán un peso específico a la hora de marcar nuestra experiencia como observadores…

Cada cual quiere tener razón en una guerra sin tregua por el gusto, por la excelencia. Por el “así me gusta, así está bien” o el “jugar bien o jugar mal”. Una disección precisa de quienes argumentar poco esa preferencia nos hablaría de cuándo les atravesó mortal ese flechazo, ese amor eterno, esa época en la que el cariño llevó a algo más con este deporte. Hoy hay muchas ligas en países no tan mirados, que sueñan con millones lo que otros consiguieron. Esa Francia del PSG y del Niza, que suspira por el amor que otras vivieron, ese celo comprensible por el cariño del mundo en una época quizá breve, quizá eterna, por los pasos de baile que se llevaban cuando caímos enamorados.

Hoy, como siempre, seguiremos mirando y disfrutando el fútbol exactamente como elijamos, tratando, como siempre, de ser justos, objetivos y buenos aficionados. Pero dentro, muy dentro, la flecha, sin saber muy bien cómo, hará su trabajo. Nos pondrá las gafas de la nostalgia, nos regalará un recuerdo vago, lejano, en el que querremos volver, sentir, como aquellos días en los que ese deporte tan simple comenzó a ser tan importante dentro de nosotros.

Miguel Ruiz

Jamie McDonald / Getty Images

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