Balón en Profundidad

Fútbol en torno al balón

Éver Banega, el líder indiscutible en el centro del campo del Sevilla.
Jugadores

Un líder rebelde

En ocasiones nos paramos a pensar en aquellos futbolistas que por uno u otro motivo no terminan cumpliendo con el potencial que sus piernas entreveían. Uno de esos ejercicios imaginativos que más gustan al aficionado balompédico. Envuelto quizá en una añoranza de lo que podría haber sido, el que un jugador no alcance su techo nos deja una sensación de vacío, de haberse perdido algo que pareciera nos correspondía ver. Pero son esas motivaciones que impidieron al futbolista llegar a su prime las que alimentan precisamente su figura y el recuerdo que se genera en torno a ella. Entre tantos y tantos casos que se nos podrían ocurrir, el de Éver Banega es uno de ellos.

El rosarino es un centrocampista de unas cualidades brillantes. Con la capacidad técnica suficiente para dar rienda suelta a lo que su cabeza piensa, es uno de esos futbolistas que tienen una vista privilegiada del verde. Es el típico alumno que pudiendo alcanzar el 10 prefiere asumir el riesgo de aprobar raspado, que le parece más divertido. Se sabe la teoría al dedillo, sin necesidad de esfuerzo, casi de forma natural, pero a la hora de la verdad prefiere pedirle los deberes al de al lado. Algo que su madurez, tardía madurez, tanto futbolística como personal, ha ido corrigiendo. Como nos pasa a todos, en realidad, aunque a unos antes que a otros.

Su madurez futbolística es algo que nos permite entender al Banega que es hoy, pero también al que nunca pudo llegar a ser.

El Banega que conocemos hoy está lejos de aquella versión que prometía la matrícula de honor pero se conformaba con el suficiente. Ahora es un jugador acostumbrado a vivir asentado en el notable, siendo líder espiritual y futbolístico de un conjunto con aspiraciones en Europa gracias a una mentalidad mucho más fuerte que en su plena juventud. Sin embargo, esa travesura no es algo fácil de dejar a un lado. Una travesura que bien entendida sobre el terreno de juego le permite ser más resolutivo, capaz de imaginar cosas que el resto no alcanza y tener ese atrevimiento y descaro para intentarlo, pero que en el plano extradeportivo no es más que un lastre a su rendimiento e imagen. Algo que el Éver de 2020 aún conserva en pequeñas dosis.

Es esa naturaleza la que hace que el argentino pueda ser el futbolista que es. A sus 32 años y alcanzando los 150 partidos en La Liga con la camiseta del Sevilla, superando con creces los 300 en dicha competición, Banega está mucho más cerca de esa versión que podíamos esperar de él de lo que estaba en 2013. Es un jugador que entra fácil por el ojo; superdotado en la técnica, muy intervencionista en cada jugada y con una tasa de acierto muy elevada para el riesgo que corre, siendo de los jugadores que más pases realiza por encuentro (66,9 de media) con un nivel de efectividad del más alto nivel (un 86,5% de éxito en el pase) en La Liga.

Un organizador de auténtica élite, jugando en corto y en largo indistintamente y ordenando a sus compañeros en cada jugada. La prolongación perfecta del técnico sobre el verde.

Éver Banega invita a hacer un ejercicio interesante para entender su dimensión sobre el césped; fijándonos únicamente en él, es llamativo cómo entiende y ordena el juego incluso sin intervenir directamente en este. Es un director de orquesta al que solo le falta la batuta. Una comparativa habitual con ese futbolista que lo ordena todo desde el eje, pero solo haciendo este ejercicio podemos ser realmente conscientes de la cantidad de gestos que hace a sus compañeros, cómo les indica hacia dónde debe ir la jugada, a quién debe ir dirigido el siguiente pase o dónde quiere recibir el balón. Un tipo que gesticula constantemente con los brazos lo que su cabeza imagina. Casi tan dominante o más sin pelota que con ella, aunque al final, por su naturaleza y liderazgo, intervenga siempre en cada jugada del Sevilla.

Es fútbol ficción ponerse a pensar qué podría haber sido Éver Banega si hubiese tenido su cabeza siempre centrada en el fútbol, sin distracciones. Quizás solemos obviar apresuradamente que esa madurez hace siempre mejor al futbolista. Quizás no siempre sea así. Banega, sin su naturalidad irreverente, es posible que tampoco lograse alcanzar la figura que es hoy; una mezcla entre el niño que siempre llevó dentro y el adulto que se sabe responsable, aunque solo sea sobre el tapete. El talento necesita del esfuerzo, pero a veces el primero se impone, vence en el pulso. Y en Banega, ese talento no se entiende sin su carácter. Ese que le hace ser un líder rebelde.

Dani Souto

Aitor Alcalde / Getty Images

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