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El sueño de una noche de verano

Insisten algunas corrientes filosóficas en que el ahora es lo realmente concreto, catalogando el pasado y el futuro como meras construcciones mentales. Uno de los filósofos defensores de esta teoría más conocidos es San Agustín de Hipona. Si nos ceñimos al mero razonamiento del filósofo católico no podríamos encontrar fácilmente un argumento para rebatirle. Por eso admitiremos el pasado y el futuro como meras construcciones mentales. ¿A quién no le ha pasado que, recordando un hecho pasado, ha llegado a dudar de si de verdad ocurrió así o fue solo un sueño? Al menos al que les escribe le ha sucedido en varias ocasiones, y esa bruma mental siempre aloja una duda que pronto se despeja al escapar de la introspección. Nos parezca un sueño o no, el pasado, en forma de construcciones mentales como decía San Agustín o como hechos que tan solo se han desvanecido en el tiempo, influye en nuestro presente. En la construcción de mi yo actual han influido mis experiencias y entre ellas se encuentra la que tuvo lugar hace 10 años. Un adolescente, aún demasiado pasional con el fútbol, no podía levantar la cabeza del suelo después de que Iniesta escuchara el silencio de un gol de oro, más por la liberación de los nervios que por la conciencia plena de lo que en ese momento estaba sucediendo.

El 18 de abril de 1999 España superó la ronda de cuartos de final de una Copa del Mundo venciendo a su rival en penaltis.

La selección española fue clave para que este deporte acaparara gran parte de mi día a día. Mi relación con el fútbol se gestó en el verano de 2002. Ver a toda la familia y a toda la gente animando a un solo equipo, sin divisiones, despertó en mí algo que había permanecido dormido cuando casi todos los niños del colegio se desvivían por el fútbol. En Corea y Japón la cosa acabó como acabó, mientras que en Portugal 2004 apenas ni se compareció. En Alemania 2006 llegó el primer llanto cuando el mismo día de mi cumpleaños una Francia que había sido etiquetada casi como ‘fosilizada’ acababa con las aspiraciones españolas de un plumazo. En 2008 llegó como si nada una inmensa alegría con la victoria en la Eurocopa de Austria y Suiza. Junto a una inmensa satisfacción se festejó aquel éxito, por mi parte, con rabia por la herida que el pasado Mundial había dejado. Egoísta inconsciente de mí, sin valorar las cicatrices que los más veteranos acumulaban tras años viendo caer a la selección en innumerables situaciones. Lo que yo había presenciado en plena consciencia solo nuestros allegados mayores lo habían presenciado una vez más en 1964.

Fue el pasado más inmediato lo que nos generó unas enormes expectativas para el reto mayúsculo que Sudáfrica 2010 suponía para el combinado español. Unas esperanzas que abandonaron los cuerpos de mucha gente cuando Suiza dejó en bandeja ser el primer combinado nacional en levantar una Copa del Mundo habiendo perdido el primer asalto. Por fortuna, no decisivo. De camino a Johannesburgo se agolpan en la cabeza momentos de buen fútbol como ante Chile –sobre todo en la primera parte– y contra Alemania en la semifinal, mostrando la verdadera esencia de aquel equipo. No fueron muchos, pero también se cuelan entre esos recuerdos algunos goles de bellísima factura, como el de Villa ante Honduras para abrir el partido, el de Puyol para acceder a la final o el del guaje en la ‘final’ ante Chile. Las versiones más destacadas de un Llorente colgado de Carvalho y Alves ante Portugal o el más descarado Pedro volviendo loca a la defensa germana con fintas, amagues y regates en el verde de Durban. Sin olvidar la aparición de Casillas en el penalti detenido a Cardozo en los cuartos de final ante Paraguay. San Agustín podrá esgrimir todos los argumentos posibles sobre el tiempo, pero no podrá borrar la emoción que se plasma en nuestro rostro al regresar a ese verano de 2010.

En 2008 llegó como si nada una inmensa alegría con la victoria en la Eurocopa de Austria y Suiza.

El 18 de abril de 1999 España superó la ronda de cuartos de final de una Copa del Mundo venciendo a su rival en penaltis. Xavi marcó el primero, el palo se alió con España en un momento crucial y Casillas paró en la muerte súbita. Ese equipo ganó la Copa del Mundo sub 20 de 1999 donde estaban presentes dos piedras angulares del juego de esa España ganadora que recordamos. La historia se proyectó 11 años después en África de nuevo, aunque ahora más al sur. En territorio sudafricano, esa generación de futbolistas nos permitió ver algo que nadie había visto nunca hasta la fecha: el primer mundial para la selección española. El combinado dirigido por Vicente del Bosque dejó huella y se plasmó en la historia del fútbol como una de las mejores generaciones que ha visto este deporte. Fuertemente grabadas en mi cabeza están unas palabras que Joan Capdevila pronunció en el Informe Robinson: Cuando fuimos campeones. El lateral titular del equipo campeón del mundo dijo lo siguiente: “Es que no me creo que yo esté aquí ahora mismo. Es imposible. Un tío como yo que esté ahí jugando la final del Mundial… De la emoción te dan ganas hasta de llorar y realmente no sabes ni por qué”. Tal vez muchos de los que leáis estas líneas tampoco sepáis por qué algo tan banal nos genera tantas emociones. Yo tampoco lo sé. Pero lo que sí he comprendido con el paso del tiempo es que es esa amalgama de sentimientos lo que me atrapa de este deporte y de volver a 2010 sabiendo que acabarás con los ojos vidriosos, otra vez.

Christian Sánchez de la Blanca

Jewel Samad / AFP

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