Balón en Profundidad

Fútbol en torno al balón

Zinedine Zidane ha construido un Real Madrid con la mentalidad ganadora necesaria para ser campeón.
Equipos

Una versión ganadora

Siempre se dice que para ser campeón también hay que tener esa pizca de suerte que tanto lo define. Seguramente no le faltará razón a dicha afirmación, como tampoco al hecho de que ningún campeón lo termina siendo por casualidad. El Real Madrid no ha ganado esta Liga por factores ajenos, sino por una serie de virtudes, no exentas de dudas y lagunas, que Zinedine Zidane ha sabido gestionar, potenciar y contextualizar.

Es posible que el halago debilite, al igual que la falta de crítica sea contraproducente a largo plazo. No se puede compartir hoy, tras alzarse campeón, que el Real Madrid haya sido un equipo brillante esta temporada. Al igual que es equitativo reconocerle los méritos de aquellas cosas que han hecho bien. Allá por el mes de agosto del pasado año, los de Zidane arrancaban La Liga sumergidos en un mar de dudas. Dudas en cuanto al juego, el sistema y las individualidades. Incógnitas que tocaban cada pata del proyecto: idea, colectivo y particularidades.

La temporada del Real Madrid pasó por varias etapas: de las dudas al convencimiento, y de este a la sobriedad.

El juego del Real Madrid era tosco, poco productivo. No tenía definido qué quería hacer en ninguna parcela del campo, con individualidades que invitaban al error y dificultaban la empresa blanca. El bajo nivel en portería, en la línea defensiva o en los hombres de ataque impedían que lo individual salvara los obstáculos que planteaba el colectivo. Sin embargo, una personalidad inesperada puso en liza todo lo que el Real Madrid había mostrado hasta el momento. La irrupción de Fede Valverde, apuesta personal de Zidane, cambió por completo la cara al conjunto merengue. En el uruguayo Zinedine encontró el argumento sobre el que construir un colectivo que le acercase al triunfo.

Con Valverde en gracia, Zidane recuperó para su libreto los famosos ‘cuatro centrocampistas’ en ese 1-4-4-2 en rombo asimétrico. Ese ajuste desde la presencia del charrúa en el interior derecho permitió al Real ir definiéndose sobre la pizarra. El conjunto merengue ganó metros en su presencia sobre el césped, facilitando una presión alta mucho más eficaz y permitiendo a los de Zidane no solo recuperar más arriba y correr al espacio en superioridad, sino también plantar su retaguardia más cerca de la divisoria, clave para entender la mejoría defensiva de los blancos. Una acumulación de hombres en el carril central que dio mucho más poso y sentido a las posesiones del Real Madrid.

Valverde fue la clave que permitió a Zidane estructurar su Real Madrid desde la pizarra. Demostrando, por si fuera necesario, que el francés es mucho más que un mero gestor de grupo.

La vuelta a un sistema reconocible en el laureado historial de Zidane como técnico merengue permitió al Real Madrid despejar esas dudas colectivas que tanto le atormentaron en sus inicios, haciendo que florecieran entonces las certezas individuales. Zidane encontró el hábitat perfecto para Casemiro, Kroos, Valverde e Isco. Con ello, y con el sistema y los roles bien definidos, apostando por un equipo tan físico que soportara la presión alta como técnico para ser superior desde el balón, el Madrid creció. Ganó en confianza desde el juego y derivado de ello su fútbol subió varios escalones de golpe. Tal y como se disiparon las dudas en figuras como Courtois, Varane o Ramos, que auparon al Real Madrid hacia una solidez defensiva inigualable en La Liga.

Arriba, Karim Benzema asumió los galones que le tocaron. En la soledad de ser el único delantero centro del Real Madrid sobre el verde, el francés brilló con luz propia en largos periodos prolongados de la temporada. No solo desde el gol, sino también desde el juego, como ya lleva años habituando a hacer. El Real Madrid ya tenía colectivo para potenciar sus individualidades, y desde estas, el bloque alcanzó su techo. Un techo que estuvo alejado de la brillantez, con una derrota en Champions League ante el Manchester City que le volvía a poner los pies en el suelo, pero que sí fue suficiente para establecer la dinámica de un equipo mental y futbolísticamente capacitado para ganar.

El Real Madrid se volvió dominador, controlador desde la defensa y el balón. Superior técnicamente y con argumentos individuales de sobra para marcar las diferencias, los de Zidane se apoyaron en estos cimientos para sacar adelante cada partido en la última etapa de la temporada. Aquella envuelta en asteriscos. Un final de Liga frenético que el marsellés entendió a la perfección. Sin alcanzar el nivel de madurez de esos meses de diciembre-enero, ni tampoco una brillantez verdaderamente destacable, el Real Madrid dominó, se impuso y apenas sufrió para marcar un ritmo que un Barcelona en horas bajas no fue capaz de aguantar. El Real Madrid, aún con sus lagunas en los laterales (a la espera de confirmar la buena versión de Mendy) o en el costado diestro, ha sido justo vencedor de esta Liga. Zidane gestionó como nadie una situación delicada, revirtiendo una dinámica errática de los suyos en los primeros meses de competición, y dotó de las herramientas necesarias a un grupo de orfebres de la más alta esfera. Liderazgo y pizarra para recuperar una versión sobria del Real Madrid. Una versión ganadora.

Dani Souto

Gabriel Bouys / AFP

¡Comenta!