Balón en Profundidad

Fútbol en torno al balón

Pep Guardiola y Zinedine Zidane nos ofrecieron un duelo marcado por la pizarra.
Análisis táctico

Errores y ausencias

Ayer vivimos una noche poco habitual en la Champions League. Poco habitual por la luminosidad de la misma en tierras inglesas, por darse a las puertas de un fin de semana tan inusual como la propia Copa de Europa en agosto y por ver caer en la primera ronda eliminatoria al trece veces campeón. Mánchester nos deparaba sorpresas en forma de fútbol, aunque también algunas cosas reconocibles. Una de ellas, la que lo marcó todo: la presión alta en un equipo de Pep Guardiola.

El Manchester City no titubeó un instante, no dejó espacio a la duda. Salió con todo en un meridiano tres contra tres ante un Real Madrid que sorpresivamente se ceñía a la salida jugada desde atrás como un resorte, como si ese fuera su único plan. Y dada la nula volatilidad de intenciones en ese sentido a lo largo de todo el encuentro, seguramente lo fuera. Varane y Militão, prácticamente hundidos hasta la misma altura de Courtois, vivían permanentemente en un alambre, apostando en cada jugada al cero en lugar del rojo o el negro. Y el error terminó llegando por partida doble en las botas de Raphaël Varane, errores que venían evidenciándose durante todo el encuentro.. pero no únicamente por responsabilidad del francés.

La presión del City fue tan excelsa como esperada, pero el Real Madrid careció de argumentos para rebatirla, marcando el devenir del partido.

Pep Guardiola centró sus esfuerzos en desactivar piezas y zonas con su presión. Sterling y Gabriel Jesús sobre los centrales blancos mientras Phil Foden no encimaba a Casemiro, sino que se ubicaba por delante de él. El catalán liberó a los laterales blancos conscientemente: sabía que no podrían ser ese tercer hombre tras recepción de Casemiro puesto que el brasileño no iba a poder recibir, y por otro lado se aprovechó de la disposición de Zidane de sus centrales, ambos a pie cambiado. Toda orientación corporal de Varane y Militão iba enfocada hacia el pasillo central, justo la zona que mejor controlaban los locales, mirando más a su portería que a la contraria, algo a lo que la presión del City añadía obligatoriedad. Pep devolvió a Casemiro al pasado desde su pizarra. Desactivó al brasileño en salida de balón (como ocurriera en la ida del Bernabéu) y cuando Zidane ajustó, el brasileño fue ese que acumulaba más dudas que certezas con el cuero controlado. Todo desde el posicionamiento de un Foden sublime en su rol.

Y es que esa búsqueda del hombre alejado, ese cambio de frente que de tantos apuros sacaba -y saca- al Real Madrid en los primeros pases, no estuvo presente. No lo estuvo por la ausencia de Ramos, un baluarte en ese sentido, pero tampoco en hombres como Toni Kroos. El alemán encontró durante toda la noche a un pequeño diablo belga pelirrojo a su espalda, tanto con balón como sin él. Kevin De Bruyne evidenció, en la cita exacta, la mayúscula verdad que todos ya conocíamos: que es el mejor interior del mundo. El belga estaba siempre donde debía de estar: detrás de Kroos sin balón y a la espalda del teutón cuando era el turno del City. Liberado y con espacio para correr, cada jugada skyblue mejora cuando pasaba por sus botas.

En el teutón y en Modric, los dos interiores del Real Madrid, residió la principal modificación de Zinedine Zidane en el partido; alejó a Casemiro de la base y acercó a los dos como receptores, especialmente al croata. Los blancos ganaron algo de aire con esa superioridad generada tras la primera línea de presión local, pero les siguió faltando la conexión con el siguiente escalón con la salvedad de algún apoyo de Benzema en la medular. Zidane trató de generar dudas en la marca a Foden a la vez que buscaba atraer a los interiores cityzen para generar ese espacio necesario para un envío en largo, uno que nunca terminó por llegar.

La falta de variantes individuales y colectivas en clave merengue marcaron el guion de un partido que sonreía al Manchester City.

Esa falta de variantes en el Real Madrid para ajustar su plan sobre la marcha fue lo que lo sentenció. Los laterales, demasiado alejados, nunca pudieron intervenir en esa salida de balón, aunque parecían los indicados para poder oxigenarla. Las vigilancias de Cancelo y Walker sumadas a la excesiva altura de Carvajal y Mendy hicieron que éstos pasaran desapercibidos en un contexto en el que debían haber sido trascendentales. Tampoco encontró argumentos el Real Madrid varios metros más arriba para poder jugar en largo. En el equilibrio reside la virtud, pero Zidane puso todo el peso al mismo lado de la balanza. Los madrileños centraron sus esfuerzos en salir con el balón controlado y renunciaron al juego directo a la espalda de la defensa cityzen o en busca de la recepción de un hombre boya, aunque esto quizás estuviera más relacionado con la falta de recursos que de intenciones. Practicar ese fútbol ante una defensa frontal del City y con recursos como Benzema, Hazard o Rodrygo seguramente habría significado perder cada duelo.

Fue la noche de los errores y las ausencias. Esas que impidieron al Real Madrid encontrar una vía de escape ante una trampa muy bien organizada. El Manchester City fue un huésped despiadado, supo cómo podría hacer daño a los de Zidane y fundamentó todo su plan en base a ello. El Real, sin reacción ni opción, vio cómo los errores forzados los alejaban de Lisboa. En un escenario de tal magnitud, el error suele tener más incidencia que el acierto. Y en ese juego, Pep Guardiola se llevó la partida.

Dani Souto

Oli Scarff / Pool

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