Balón en Profundidad

Fútbol en torno al balón

Neymar Jr, el verso libre en la victoria del PSG frente a Atalanta.
Análisis táctico

Torre de Babel

Es curioso, porque el partido se dio en Lisboa. Una ciudad donde Neymar, el protagonista de este relato, se entendería a la perfección con cualquiera que se cruzara con él por la calle. El caso es que, eso que es tan obvio, no sucedió en el campo. El idioma que habló Ney no era entendido por ninguno. Lo hablaba con las piernas, con miradas, con intenciones. Con disparos, pases y carreras. Lo hizo todo para intentar ser entendido, pero nada. Casi le entendían más los rivales que, sin demasiado éxito para pararlo, al menos conseguían seguirlo en sus idas y venidas.

Neymar recitaba, pero no encontraba feedback de los compañeros. No era capaz de dirigir el ataque colectivo y sus esfuerzos no se veían recompensados coralmente. El PSG, la Atalanta y Neymar jugaron a ritmos distintos. Hablaron en lenguas distintas. Como en una suerte de torre de Babel, Neymar sintió de pronto la necesidad de ser entendido por aquellos que, súbitamente, habían dejado de hacerlo. En ese idioma, hay que ser muy bueno para seguir el ritmo y saber cuál es la historia que te quieren contar.

En ese idioma, hay que ser muy bueno para seguir el ritmo y saber cuál es la historia que te quieren contar: Neymar es humano, como los otros diez, pero se le nota menos.

Todo el juego del PSG era propiedad del brasileño. Sus carreras e invenciones giraban siempre en torno a mejorar la disposición del equipo de cara a la portería de Sportiello, sin suerte a la hora de enhebrar sus ideas con las piernas de un compañero mejor situado. Esto lo empujó a tratar de empezar a crear para sí mismo, escribiendo en un idioma que él entendía y que, de haber mejorado la puntería, podía haber sido efectivo por sí solo.

Los soliloquios empezaron en la primera mitad, pero se hicieron recurrentes en la segunda. La Atalanta ya ganaba fruto de una jugada dirigida con mimo por un grupo de futbolistas con excelso entendimiento de la lengua hablada. Solo tenían que reprimir las andanzas del ‘10’ del PSG, limitando sus éxitos y provocando faltas que iban minando su confianza y elevando su enfado. El monólogo de Ney empezó a ser insultante, en un ataque que no respondía a ninguna de las llamadas del capitán del PSG. Ni Sarabia ni Icardi estuvieron a la altura, uno por impreciso y desubicado y el otro por falta de entendimiento del rol que tenía que ejecutar. Se acabaron yendo ambos con un disparo entre los dos.

‘Papu’ Gómez fue el otro artista que destacó frente a Neymar. No solo por lo que hizo cuando estuvo en el campo, sino por lo que se le echó de menos cuando se fue.

Y la defensa del PSG no estuvo bien en ningún momento, demasiado dispuesta romperse con los movimientos inteligentes de Zapata y Pasalic, que trataban en todo momento de descomponer la línea y permitir a ‘Papu’ Gómez aparecer con solvencia. En varias ocasiones la velocidad de la bola conseguía romper con facilidad el plan de un Tuchel que veía que se le podía ir el partido en cualquier momento, pues Neymar era el único con galones para contestar a los acercamientos iniciales del equipo italiano a la portería de Keylor Navas.

La diferencia fundamental entre un equipo y otro se veía en los directores de orquesta. En un lado, un maestro espectacular con una orquesta que le había dado la espalda y no recibía, por tanto, sus indicaciones. En el otro, otro maestro que con su batuta sabía por dónde debía aparecer este o aquel, formando un remolino ofensivo allá donde decidía aparecer o hacer llegar el balón. ‘Papu’ Gómez fue el otro artista que destacó frente a Neymar. No solo por lo que hizo cuando estuvo en el campo, sino por lo que se le echó de menos cuando se fue. La Atalanta dejó de ser eléctrica, cambió su oferta de contenidos y dejó ser más equipo al PSG sin motivo. Esa marcha significó el principio del fin.

La imaginación de Neymar seguía creando, innovando, en un idioma incomprensible para sus compañeros hasta que, por fin, llegó el premio. Killian Mbappé entraba al césped y empezaba a hacer sonreír al brasileño. Se entendían, charlaban. Primero con balones exteriores, luego con paredes, todo derivando en oportunidades muy claras… Es cierto que tampoco parecía estar certero el francés, pero el trabajo de Neymar había dejado de ser un monólogo para empezar a ser un relato.

El PSG consigue clasificarse para unas semifinales de Champions League por segunda vez, tras el partido contra el FC Barcelona en 1995, con Weah o Ginola en el plantel francés.

Mbappé empezaba a poner comas, puntos y tildes en una historia que parecía poder tener un final feliz. La torre de Babel empezaba taambalearse, mientras que otro actor, esta vez inesperado, se sumaba a la composición. Y es que la temporada de Choupo-Moting no parecía ser demasiado positiva, con apenas un puñado de partidos, pocos minutos y pocos resultados para estar orgulloso. Pero Tuchel le miró y quiso sumarlo al cuento que se estaban contando el ‘7’ y el ‘10’ en el campo.

Fue una jugada suya la que encontró a Neymar, que de ser guionista pasó a papel principal, bajando un balón certero al área para acabar dejándosela franca a Marquinhos, compatriota que tampoco había conseguido entender una palabra hasta ese momento. Empate. El PSG parecía haber recuperado la cordura y el entendimiento, pero para el que ese gol solo significaba fe. No mejoró al PSG, pero empezó a funcionar con un triángulo de jugadores que consiguieron acabar la historia rubricando un final feliz… con gol de Choupo-Moting.

La Atalanta de Gasperini demostró no solo ser un gran equipo, sino que fue capaz de llevar a cabo su plan durante gran parte del partido a pesar del resultado final.

Tiene que ser difícil luchar contra las críticas cuando, además, sientes que no te entiende nadie. Que hay momentos y lugares en los que tu ritmo de juego, tu imaginación y tu capacidad de juego no están sincronizados con el resto. Neymar es humano, como los otros diez, pero se le nota menos. Sus jugadas no solo fueron básicas para los dos goles, sino que consiguieron inquietar siempre al rival. Mantenerlo siempre a raya. En un partido sin Neymar, no se encuentran argumentos para que no se hubiera desatado una goleada por parte del equipo de Gasperini.

Probablemente no era el final soñado. Probablemente tampoco importe demasiado. La cuestión es que después de veinticinco años, el conjunto francés conseguía clasificarse para unas semifinales de Champions League. Y lo hizo frente a un rival que no solo consiguió ponerles en problemas, sino que demostró poder seguir su idea de juego gran parte del partido. La realidad es que mereció más Neymar, pero no tanto el PSG, que sufrió de lo lindo para superar a una Atalanta que fue de más a menos. Un equipo que representó la demostración ejemplificadora de que el dinero, en fútbol, no lo es todo. Incluso cuando llega el final feliz.

Miguel Ruiz

Frank Fife / AFP

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