Balón en Profundidad

Fútbol en torno al balón

Julian Nagelsmann, el artífice de un RB Leipzig que ya está en semifinales de la Champions League.
Análisis táctico

Un riesgo calculado

El talento es uno de esos intangibles más difíciles de valorar con atino. Un término que ya de por sí ofrece diferentes hipótesis a la hora de definirlo, no podía ser sino difuso el hecho de cuantificarlo. Sin embargo, hay situaciones prácticas que le ofrecen tan poco espacio a la duda que todos lo identificamos con facilidad. Hay quienes tardarán más en detectarlo que otros, pero en casos como el de Julian Nagelsmann, sabemos con certeza que el talento para ser un gran técnico lo acompaña cual sombra al caminar.

Es un técnico joven, y como tal, bebe de ideas atrevidas, disruptivas. Acepta el riesgo como moneda de cambio para el éxito, pero al igual que forma parte de su personalidad, este riesgo está muy estudiado y medido. Solo con ese espíritu disconforme alguien de su juventud puede romper las barreras, establecerse en la élite y con menos recursos incluso que sus semejantes, imponerse, llamar la atención; decir un «ya estoy aquí».

Y es que a Nagelsmann habitualmente se le suele atribuir la etiqueta de ser el entrenador del futuro, una afirmación que obvia seguramente lo más verosímil: que ya es un entrenador de presente. Alcanzar las semifinales de la Champions League es una prueba más que evidente para así atestiguarlo; no necesaria pero sí suficiente. Logró desactivar a un Atlético de Madrid mucho más experimentado en dicha empresa desde su habitual plan de juego, uno tan cambiante e imprevisible como efectivo y calculado.

Con el riesgo en el centro de la triqueta, las diferentes líneas que trazan el plan maestro de Nagelsmann hacen de su Leipzig una exquisitez táctica.

Varias son las patas que soportan el juego del RB Leipzig. Todas fueron visibles ante el Atlético de Madrid; un compendio de noventa minutos que sirvió como epítome de todas sus virtudes. Todas ellas tejidas, cual telaraña, alrededor del riesgo asumido -y mencionado- por su entrenador. Un riesgo evidenciado sobre todo a la hora de situar el bloque tan arriba, con sus centrales viviendo largos tramos del partido más allá de la medular. Una apuesta que le puede hacer vulnerable ante la pérdida ofreciendo situaciones ventajosas al espacio a sus rivales que únicamente puede corregir desde la presión alta y coordinada o la anticipación. He ahí el segundo gran riesgo: un equipo tan eminentemente ofensivo cuya acción más repetida en fase defensiva depende directamente de la interpretación del juego.

En ese contexto brilló con luz propia en unos cuartos de final de la Champions League Dayot Upamecano. El joven central francés anticipó todo lo que llegaba unos metros por delante de sus dos acompañantes en línea defensiva. Aunque su partido no fue excelso únicamente en la faceta sin balón. Lo que hizo este producto en bruto de la factoría Red Bull con el cuero en los pies fue una muestra más de que el riesgo, bien medido, te acerca al éxito. Upamecano, ubicado en el eje de la línea de tres centrales, tuvo la clara directriz de batir constantemente la primera línea de presión atlética a través de su poderosa conducción en arrancada. Así, Nagelsmann sacaba partido desde sus primeros metros de avance a la primera de las líneas maestras de su libreto: las superioridades.

El RB Leipzig, conocedor de partida del 1-4-4-2 habitual en Simeone, puso en liza un dibujo en fase ofensiva tan atrevido como intimidante: una especie de 1-3-1-5-1, con muchos hombres siempre por delante del esférico y generando superioridades en tres zonas clave del campo: los dos costados y allá donde comenzara su salida de balón. Los triángulos ofensivos del Leipzig cerca de la cal eran el destino principal de los envíos de Upamecano una vez echaba a volar en conducción. Salían de una superioridad (3vs2 en salida – presión) para llegar a otra (3vs2 en la banda). Juntando al carrilero, que con Nagelsmann vive siempre muy arriba, con el interior y el mediapunta de su lado, el Atlético (y cualquier rival) puede igualar dichos efectivos a riesgo de abrir espacios y zonas vulnerables, pero la buena disposición del RB, sumada a la cantidad de hombres que pisan el último tercio, las vigilancias del rival se tornan muy delicadas, siempre influyendo en esas zonas indefendibles donde se le genere la duda a la retaguardia adversaria entre saltar sobre su marca o esperar.

Es esa atención que generan los diferentes movimientos y permutas de sus hombres de ataque los que sustentan la segunda gran pata de su planteamiento: las atracciones. El Atlético de Madrid, un equipo que ha llevado a la élite el ejercicio del repliegue y del bloque bajo, no supo detectar, unos metros más allá de su área, cómo cubrir los huecos que iba generando un equipo con la movilidad del RB Leipzig. Con seis hombres de forma permanente por delante de balón, formando esos triángulos en cada banda, el Atlético no podía evitar hundirse hacia su área, necesitando de la cobertura de su doble pivote que vivía entre la amargura de tapar las fugas de agua en cada conducción de Upamecano o cada recepción de Laimer o Angeliño sobre la cal. Esos metros que facilitaban entre Herrera-Saúl y Costa-Llorente fueron caviar para Kevin Kampl. Ahí, Nagelsmann generó otra superioridad, esta espacial, más que numérica, pero que le ofrecía ventajas respecto a la situación del juego, dándole una alternativa más sobre la que avanzar.

Sin embargo, aunque nos llenemos de halago, no todo es tan perfecto. El RB Leipzig no solo cuenta con un índice de calidad individual menor respecto a otros primeros espadas del panorama europeo, sino que su plan, tan condicionado a la movilidad, el derroche de esfuerzos y las permutas constantes con dobles funciones, hace que por sí mismo también genere fracturas. Ahí toma relevancia el papel de Julian Nagelsmann. Un técnico más que sobresaliente en la toma de decisiones a lo largo de un partido. Su interpretación del juego, así como su propensión al cambio, facilitan que el alemán sea un tipo al que le guste modificar las cosas sobre la marcha, tocar las piezas, agitar el árbol. Algo en lo que además tiene un alto componente de acierto, lo que habla muy bien de él. Cambiar cada pequeño detalle siempre buscando el beneficio de su equipo; lo que define la tercera y última gran baza de su estilo de juego: la adaptabilidad.

El RB Leipzig trataba de exprimir su buen hacer en ataque con ese mencionado -y lioso- 1-3-1-5-1 que a la hora de defender permutaba hacia un 1-4-4-2 que igualase los recursos ofensivos del Cholo Simeone. Esa transformación requería que varias piezas modificasen su rol en el menor tiempo posible, lo que supuso una vulnerabilidad que el argentino trató de atacar por su costado izquierdo del ataque. Con las incorporaciones de Lodi, el Atlético, desde sus habituales transiciones, encontraba el espacio suficiente para avanzar en ese lapso de tiempo en que Laimer bajaba hasta la posición de pivote y el resto de piezas se iban ajustando posicionalmente. Esto, que como el propio Nagelsmann indica, es algo que al alemán se le da de perlas interpretar -añadiendo que ese es el punto clave que diferencia al aficionado del entrenador, darse cuenta de esto desde la tensión de un partido y no en el sofá-, necesitó del principal ajuste del alemán durante el partido. Laimer quedó como extremo en dicha transición, minimizando los metros que necesitaba recorrer para recolocarse, dejó a Klostermann en el rol que ya ocupaba sin balón como lateral y provocó que Sabitzer bajase su posición hacia la de segundo pivote; movimientos más naturales y sencillos para realizar el ajuste en fase defensiva.

Nagelsmann está llamado a ocupar banquillos de máximas pretensiones. Un listón que servirá para medir verdaderamente el nivel de influencia del alemán en la guía de estilo táctico de la modernidad.

Solo el talento individual de João Félix, un desequilibrante natural, puso en aprietos a un Leipzig que no es infranqueable, pero en cuya flexibilidad reside su solidez. Como una especie de bambú, que diría Arroyo. Su fútbol, desde un prisma meramente táctico, nos sigue ofreciendo mucho que desgranar. Un tipo peculiar, que ya con 19 años se encargaba, por las numerosas lesiones que lo alejaban del pasto, de realizar informes y análisis para un Thomas Tuchel que por aquel entonces era su técnico en el filial del Augsburgo. Casualidades de la vida, más de una década después, ambos se encontrarán en las semifinales de la Champions League. El caprichoso fútbol.

Dani Souto

Maja Hitij / Bongarts

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